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ColoniaSiglos XVI-XVIII9 min de lectura

La universidad y la educación colonial en América

En pocas palabras

La universidad y la educación colonial en América: primeras universidades, colegios jesuitas, papel de la Iglesia y nacimiento de una cultura letrada criolla.

En este artículo
  1. Las primeras escuelas: franciscanos, dominicos y la educación indígena
  2. La Real Universidad: modelo, privilegios y limitaciones
  3. Los jesuitas y el sistema de colegios
  4. Mujeres y educación: entre el convento y la exclusión
  5. Las reformas borbónicas y la educación ilustrada
  6. El legado: una cultura letrada con raíces coloniales

En 1551, apenas treinta años después de que Hernán Cortés entrara en Tenochtitlan, la Corona española fundó en la Ciudad de México la Real Universidad de México, una de las dos primeras universidades de fundación real del continente, creada el mismo año que la de San Marcos de Lima (la de Santo Domingo, surgida de un estudio dominico, invoca una bula papal de 1538). La rapidez de esa decisión llama la atención: mientras los conquistadores todavía consolidaban el control militar del territorio, los frailes y funcionarios reales ya debatían cómo crear un sistema de enseñanza que diera cuerpo a un proyecto de largo alcance, a la vez intelectual y religioso.

La historia de la educación colonial en América es la historia de esa ambición y de sus contradicciones. Un sistema que produjo figuras como Sor Juana Inés de la Cruz y que generó algunas de las bibliotecas más ricas del hemisferio occidental, pero que al mismo tiempo excluyó a la mayoría de la población indígena y negra, que restringió el acceso de las mujeres y que sirvió en buena medida para reproducir el orden social jerárquico que la Colonia necesitaba para sostenerse.

Las primeras escuelas: franciscanos, dominicos y la educación indígena

Antes de que existiera ninguna universidad, fueron los frailes mendicantes —franciscanos, dominicos y agustinos— quienes pusieron en marcha las primeras estructuras educativas del Nuevo Mundo. Su objetivo inicial era evangelizar, y para ello necesitaban comunicarse: aprender las lenguas indígenas y enseñar a los nativos los rudimentos del castellano y la doctrina cristiana.

El caso más famoso y más estudiado es el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, fundado en 1536 por los franciscanos en la Ciudad de México. No era un colegio para españoles, sino para hijos de la nobleza indígena. Allí se enseñaba latín, retórica, filosofía, música y teología. Algunos de sus alumnos llegaron a colaborar con el fraile Bernardino de Sahagún en la redacción del monumental Códice Florentino, la enciclopedia de la cultura náhuatl más completa que existe. Fue un experimento sin precedentes —y que no tardaría en despertar suspicacias entre quienes creían que educar demasiado al indígena era peligroso para el orden colonial.

La visión de los primeros evangelizadores chocó pronto con la realidad política. A mediados del siglo XVI, la Corona comenzó a cuestionar la autonomía de las órdenes religiosas en materia educativa y a reservar la instrucción superior casi exclusivamente para la población española y criolla. El Colegio de Tlatelolco sobrevivió, pero fue perdiendo recursos y centralidad a medida que avanzaba la centuria.

La Real Universidad: modelo, privilegios y limitaciones

La Real Universidad de México, fundada por cédula real de Carlos I en 1551 e inaugurada en 1553, se modeló directamente sobre la Universidad de Salamanca. Sus estatutos, sus cátedras, sus grados y sus ceremonias eran prácticamente idénticos a los de su homóloga peninsular. Esa mímesis no era accidental: se trataba de demostrar que el Nuevo Mundo era capaz de reproducir las formas más elevadas de la civilización europea.

Las cátedras originales cubrían teología, cánones, leyes, filosofía y medicina. El latín era la lengua de instrucción en las materias más importantes. El acceso estaba limitado, en la práctica, a varones de origen español o criollo con medios económicos suficientes para costear los estudios y las matrículas. Sin embargo, la institución gozó desde el principio de un privilegio notable: el mismo que tenían las universidades peninsulares, incluida la capacidad de conferir grados académicos reconocidos en toda la Monarquía Hispánica.

A lo largo de los siglos XVI y XVII, la universidad produjo una élite letrada criolla que comenzó a desarrollar una identidad propia, distinta tanto de la metrópoli española como del mundo indígena. Los graduados en leyes nutrían la burocracia virreinal; los teólogos se disputaban las cátedras y los púlpitos; los médicos —aunque la medicina colonial tardó en separarse de la escolástica— comenzaban a observar enfermedades americanas que los textos de Galeno no contemplaban.

En 1551 —por una cédula de mayo, cuatro meses anterior a la de México— se fundó también la Universidad de San Marcos en Lima, igualmente inspirada en Salamanca, y ambas se disputan desde entonces la primacía. Le siguieron docenas de instituciones en todo el territorio colonial durante los siglos siguientes.

Los jesuitas y el sistema de colegios

Si las universidades proporcionaron el nivel más alto de la educación colonial, el nivel intermedio —lo que hoy llamaríamos bachillerato o secundaria— fue obra casi exclusiva de la Compañía de Jesús. Los jesuitas llegaron a los dominios españoles de América en la segunda mitad del siglo XVI —al Perú en 1568 y a Nueva España en 1572— y en poco tiempo construyeron una red de colegios muy extensa.

Su método pedagógico, codificado en la célebre Ratio Studiorum de 1599, combinaba el estudio riguroso del latín, la retórica y la filosofía aristotélica con una organización por cursos graduados, ejercicios constantes y un seguimiento cercano de los alumnos que las universidades, con sus cátedras magistrales, no ofrecían. Los colegios jesuitas en América colonial se convirtieron en centros de formación de las élites criollas y en focos de vida intelectual.

El Colegio de San Pedro y San Pablo en México, el Colegio de San Pablo en Lima, el Colegio de Córdoba en el Virreinato del Río de la Plata —que se convertiría en la Universidad Nacional de Córdoba, la más antigua de Argentina—: el mapa de la educación colonial es, en gran medida, un mapa de la presencia jesuita.

Esa hegemonía se interrumpió bruscamente en 1767, cuando Carlos III expulsó a los jesuitas de todos los territorios de la Monarquía Hispánica. La decisión dejó un vacío enorme en la red educativa colonial y obligó a un replanteamiento urgente de cómo organizar la instrucción pública que las reformas borbónicas no siempre lograron resolver con éxito.

Mujeres y educación: entre el convento y la exclusión

El acceso de las mujeres a la educación formal en la Colonia estuvo severamente limitado. Las universidades les estaban vedadas. Los colegios jesuitas y la mayor parte de las instituciones educativas existentes eran exclusivamente masculinos. La formación de las mujeres se reducía, para la mayoría, a la instrucción doméstica y religiosa impartida en el hogar o en los conventos.

Sin embargo, el convento fue, paradójicamente, uno de los pocos espacios donde una mujer podía desarrollar una vida intelectual. Las bibliotecas conventuales, accesibles para las monjas letradas, albergaban volúmenes de filosofía, teología, historia y literatura que difícilmente habrían estado al alcance de una mujer fuera de esas paredes. El caso más extraordinario de esa posibilidad —y también de sus límites— es el de Sor Juana Inés de la Cruz, que desde su celda en el convento de San Jerónimo de México alcanzó una erudición y una producción literaria sin equivalente en la América colonial.

Sor Juana tuvo que defender su derecho a estudiar y escribir contra quienes consideraban inapropiado que una religiosa se dedicara a las letras profanas. Su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1691) es, entre otras cosas, una defensa razonada del derecho de la mujer al conocimiento.

Las reformas borbónicas y la educación ilustrada

El siglo XVIII trajo consigo un cambio de orientación profundo. Las reformas borbónicas impulsadas por Felipe V y, sobre todo, por Carlos III buscaban modernizar el Imperio y hacerlo más eficiente económicamente. En el ámbito educativo, eso significó un ataque frontal al escolasticismo que dominaba las universidades y los colegios, y un intento de introducir las ciencias experimentales, las matemáticas y la filosofía moderna.

Las Sociedades Económicas de Amigos del País y otras asociaciones semejantes, fundadas en ciudades como La Habana, Quito, Lima o Guatemala en las últimas décadas del siglo XVIII, promovieron la enseñanza de la botánica, la mineralogía, la agrimensura y las artes mecánicas. El Real Seminario de Minería de México, que abrió sus puertas en 1792 bajo la dirección de Fausto de Elhuyar, es un buen ejemplo de esa nueva orientación: formaba ingenieros de minas con un currículo de química, física y matemáticas que Alexander von Humboldt elogió durante su visita.

Los tratados de filosofía ilustrada del siglo XVIII circularon, a menudo de forma clandestina y pese a las prohibiciones inquisitoriales, en las bibliotecas criollas. Rousseau, Montesquieu, Locke: los mismos autores que alimentaron la Revolución Francesa y la independencia de los Estados Unidos comenzaron a formar el ideario de una generación criolla que, antes de terminar el siglo, iniciaría los movimientos de independencia.

El legado: una cultura letrada con raíces coloniales

InstituciónLocalizaciónFundación
Colegio de Santa Cruz de TlatelolcoCiudad de México1536
Universidad de Santo Tomás de Aquino (bula papal)Santo Domingo1538
Universidad de San MarcosLima1551
Real Universidad de MéxicoCiudad de México1551
Universidad de CórdobaCórdoba (Argentina)1613
Universidad de San Carlos de GuatemalaGuatemala1676
Real Seminario de MineríaCiudad de México1792 (inauguración)

La educación colonial dejó un legado ambiguo y duradero. Por un lado, construyó las instituciones que formarían a los próceres de la independencia: Simón Bolívar estudió con preceptores formados en la tradición ilustrada; Miguel Hidalgo era bachiller en teología y rector de un colegio; Francisco de Miranda era un lector voraz de los enciclopedistas franceses. La cultura letrada criolla que hizo posible la independencia se formó, en buena medida, en las aulas coloniales.

Por otro lado, ese sistema educativo fue también un instrumento de exclusión y de control. Excluyó a las mujeres, a los indígenas, a la población de origen africano. Reprodujo las jerarquías sociales de la Colonia y las legitimó con el barniz del saber. Ensayos como La ciudad letrada, de Ángel Rama, han mostrado cómo la cultura escrita no fue solo un mecanismo de transmisión del conocimiento, sino también un instrumento de poder en manos de una minoría de letrados.

La tensión entre esas dos dimensiones —la educación como emancipación y la educación como control— no se resolvió con la independencia. Siguió siendo el eje del debate político en América Latina durante todo el siglo XIX y gran parte del XX. Y en cierta medida, no ha dejado de serlo.

Para leer más

Historia de la educación en la época colonial

Pilar Gonzalbo Aizpuru

Obra en dos volúmenes sobre la educación novohispana, del mundo indígena a los colegios de criollos y la vida urbana.

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La ciudad letrada

Ángel Rama

Ensayo clásico sobre el poder de los letrados en la América colonial y republicana.

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La educación ilustrada, 1786-1836

Dorothy Tanck de Estrada

Estudio de referencia sobre las reformas educativas de finales de la Colonia en la Ciudad de México.

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