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Colonia17679 min de lectura

La expulsión de los jesuitas (1767)

En pocas palabras

La expulsión de los jesuitas en 1767: por qué Carlos III echó a la Compañía de Jesús de sus dominios y qué supuso para las misiones y colegios de América.

En este artículo
  1. La Compañía de Jesús en América: dos siglos de presencia
  2. Las causas de la expulsión: poder, dinero y política
  3. La noche de la expulsión: secreto y simultaneidad
  4. Las consecuencias en América: un vacío que nadie llenó
  5. Los jesuitas expulsados y el nacimiento del criollismo ilustrado
  6. Cronología de la expulsión de los jesuitas

El 27 de febrero de 1767, Carlos III firmó en el Palacio de El Pardo el real decreto que ordenaba la expulsión de la Compañía de Jesús de todos los dominios de la Corona española; la Pragmática Sanción que la hizo pública se promulgó el 2 de abril. La orden era categórica y debía ejecutarse en secreto y por sorpresa, para que ninguna comunidad jesuítica tuviese tiempo de preparar resistencia. En España los colegios fueron ocupados entre el 31 de marzo y el 3 de abril; en América, a medida que llegaban los correos, los virreyes y gobernadores abrieron pliegos lacrados con instrucciones precisas: detener a los padres, inventariar sus bienes y embarcarlos rumbo a Europa, desde donde acabarían en los Estados Pontificios.

Lo que siguió fue una operación logística de enorme escala para la administración de la época, y uno de los actos de gobierno con consecuencias más profundas y duraderas sobre la vida religiosa, educativa y social de América. Detrás del decreto había doscientos años de presencia jesuítica en el continente, decenas de miles de indígenas integrados en las misiones, y una orden religiosa que había llegado a ser, para muchos, un Estado dentro del Estado.

La Compañía de Jesús en América: dos siglos de presencia

Fundada por Ignacio de Loyola en 1540, la Compañía de Jesús llegó a América pocas décadas después de la conquista. A diferencia de franciscanos y dominicos, cuya evangelización se apoyaba en la predicación masiva y el bautismo colectivo, los jesuitas apostaron por una estrategia más metódica: aprender las lenguas indígenas, establecer escuelas, crear obras teatrales y musicales en idiomas nativos, y organizar a las poblaciones en las llamadas reducciones o misiones.

El experimento más célebre y más estudiado fue el de las misiones jesuíticas guaraníes, en el actual territorio de Paraguay, Argentina y Brasil. En su momento de mayor extensión, hacia 1732, las reducciones guaraníes albergaban a más de ciento cuarenta mil indígenas organizados en treinta pueblos. Allí los jesuitas construyeron iglesias barrocas de gran monumentalidad, talleres de luthería y escultura, imprentas, y sistemas de irrigación agrícola. Los guaraníes aprendieron a tocar el violín y el arpa, a fundir metales y a leer. El resultado era, para sus defensores, un laboratorio de utopía cristiana; para sus críticos —y para la Corona— una potencia territorial autónoma que escapaba al control del poder civil.

Pero las misiones guaraníes eran solo la parte más visible de una presencia mucho más extensa. Los jesuitas gestionaban colegios en casi todas las ciudades importantes de América: en Lima, en México, en Córdoba del Tucumán, en Bogotá, en Quito. Controlaban haciendas, obrajes y plantaciones que les proporcionaban los recursos para sostener sus actividades. Educaban a las élites criollas y a los hijos de los caciques indígenas. Y mantenían una red de comunicación y lealtad interna —la obediencia al General de la orden en Roma— que la Corona consideraba cada vez más difícil de compatibilizar con la lealtad al rey.

Las causas de la expulsión: poder, dinero y política

Las razones de la expulsión de 1767 son, en realidad, una mezcla de motivos difíciles de separar limpiamente. La historiografía ha debatido durante décadas cuál de ellos fue decisivo, y la respuesta más honesta es que todos contribuyeron.

El primer factor fue político. El siglo XVIII europeo estuvo marcado por el ascenso del regalismo: la doctrina que defendía la supremacía del poder real sobre las instituciones eclesiásticas en asuntos temporales. Las monarquías católicas de la Europa ilustrada —la portuguesa de los Braganza y las borbónicas de Francia, España, Nápoles y Parma— veían en la Compañía de Jesús, con su obediencia directa al papa y su estructura supranacional, un cuerpo extraño incompatible con el Estado moderno que intentaban construir. Portugal, bajo el marqués de Pombal, había expulsado a los jesuitas en 1759, y Francia había suprimido la orden en 1764. España siguió el mismo camino.

El segundo factor era económico. Los jesuitas habían acumulado un patrimonio considerable en América: haciendas productivas, colegios con rentas, propiedades urbanas. La expulsión permitiría al Estado incautarse de esos bienes. La Real Hacienda tenía necesidades acuciantes, y los bienes jesuíticos —tasados en cifras que variaban enormemente según las fuentes— representaban una oportunidad que los ministros ilustrados de Carlos III no estaban dispuestos a dejar pasar.

El tercer factor era la sospecha. En 1766, el motín de Esquilache —una revuelta popular en Madrid contra las reformas del ministro italiano Leopoldo de Gregorio— sacudió a la Corona. La pesquisa secreta que siguió, en la que el fiscal Campomanes redactó un duro dictamen, señaló a los jesuitas como instigadores, aunque las pruebas eran débiles y el debate historiográfico sigue abierto; la síntesis coordinada por Enrique Giménez López, Expulsión y exilio de los jesuitas españoles, resume bien esa discusión. Lo decisivo es que Carlos III —o al menos su círculo de ministros ilustrados, entre ellos el conde de Aranda y Pedro Rodríguez de Campomanes— quedó convencido de que la Compañía era una amenaza para el orden público.

La noche de la expulsión: secreto y simultaneidad

La Pragmática Sanción de 1767 se ejecutó con una precisión que evidencia el miedo de la Corona a cualquier resistencia organizada. En la América española, los gobernadores recibieron los pliegos sellados con instrucciones de no abrirlos hasta una fecha determinada. La idea era actuar por sorpresa en cada territorio: en Nueva España la expulsión se ejecutó el 25 de junio de 1767, en Buenos Aires a comienzos de julio y en Lima en septiembre.

Las escenas se repitieron de México a Buenos Aires: en la madrugada, soldados rodeaban las casas jesuíticas; los padres eran despertados, se les concedía un tiempo mínimo para reunir sus pertenencias personales y eran conducidos hasta los puertos de embarque. Los inventarios de sus bienes se realizaban bajo supervisión oficial. Las iglesias quedaban cerradas o eran transferidas a otras órdenes.

La resistencia fue escasa, aunque no inexistente. En Nueva España, la expulsión se sumó al malestar por las nuevas cargas fiscales y el reclutamiento de milicias, y estallaron tumultos en San Luis Potosí, Guanajuato y Michoacán; el visitador José de Gálvez los reprimió con extrema dureza, con 85 ejecutados y centenares de condenados. En las misiones guaraníes, más alejadas, la expulsión se aplazó hasta 1768: el gobernador Francisco de Paula Bucareli la llevó a cabo sin resistencia armada, pero los guaraníes vieron cómo se desmontaba la estructura que había organizado su vida durante más de un siglo.

Las consecuencias en América: un vacío que nadie llenó

El impacto de la expulsión fue mayor en América que en España, porque allí los jesuitas habían desempeñado funciones que el Estado colonial no tenía capacidad de asumir directamente.

En el ámbito educativo, el golpe fue inmediato. Los colegios jesuíticos —muchos de los cuales eran los únicos centros de enseñanza media y universitaria de sus regiones— cerraron o quedaron en manos de otras órdenes sin los recursos humanos ni económicos para mantener el nivel anterior. La formación de las élites criollas sufrió una interrupción cuyo alcance se discute: algunos historiadores hablan de un vacío difícil de cubrir, mientras otros subrayan que las últimas décadas coloniales fueron también las de la Ilustración americana, las expediciones científicas y los nuevos colegios y seminarios.

En las misiones, la situación fue directamente catastrófica. Las reducciones guaraníes, que habían funcionado gracias a la estructura organizativa jesuítica, entraron en un rápido declive tras la partida de los padres. La atención religiosa pasó a franciscanos, dominicos y mercedarios, y la gestión económica a administradores civiles, a menudo más interesados en su propio beneficio que en el de los pueblos. La población de las misiones, que rondaba los 89.000 habitantes en 1768, se redujo aproximadamente a la mitad hacia 1800, por las epidemias, la desestructuración económica y la huida de muchos guaraníes hacia las estancias y ciudades de la región.

Los jesuitas expulsados y el nacimiento del criollismo ilustrado

Existe una consecuencia paradójica de la expulsión que la historiografía ha estudiado con creciente interés: los jesuitas expulsados, instalados en Italia —principalmente en Bolonia, Ferrara, Roma y otras ciudades de los Estados Pontificios—, escribieron desde el exilio algunas de las obras más importantes sobre América colonial. Figuras como el novohispano Francisco Javier Clavijero, autor de la Historia antigua de México, publicada en italiano en 1780-1781, o el quiteño Juan de Velasco, con su Historia del Reino de Quito (1789), defendieron desde Europa la grandeza de las civilizaciones americanas y la capacidad de sus habitantes —indígenas y criollos— frente a los prejuicios de los teóricos europeos como Buffon o De Pauw que sostenían la inferioridad del Nuevo Mundo.

Este criollismo ilustrado jesuítico fue, en opinión de algunos historiadores, uno de los gérmenes ideológicos del independentismo americano de principios del siglo XIX. El caso más explícito es el del jesuita peruano Juan Pablo Viscardo y Guzmán, cuya Carta dirigida a los españoles americanos, escrita en el exilio y difundida por Francisco de Miranda en 1799, llamaba abiertamente a la emancipación. Los intelectuales criollos que leerían a Clavijero o a Velasco encontraban en sus obras un argumento poderoso: América tenía su propia historia, su propio valor y sus propias razones para reclamar una identidad distinta de la metropolitana.

Cronología de la expulsión de los jesuitas

FechaAcontecimiento
1540Fundación de la Compañía de Jesús por Ignacio de Loyola
1549Llegada de los primeros jesuitas a Brasil
1566-1572Llegada de los jesuitas a la Florida (1566), el Perú (1568) y Nueva España (1572)
1609Fundación de las primeras reducciones guaraníes
1759Portugal expulsa a los jesuitas de sus dominios
1764Francia expulsa a los jesuitas
1766Motín de Esquilache en Madrid
27 feb. 1767Carlos III firma el real decreto de expulsión
2 abr. 1767Promulgación de la Pragmática Sanción
Jun. 1767–1768Ejecución de la expulsión en América (las misiones guaraníes, en 1768)
1773El papa Clemente XIV suprime la Compañía de Jesús
1814Restauración de la Compañía de Jesús por Pío VII

Mientras tanto en América

Lo que ocurría en otras partes del continente en 1767.

Para leer más

Actividades políticas y económicas de los jesuitas en el Río de la Plata

Magnus Mörner

Estudio clásico sobre el poder económico y político de la Compañía en la región de las reducciones guaraníes.

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Expulsión y exilio de los jesuitas españoles

Enrique Giménez López (ed.)

Trabajos de referencia sobre las causas de la expulsión de 1767 y la vida de los jesuitas desterrados en Italia.

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Historia antigua de México

Francisco Javier Clavijero

Obra cumbre del criollismo ilustrado, escrita por un jesuita novohispano en el exilio italiano.

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