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Siglo XIX1879 — 18849 min de lectura

La Guerra del Pacífico: Chile contra Perú y Bolivia (1879–1884)

En pocas palabras

La Guerra del Pacífico (1879–1884) enfrentó a Chile con Perú y Bolivia por el control del desierto de Atacama y sus riquezas en salitre y guano.

En este artículo
  1. Las raíces del conflicto: fronteras difusas y salitre abundante
  2. El detonante: el impuesto boliviano de 1878
  3. La guerra en el mar: la clave del primer año
  4. La campaña terrestre: de Tarapacá a Lima
  5. Consecuencias: un mapa reescrito y rencores duraderos
  6. El debate historiográfico: ¿quién tuvo la culpa?

En el desierto de Atacama, uno de los lugares más áridos del planeta, yacía escondida una de las fortunas más codiciadas del siglo XIX: el salitre. Este mineral, utilizado como fertilizante agrícola y como materia prima para la fabricación de pólvora, había convertido una franja de tierra sin agua ni vida aparente en el epicentro de la economía sudamericana. Tres países —Chile, Perú y Bolivia— tenían intereses en ese territorio, y sus fronteras, mal trazadas y peor definidas, eran una fuente constante de fricción.

En febrero de 1879 la fricción se convirtió en guerra. Lo que comenzó como una disputa fiscal entre Chile y Bolivia desencadenó en pocas semanas una guerra a tres bandas que duraría cinco años, remodelaría el mapa de América del Sur y dejaría heridas diplomáticas que todavía hoy no han cicatrizado del todo. No fue una guerra de ideologías: en su raíz estaba el control de las rentas del salitre, aunque en ella pesaron también el nacionalismo, los errores diplomáticos y el equilibrio de poder en la costa del Pacífico.

Las raíces del conflicto: fronteras difusas y salitre abundante

Para entender la guerra es necesario remontarse a las décadas anteriores. Tras las independencias, las repúblicas sudamericanas heredaron los territorios coloniales con límites vagos, trazados más sobre el papel que sobre el terreno. En el caso del desierto de Atacama, la imprecisión era especialmente grave porque nadie había considerado aquellas tierras yermas como algo valioso. Eso cambió a mediados del siglo XIX cuando se descubrió que la región contenía enormes depósitos de guano y salitre.

Bolivia controlaba la costa de Atacama —su única salida al mar—, pero carecía de capital y tecnología para explotar sus riquezas. Fueron empresas chilenas y capitales mixtos, en parte británicos, los que construyeron las salitreras del desierto. La ciudad de Antofagasta, en territorio boliviano, era en la práctica una ciudad chilena: sus habitantes, sus bancos y sus empresas eran mayoritariamente de ese país. Esta penetración económica creó una dependencia peculiar: Bolivia necesitaba los impuestos de las salitreras, pero las salitreras pertenecían a sus vecinos del sur.

En 1873, Perú y Bolivia firmaron un tratado secreto de alianza defensiva; hasta qué punto lo conocía el gobierno chileno antes de 1879 es algo que los historiadores siguen discutiendo. Su existencia respondía al creciente temor de ambos países a la expansión económica y demográfica chilena hacia el norte. Chile, por su parte, era uno de los Estados sudamericanos con mayor cohesión interna y había incorporado a su escuadra dos modernos blindados, el Cochrane y el Blanco Encalada. Su ejército, en cambio, era pequeño en 1879 y tuvo que ampliarse a marchas forzadas; la reforma de corte prusiano llegaría después de la guerra.

El detonante: el impuesto boliviano de 1878

El chispazo concreto que encendió la guerra fue relativamente menor comparado con sus consecuencias. En 1878, el gobierno boliviano del presidente Hilarión Daza decretó un aumento del impuesto sobre la exportación de salitre que afectaba directamente a la Compañía de Salitre y Ferrocarril de Antofagasta, de capitales chilenos. El problema era que ese aumento violaba un tratado bilateral de 1874 en el que Bolivia se había comprometido a no subir los impuestos a las empresas chilenas durante veinticinco años.

Chile protestó; Bolivia no cedió; y en febrero de 1879, cuando el gobierno boliviano procedió a embargar los bienes de la compañía salitrera para subastarlos, Chile respondió con la ocupación militar de Antofagasta. Bolivia declaró la guerra. Perú intentó mediar, pero al revelarse la existencia del tratado secreto de 1873, Chile exigió que Lima se declarara neutral. Perú se negó, y en abril de 1879 el conflicto era ya una guerra entre tres naciones.

La guerra en el mar: la clave del primer año

La geografía del teatro de operaciones determinó la estrategia. El desierto de Atacama hacía imposible el movimiento de grandes ejércitos por tierra sin control previo del mar. Quien dominara el Pacífico podría desembarcar tropas donde quisiera; quien lo perdiera quedaría encerrado en sus costas.

La marina peruana contaba con dos blindados: el monitor Huáscar y la fragata Independencia. La Independencia se perdió pronto, al encallar frente a Punta Gruesa el 21 de mayo de 1879 mientras perseguía a la goleta chilena Covadonga; ese mismo día, en la rada de Iquique, el Huáscar hundió la corbeta Esmeralda, en cuyo abordaje murió el capitán Arturo Prat, hoy el gran héroe naval de Chile. A partir de entonces, el Huáscar, al mando de Miguel Grau, hostigó durante cinco meses las comunicaciones marítimas chilenas en una auténtica campaña de corso. Las crónicas y estudios sobre estos combates navales forman una bibliografía abundante. Grau, ascendido a contraalmirante en plena campaña y hoy héroe nacional en Perú, retrasó varios meses la ofensiva chilena.

El momento decisivo llegó en octubre de 1879, en el combate naval de Angamos. Las dos divisiones de la escuadra chilena, con los blindados Cochrane y Blanco Encalada, acorralaron al Huáscar frente a Punta Angamos, al norte de Antofagasta. Grau murió al comienzo del combate, cuando una granada alcanzó la torre de mando; el buque siguió combatiendo más de una hora y terminó capturado. Con la caída del Huáscar, Chile quedó como dueño absoluto del Pacífico sur. A partir de ese momento, la guerra pasó a tierra.

La campaña terrestre: de Tarapacá a Lima

Con el dominio del mar asegurado, Chile desplegó su ejército en la costa peruana con una eficacia logística notable para la época. Las campañas terrestres se desarrollaron en tres fases: la conquista de Tarapacá (finales de 1879), la ocupación de Tacna y Arica (1880) y, finalmente, la marcha sobre Lima (1880-1881).

Tras el desembarco en Pisagua y la victoria de San Francisco (o Dolores), Chile sufrió en Tarapacá, el 27 de noviembre de 1879, su revés más serio en tierra: las fuerzas peruanas derrotaron a una columna chilena, pero se vieron obligadas a retirarse hacia Arica y la provincia, con sus salitreras, quedó en manos chilenas. La batalla del Alto de la Alianza, junto a Tacna (26 de mayo de 1880), y el asalto al morro de Arica (7 de junio) sellaron la suerte del sur peruano. Tras Tacna, Bolivia retiró en la práctica sus tropas de la guerra.

El desembarco en las proximidades de Lima y la campaña para tomar la capital peruana fueron los episodios más cruentos. Los ejércitos de reserva peruanos, mal armados pero combativos, resistieron en las batallas de Chorrillos y Miraflores a comienzos de 1881. Chorrillos y Barranco fueron saqueados e incendiados tras la batalla, y el ejército chileno entró en Lima el 17 de enero de 1881. Durante la ocupación, que duró casi tres años, se requisaron bienes públicos y privados, y parte de los fondos de la Biblioteca Nacional fue llevada a Santiago (Chile devolvió en 2007 3.788 títulos en 2.218 volúmenes). Aquellos días dejaron una huella en la memoria colectiva peruana que todavía influye en la percepción que ese país tiene de Chile.

Cronología de la Guerra del Pacífico

FechaAcontecimiento
14 feb. 1879Tropas chilenas ocupan Antofagasta
1 mar. 1879Bolivia declara el estado de guerra con Chile
5 abril 1879Chile declara la guerra a Perú
21 mayo 1879Combate naval de Iquique; muerte del capitán Arturo Prat (Chile)
8 oct. 1879Combate de Angamos; captura del Huáscar y muerte del almirante Grau (Perú)
Nov. 1879Campaña de Tarapacá; Chile controla las salitreras
Mayo–jun. 1880Batallas de Tacna (Alto de la Alianza) y Arica; Bolivia se retira de la lucha
13–17 ene. 1881Batallas de Chorrillos y Miraflores; Chile ocupa Lima
1881–1883Resistencia en la sierra peruana (campaña de la Breña, Cáceres); derrota peruana en Huamachuco (julio de 1883)
20 oct. 1883Tratado de Ancón: Perú cede Tarapacá y Tacna y Arica quedan bajo administración chilena
4 abril 1884Pacto de Tregua entre Chile y Bolivia: el litoral boliviano queda bajo control chileno (cesión formalizada en el tratado de 1904)

Consecuencias: un mapa reescrito y rencores duraderos

El Tratado de Ancón, firmado en octubre de 1883 entre Chile y Perú, y el pacto de tregua con Bolivia de 1884 (convertido en tratado de paz en 1904) redibujaron el mapa de América del Sur de manera permanente. Chile incorporó la provincia peruana de Tarapacá y obtuvo la administración de Tacna y Arica durante diez años, tras los cuales un plebiscito debía decidir su destino. El plebiscito nunca se celebró, y la cuestión se resolvió en 1929 con el Tratado de Lima: Tacna volvió al Perú y Arica quedó en Chile. Bolivia perdió su litoral completo y quedó convertida en un país mediterráneo, una condición que sus gobiernos han reclamado revertir durante más de un siglo.

Las consecuencias económicas fueron igualmente transformadoras. Chile pasó a controlar las salitreras más productivas del mundo en un momento en que la demanda de fertilizantes agrícolas era insaciable. Los impuestos a la exportación de salitre llegaron a proporcionar cerca de la mitad de los ingresos ordinarios del Estado chileno y financiaron durante décadas su administración, sus ferrocarriles y sus obras públicas, aunque la propiedad de muchas oficinas salitreras pasó a manos británicas en la década de 1880. Los estudios económicos sobre el auge salitrero muestran que las ganancias del mineral transformaron profundamente la estructura social del país vencedor.

Para Perú, la derrota significó una crisis política y moral de primer orden. La ocupación extranjera de la capital, la destrucción de infraestructuras y la pérdida de la región más rica en minerales del país desencadenaron un proceso de reflexión nacional que marcó toda la política peruana de las décadas siguientes. Para Bolivia, la "cuestión del Pacífico" —la reivindicación de una salida al mar— se convirtió en un elemento central de la identidad nacional, presente en la diplomacia, la educación y la cultura boliviana hasta hoy.

El debate historiográfico: ¿quién tuvo la culpa?

La historiografía de la Guerra del Pacífico ha estado marcada durante décadas por las perspectivas nacionales. Los historiadores chilenos tendieron a subrayar las provocaciones bolivianas, la violación del tratado de 1874 y la legitimidad de la defensa de los intereses económicos de sus ciudadanos en Atacama. Los historiadores peruanos y bolivianos pusieron el acento en la expansión agresiva de Chile y en el papel de los intereses salitreros —incluyendo capitales británicos— como motor oculto del conflicto.

La historiografía más reciente tiende a ser más matizada. El papel del capital británico, que durante mucho tiempo se presentó como el gran titiritero de la guerra, ha sido revisado: las empresas británicas tenían intereses en los tres países y no favorecieron necesariamente a Chile. Buena parte de los especialistas coincide en que la guerra fue el resultado de décadas de tratados ambiguos, desconfianza mutua y una competencia económica que ninguno de los tres Estados supo gestionar por vías pacíficas.

Los atlas históricos sobre la guerra son hoy una herramienta valiosa para entender los movimientos militares y la transformación territorial.

Mientras tanto en América

Lo que ocurría en otras partes del continente en 1879.

Para leer más

Andean Tragedy: Fighting the War of the Pacific, 1879-1884

William F. Sater

El estudio militar más riguroso sobre el conflicto, que compara los ejércitos, las marinas y la logística de los tres países.

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Guerreros civilizadores: política, sociedad y cultura en Chile durante la Guerra del Pacífico

Carmen McEvoy

Una historiadora peruana estudia el frente interno chileno y el discurso civilizador con que Chile justificó la guerra.

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