Siglo XIX1840 — 188910 min de lectura
El Imperio de Brasil y Pedro II
En pocas palabras
Historia del Imperio de Brasil bajo Pedro II: casi medio siglo de reinado, la Guerra del Paraguay, el fin de la esclavitud y el golpe republicano de 1889.
En este artículo
En la madrugada del 17 de noviembre de 1889, un hombre de sesenta y tres años, envejecido por la diabetes, embarcó en Río de Janeiro rumbo a un exilio que no esperaba. Había reinado en Brasil durante casi medio siglo. Bajo su gobierno el país había ganado una guerra devastadora, había acabado con la esclavitud y había visto crecer ferrocarriles, telégrafos y escuelas técnicas, y él mismo había presumido siempre de ser más hombre de ciencia que de corte. Sin embargo, un pronunciamiento militar había acabado con la monarquía dos días antes sin apenas disparar un tiro, y el gobierno provisional de la República le ordenó partir con su familia de madrugada, para evitar manifestaciones.
Pedro II fue quizás el gobernante más singular de América Latina en el siglo XIX: un monarca ilustrado en un continente que llevaba décadas deshaciendo sus monarquías, un adversario íntimo de la esclavitud que presidía un Estado cuya economía descansaba sobre ella, y un hombre que amaba los libros y los viajes de estudio más que el protocolo de la corte. Su historia es inseparable de la historia de Brasil, y ambas giran en torno a un problema que el Imperio no logró resolver: cómo modernizarse sin destruir las bases sociales sobre las que estaba construido.
Un niño en el trono
Pedro de Alcântara João Carlos Leopoldo Salvador Bibiano Francisco Xavier de Paula Leocádio Miguel Gabriel Rafael Gonzaga nació el 2 de diciembre de 1825 en Río de Janeiro. Era el único hijo varón superviviente del emperador Pedro I y de la archiduquesa austriaca María Leopoldina. Su madre murió cuando él tenía un año. El 7 de abril de 1831, cuando tenía cinco, su padre abdicó en su favor y partió hacia Europa para disputar el trono portugués, dejando en Río a un niño al cuidado de tutores.
Brasil quedó gobernado por una regencia durante nueve años, un período de inestabilidad política y revueltas regionales que estuvo a punto de fragmentar el país. La solución que encontró la elite política brasileña fue adelantar la mayoría de edad del heredero: en julio de 1840, con catorce años, Pedro II fue declarado mayor de edad en el llamado Golpe de la Mayoridad, impulsado por los liberales. Fue coronado en julio de 1841.
Lo que el Parlamento esperaba era un instrumento dócil. Lo que obtuvo fue un gobernante que, con el tiempo, resultó mucho más complicado de manejar. Pedro II aprendió deprisa. Leía y escribía en varias lenguas modernas, estudió latín y griego y, ya adulto, se aplicó al hebreo, al árabe y al sánscrito. Fue un temprano aficionado a la fotografía y a la astronomía. Trató o mantuvo correspondencia con figuras como Victor Hugo, Louis Pasteur o Richard Wagner, y fue miembro de academias científicas europeas, entre ellas la Academia de Ciencias de París. En 1876, durante su visita a la Exposición del Centenario de Filadelfia, fue uno de los primeros en probar en público el teléfono de Alexander Graham Bell, un episodio que la biografía de Lilia Schwarcz sitúa en el centro de la imagen de «monarca ilustrado» que él mismo cultivó.
El sistema político del Imperio
El Imperio de Brasil tenía una característica institucional singular: el Poder Moderador. Establecido en la Constitución de 1824, otorgaba al emperador la facultad de arbitrar entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial: podía nombrar y destituir libremente a los ministros, disolver la Cámara de Diputados, elegir a los senadores vitalicios entre ternas propuestas por los electores y negar la sanción a las leyes. Era, en teoría, un mecanismo de equilibrio. En la práctica, convertía al emperador en el árbitro supremo del sistema político.
Pedro II usó ese poder con notable moderación. No fue un monarca absoluto al estilo europeo, ni tampoco el dictador disfrazado de rey que tanto abundó en el continente americano durante el siglo XIX. Alternó en el gobierno a los dos grandes partidos —el Liberal y el Conservador— con una regularidad que algunos historiadores han calificado de artificial y otros de estabilizadora. Tras sofocar las últimas grandes revueltas regionales —la Farroupilha terminó en 1845 y la Praieira en 1849—, Brasil no sufrió las guerras civiles que desangraron a Argentina, México o Colombia durante las mismas décadas.
Sin embargo, la estabilidad tenía un precio. El sistema excluía a la mayor parte de la población: las mujeres y los esclavizados no votaban, el sufragio era censitario e indirecto y, desde la reforma electoral de 1881 (Ley Saraiva), los analfabetos quedaron también excluidos, lo que redujo el electorado a una pequeña fracción de los habitantes. Era una democracia para hacendados y comerciantes urbanos. Y era un sistema que dependía, de manera estructural, del trabajo forzado de millones de personas.
La guerra que cambió todo
Entre 1864 y 1870, Brasil participó en el conflicto bélico más devastador de la historia latinoamericana: la Guerra de la Triple Alianza, en la que Brasil, Argentina y Uruguay combatieron contra Paraguay bajo el gobierno de Francisco Solano López. El resultado fue una victoria aliada obtenida a un precio terrible: Paraguay perdió una parte enorme de su población, aunque las cifras, que van desde menos de una quinta parte hasta cerca de dos tercios, siguen siendo objeto de debate entre los historiadores.
Para Brasil, la victoria también dejó cicatrices. La guerra costó enormes sumas que el Imperio financió sobre todo con emisión de papel moneda y deuda interna, además de un empréstito en Londres con la casa Rothschild. Exigió la movilización de más de cien mil hombres, entre ellos los «Voluntarios de la Patria» y varios miles de esclavizados liberados para combatir, a menudo como sustitutos de hijos de familias acomodadas. Y reforzó el poder político del ejército, que salió del conflicto con una conciencia corporativa y unas ambiciones políticas que no había tenido antes de 1864.
Pedro II se implicó personalmente: en 1865 acudió al asedio de Uruguaiana, en Rio Grande do Sul, presentándose como «el primer voluntario de la patria», y se opuso a cualquier paz que dejara a Solano López en el poder, lo que prolongó la guerra hasta 1870. El conflicto le pasó factura, y sembró la tensión entre la monarquía y un ejército que se sentía mal pagado y poco reconocido por los políticos civiles; veinte años después, esa tensión acabaría con el Imperio.
El camino a la abolición
La esclavitud fue la contradicción central del Imperio de Brasil. Hasta 1850, cuando la Ley Eusébio de Queirós suprimió de forma efectiva la trata atlántica bajo fuerte presión británica, Brasil fue el mayor importador de africanos esclavizados de América. La economía cafetera, que alimentaba la prosperidad de las élites del valle del Paraíba y, más tarde, de São Paulo, descansaba sobre el trabajo forzado: el censo de 1872 contó alrededor de un millón y medio de esclavizados.
Pedro II era personalmente contrario a la esclavitud, como dejó constancia en su correspondencia y en sus diarios. Pero era también lo suficientemente pragmático —o lo suficientemente cauto— como para saber que un ataque frontal a la esclavitud podría desencadenar una revuelta de los hacendados que hundiera el Imperio. La abolición llegó, por tanto, de manera gradual y cada vez más presionada desde abajo, por las fugas masivas de esclavizados y por un movimiento abolicionista cuyo gran portavoz fue Joaquim Nabuco, autor de O abolicionismo (1883).
La Ley del Vientre Libre de 1871 declaró libres a todos los hijos de esclavizadas nacidos a partir de ese momento. La Ley de los Sexagenarios de 1885 liberó a los esclavizados mayores de sesenta años, aunque obligándolos a servir aún tres años más como compensación a sus dueños. Y finalmente, el 13 de mayo de 1888, mientras Pedro II estaba en Europa por motivos de salud, su hija la princesa Isabel firmó la Ley Áurea, que abolía la esclavitud de manera inmediata y sin compensación a los propietarios.
La abolición brasileña fue la última del continente americano —puede leerse en el contexto de la abolición de la esclavitud en América— y llegó más de dos décadas después que la de Estados Unidos. A diferencia de aquella, no hubo guerra civil. La princesa Isabel fue aclamada en las calles de Río de Janeiro como la Redentora. Y los hacendados arruinados comenzaron a conspirar contra la monarquía.
Cronología del Imperio de Brasil
| Fecha | Acontecimiento |
|---|---|
| 1822 | Independencia de Brasil; Pedro I proclama el Imperio |
| 1825 | Nacimiento de Pedro de Alcântara (futuro Pedro II) |
| 1831 | Abdicación de Pedro I; comienza la regencia |
| 1840 | Pedro II declarado mayor de edad con 14 años (coronación en 1841) |
| 1850 | Ley Eusébio de Queirós: prohibición del tráfico de esclavizados |
| 1864–1870 | Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay |
| 1871 | Ley del Vientre Libre |
| 1876 | Viaje de Pedro II a Estados Unidos; visita la Exposición del Centenario de Filadelfia |
| 1885 | Ley de los Sexagenarios |
| 13 mayo 1888 | Ley Áurea: abolición total de la esclavitud |
| 15 nov. 1889 | Proclamación de la República; Pedro II parte al exilio |
| 5 dic. 1891 | Muerte de Pedro II en París |
La caída del Imperio
La proclamación de la República el 15 de noviembre de 1889 fue sorprendentemente abrupta. El mariscal Deodoro da Fonseca, empujado por oficiales republicanos como Benjamin Constant, encabezó un pronunciamiento que derribó al gabinete del vizconde de Ouro Preto; la historiografía discute si Deodoro pretendía desde el principio cambiar de régimen o solo de gobierno. Esa misma tarde, un grupo de republicanos civiles encabezado por José do Patrocínio proclamó la República en la Cámara Municipal de Río, y el gobierno provisional la oficializó por decreto.
Pedro II estaba en Petrópolis, la ciudad serrana donde pasaba los veranos. Cuando recibió la noticia, no huyó ni llamó a la resistencia. Bajó a Río de Janeiro, pero no intentó organizar ninguna resistencia. El gobierno provisional le comunicó que debía abandonar el país en veinticuatro horas, y la familia imperial fue embarcada de madrugada, el 17 de noviembre. Pedro rechazó la suma que el nuevo gobierno le ofreció para su sostenimiento, y poco después un decreto lo desterró oficialmente.
Murió en París el 5 de diciembre de 1891, dos años después del golpe, sin haber vuelto a Brasil. Según sus biógrafos, en su lecho de muerte expresó su deseo de paz y prosperidad para el país, y fue enterrado, por voluntad propia, con un puñado de tierra brasileña.
El destierro de la familia imperial se revocó en 1920, y los restos de Pedro II y de la emperatriz Teresa Cristina llegaron a Brasil en 1921, cuando la República ya había comenzado a mirar con cierta nostalgia el orden imperial. Desde 1939 reposan en la catedral de Petrópolis.
Legado: la paradoja del monarca ilustrado
La historiografía brasileña ha debatido largamente la figura de Pedro II, y manuales como la Historia concisa de Brasil de Boris Fausto resumen bien las posturas. Para una tradición liberal del siglo XIX y principios del XX, fue el obstáculo que frenó el progreso republicano. Para la historia social más reciente, fue un gobernante que modernizó el país en lo cultural e institucional pero fue incapaz de resolver la contradicción estructural de la esclavitud a tiempo de salvar el Imperio.
Lo que difícilmente puede negársele es la coherencia personal. Pedro II no gobernó por ambición. Llegó al trono siendo niño, sin haberlo pedido, y lo abandonó sin luchar por conservarlo. Su reinado coincidió con la expansión de la economía agroexportadora cafetera que sostuvo a Brasil durante décadas; él apoyó expediciones científicas, el Instituto Histórico y Geográfico Brasileño y escuelas superiores como la Escuela de Minas de Ouro Preto (1876) —el Imperio, en cambio, nunca llegó a crear una universidad—, y su gobierno fomentó la inmigración europea que transformó el sur del país.
El Brasil que dejó era irreconocible respecto al que había heredado: más poblado, más urbanizado, conectado por ferrocarriles y telégrafos, con una industria incipiente y sin esclavitud. Muchos historiadores interpretan la caída del Imperio menos como un fracaso personal que como un efecto de esas mismas transformaciones: las clases medias urbanas, los militares profesionalizados y los cafeteros paulistas, que pedían más autonomía provincial, no necesitaban ya la figura del Poder Moderador. A ello se sumaba la falta de entusiasmo por un Tercer Reinado encabezado por la princesa Isabel y su marido francés, el conde de Eu.
La abolición y la posterior República brasileña son, en ese sentido, el legado más ambiguo de Pedro II: el hombre que más hizo por modernizar Brasil fue también el último obstáculo que la modernidad tuvo que superar.
Mientras tanto en América
Lo que ocurría en otras partes del continente en 1840.
Para leer más
As barbas do imperador: D. Pedro II, um monarca nos trópicos
Lilia Moritz Schwarcz
La gran biografía cultural de Pedro II y de la construcción de su imagen como monarca ilustrado.
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