Siglo XIX1888 — 18898 min de lectura
La abolición de la esclavitud y la República en Brasil
En pocas palabras
En 1888, Brasil fue el último país de América en abolir la esclavitud. Un año después, la monarquía caía. La historia de dos revoluciones encadenadas.
En este artículo
El 13 de mayo de 1888, la princesa Isabel de Brasil firmó la Lei Áurea, una ley de solo dos artículos: el primero declaraba extinguida la esclavitud en Brasil desde esa fecha; el segundo revocaba las disposiciones en contrario. No había condiciones ni compensación alguna. En las calles de Río de Janeiro y São Paulo, miles de personas salieron a celebrar. En las fazendas del interior, unos setecientos mil hombres y mujeres que seguían esclavizados pasaron a ser libres. Era el fin de un sistema que había durado más de tres siglos y que había llevado a Brasil, según las estimaciones actuales, cerca de cinco millones de africanos.
Brasil era, en ese momento, el último país del hemisferio occidental en abolir la esclavitud. Y sin embargo, la caída de la institución no fue el final de un proceso tranquilo sino la detonación de una crisis que, dieciséis meses después, derribaría la monarquía más estable de América Latina y daría paso a la Primera República. Dos revoluciones encadenadas, íntimamente relacionadas aunque con lógicas distintas.
Un Imperio construido sobre el trabajo forzado
Para entender la magnitud de lo que ocurrió en 1888, es necesario comprender hasta qué punto la economía brasileña descansaba sobre la esclavitud. Brasil fue, con diferencia, el mayor receptor de esclavos africanos en todo el continente americano: entre el 40 y el 45 por ciento de todos los africanos deportados hacia el Nuevo Mundo llegaron a puertos brasileños, sobre todo a Salvador de Bahía y a Río de Janeiro.
El café, que en el siglo XIX se convirtió en el pilar de la economía exportadora, multiplicó la demanda de mano de obra esclava en la región del Vale do Paraíba y, más tarde, en el interior de São Paulo. Cuando Gran Bretaña presionó a Brasil para que cerrara el tráfico transatlántico de esclavos —lo que ocurrió formalmente en 1850 con la Ley Eusébio de Queirós—, el negocio no desapareció sino que se transformó: se generó un tráfico interno masivo desde las provincias del norte, ya en declive económico, hacia el sur cafetalero.
El Imperio de Pedro II supo durante décadas navegar entre las presiones internacionales abolicionistas y las exigencias de su poderosa clase fazendeira. El resultado fue una política de gradualismo calculado: la Lei do Ventre Livre de 1871 declaró libres a los hijos de madres esclavas nacidos a partir de esa fecha, y la Lei dos Sexagenários de 1885 liberó a los esclavos mayores de sesenta años. Ambas leyes eran, en la práctica, una forma de posponer lo inevitable mientras se garantizaba a los propietarios que el tránsito sería lento y ordenado.
El movimiento abolicionista y el colapso del sistema
Lo que aceleró el fin no fue solo la presión externa ni la voluntad del gobierno imperial, sino el surgimiento de un movimiento abolicionista popular con una capacidad de agitación que el gradualismo oficial no podía contener. Figuras como Joaquim Nabuco —cuyo ensayo clásico O Abolicionismo sigue siendo una referencia indispensable— convirtieron la causa en un debate moral de alcance nacional. Nabuco no solo argumentaba contra la esclavitud en términos económicos: denunciaba que envenenaba la cultura, la política y la sociedad entera del Brasil.
Pero el factor decisivo fue la resistencia de los propios esclavizados. Desde mediados de la década de 1880, las fugas masivas desde las fazendas cafetaleras se convirtieron en un fenómeno imposible de ignorar. Los quilombos —comunidades de esclavos huidos— se multiplicaron. El Ejército brasileño, harto de ser utilizado como fuerza de captura de fugitivos, empezó a negarse a cumplir esa función. En octubre de 1887, el Club Militar, presidido por el mariscal Deodoro da Fonseca, pidió formalmente a la regente que los relevara de perseguir esclavos escapados. Era una señal de que el sistema se desmoronaba desde dentro.
En mayo de 1888, con Pedro II fuera del país por motivos de salud y la princesa Isabel ejerciendo la regencia, la Lei Áurea no fue tanto una decisión política valiente como el reconocimiento de una realidad ya consumada. El sistema esclavista se había vuelto ingobernable antes de que la ley lo aboliera.
La traición de los fazendeiros y el fin del Imperio
La forma en que se produjo la abolición tuvo consecuencias políticas inmediatas y fatales para la monarquía. La Lei Áurea no estableció ninguna compensación para los propietarios de esclavos. A diferencia de Puerto Rico, donde se pagó indemnización, o de Cuba, donde el patronato compensó a los amos con años de trabajo gratuito, los fazendeiros brasileños perdieron su "propiedad humana" de un día para otro, sin indemnización alguna.
El resentimiento de la poderosa elite terrateniente fue inmediato y profundo. Aquellos que durante décadas habían sido el sostén social y político del Imperio —los grandes cafetaleros del interior de São Paulo, los señores del azúcar del noreste— retiraron su apoyo a la Corona. La princesa Isabel, a quien sus admiradores llamaban A Redentora (La Redentora), fue vista por esta clase como la destructora de su base económica.
En ese vacío de apoyo social entró el movimiento republicano. Los republicanos brasileños, organizados principalmente en São Paulo, llevaban años argumentando que la monarquía era una institución anacrónica, vinculada a Portugal y a un pasado colonial que Brasil debía superar. Ahora encontraban aliados inesperados: los fazendeiros arruinados, el Ejército descontento, y una intelligentsia urbana impregnada de positivismo y del ideal republicano francés.
El golpe del 15 de noviembre de 1889
El 15 de noviembre de 1889, el mariscal Deodoro da Fonseca encabezó un pronunciamiento militar en Río de Janeiro. No hubo resistencia. Pedro II, que se encontraba en Petrópolis descansando, bajó a la capital para ser informado de que el Imperio había terminado. Aceptó el hecho —como cuenta José Murilo de Carvalho en su biografía de Pedro II— con una dignidad desganada que sus contemporáneos no supieron bien si atribuir a la grandeza de ánimo o al agotamiento de un hombre que ya no tenía fuerzas para luchar.
La proclamación de la República fue, en sentido estricto, un golpe militar sin participación popular directa. Civiles como Quintino Bocaiúva y Rui Barbosa —este, republicano de última hora— entraron en el gobierno provisional, el segundo como ministro de Hacienda, pero el poder real lo ejerció desde el principio el Ejército, con Deodoro como jefe del gobierno y el positivista Benjamin Constant entre sus inspiradores. Esta característica —una República nacida de un pronunciamiento castrense, sin revolución social— marcaría profundamente la política brasileña de las décadas siguientes.
Pedro II marchó al exilio en Europa, donde moriría en París en 1891. Fue enterrado, según su deseo, con una almohada que contenía tierra brasileña. La monarquía que había gobernado Brasil durante sesenta y siete años había terminado sin una sola batalla y casi sin sangre.
Cronología de la abolición y la República
| Fecha | Acontecimiento |
|---|---|
| 1850 | Ley Eusébio de Queirós: cierre formal del tráfico transatlántico de esclavos |
| 1871 | Lei do Ventre Livre: libres los hijos de madres esclavas nacidos a partir de esa fecha |
| 1885 | Lei dos Sexagenários: libertad para los esclavos mayores de sesenta años |
| 1887 | El Club Militar pide que el Ejército no persiga esclavos fugitivos; fugas masivas en São Paulo |
| 13 mayo 1888 | La princesa Isabel firma la Lei Áurea: abolición inmediata sin compensación |
| 15 noviembre 1889 | Golpe del mariscal Deodoro da Fonseca; proclamación de la Primera República |
| 7 diciembre 1891 | Muerte de Pedro II en París |
Una libertad incompleta
La Lei Áurea tuvo una enorme importancia histórica, pero también límites evidentes. La abolición liberó a los esclavizados de sus cadenas legales pero no les proporcionó tierra, educación, dinero ni integración social. La mayoría de los libertos quedaron atrapados en un sistema de trabajo agrícola precario, a menudo en las mismas fazendas donde habían sido esclavos, bajo contratos de arrendamiento o de aparcería que reproducían las relaciones de dependencia del sistema anterior.
La República que vino a continuación tampoco fue la de todos. La llamada República Velha (1889–1930) fue en buena parte el gobierno de los grandes fazendeiros cafetaleros de São Paulo y Minas Gerais, que aprendieron a coexistir con el nuevo orden republicano y a controlarlo. Los libertos, la mayoría de la población de origen africano, no participaron en el diseño de esa república; la Constitución de 1891, además, excluía del voto a los analfabetos, es decir, a la inmensa mayoría de los antiguos esclavos. Los gobiernos republicanos favorecieron la llegada de inmigrantes europeos a las haciendas paulistas en lugar de contratar a los libertos, una política que la historiografía ha vinculado al ideal de «blanqueamiento» de la población. Quien quiera un recorrido completo por estos cambios lo encuentra en la Historia concisa de Brasil de Boris Fausto. La abolición sin reforma agraria ni política de integración real dejó una herida social que el Brasil contemporáneo todavía no ha cerrado.
Que la historia de la esclavitud y su abolición en América sea hoy objeto de debate y revisión historiográfica intensa no es una casualidad académica: es el reflejo de que los problemas estructurales que la Lei Áurea no resolvió siguen pesando sobre las sociedades latinoamericanas del siglo XXI.
Mientras tanto en América
Lo que ocurría en otras partes del continente en 1888.
Para leer más
The Destruction of Brazilian Slavery, 1850-1888
Robert Conrad
Estudio clásico sobre el proceso abolicionista brasileño, desde las primeras leyes de gradualismo hasta la Lei Áurea.
Buscar en AmazonBrazil: Five Centuries of Change
Thomas Skidmore
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