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Siglo XIX1840 — 18847 min de lectura

El auge del guano y el salitre

En pocas palabras

El auge del guano y el salitre enriqueció y endeudó a Perú y Bolivia en el siglo XIX y abrió las tensiones que estallaron en la Guerra del Pacífico (1879).

En este artículo
  1. El milagro de los excrementos de ave
  2. Las condiciones del trabajo: un silencio conveniente
  3. Del guano al salitre: un negocio más complicado
  4. Cronología del ciclo del guano y el salitre
  5. La economía política de una bonanza sin desarrollo
  6. El legado de la era del nitrato

A mediados del siglo XIX, el mayor negocio de la costa del Pacífico sudamericano apestaba. El excremento acumulado durante milenios por millones de aves marinas en las islas desiertas frente al litoral peruano —el guano— se había convertido en el fertilizante más codiciado del mundo. Los campos de trigo de Europa y Norteamérica necesitaban nitrógeno; el Perú lo tenía en cantidades astronómicas. La fortuna que llegó con esa demanda fue tan colosal, y tan mal gestionada, que dejó una herencia de deudas, dependencia exterior y conflicto armado que marcó a toda una región para el siglo siguiente.

El ciclo del guano y, a continuación, el del salitre o nitrato de sodio, son quizá el ejemplo más estudiado —y más doloroso— de lo que los economistas llaman la «maldición de los recursos naturales»: la paradoja de los países que se arruinan precisamente porque son ricos.

El milagro de los excrementos de ave

El guano de las islas Chincha, frente a la costa de Pisco, en el departamento peruano de Ica, no era un descubrimiento del siglo XIX. Los agricultores andinos lo usaban desde tiempos preincaicos para fertilizar sus terrazas. Lo que cambió fue el contexto global: la revolución agrícola europea demandaba abonos a una escala sin precedentes, y la química del siglo XIX —con figuras como Justus von Liebig— había identificado el nitrógeno como elemento clave para la productividad de los suelos.

Entre 1840 y 1880, el Perú exportó en torno a once o doce millones de toneladas de guano, según las estimaciones. El negocio era sencillo en apariencia: el Estado peruano cedía la venta a consignatarios —primero casas extranjeras como la británica Antony Gibbs & Sons, desde 1862 capitalistas peruanos, los llamados «hijos del país», y a partir de 1869 la casa Dreyfus de París, en régimen de monopolio— y recibía a cambio anticipos sobre las ventas futuras. En su apogeo, el guano llegó a aportar en torno a tres cuartas partes de los ingresos del Estado. El gobierno construyó ferrocarriles, pagó la deuda de la independencia, abolió en 1854 el tributo indígena y la esclavitud —indemnizando a los propietarios con dinero del guano—, y puso en circulación sumas que hacían palidecer los ingresos de la era colonial.

El problema era estructural. El Estado no cobraba un impuesto sobre una actividad económica diversificada; dependía de un único recurso no renovable cuya extracción estaba en manos de intermediarios extranjeros. La historia económica del Perú guanero que reconstruyó Heraclio Bonilla es, en ese sentido, el primer gran laboratorio latinoamericano de la trampa rentista.

Las condiciones del trabajo: un silencio conveniente

La narrativa del boom guanero raramente menciona a quienes lo hicieron posible con sus cuerpos. Las islas Chincha no eran un paraíso: eran infiernos de polvo de amoníaco, calor y olor irrespirable donde los trabajadores —en su mayoría coolíes chinos bajo contratos de servidumbre y presidiarios peruanos— excavaban el guano a pico durante doce horas diarias.

El sistema de contratación de trabajadores chinos, vigente entre 1849 y 1874, llevó al Perú a unas cien mil personas en condiciones que los propios contemporáneos comparaban con la esclavitud. Embarcaban en Macao, a menudo reclutados con engaños o por la fuerza, y la mayoría terminaba en las haciendas azucareras y algodoneras de la costa; una minoría, la más castigada, en las islas, sin posibilidad real de regreso. La mortalidad era alta; los suicidios, frecuentes. Este componente humano del milagro guanero fue sistemáticamente ignorado por las élites limeñas que disfrutaban de sus rentas.

Del guano al salitre: un negocio más complicado

Cuando a finales de la década de 1860 se hizo evidente que las reservas de guano se agotaban, la atención se desplazó hacia otro recurso nitrogenado: el nitrato de sodio, o salitre, concentrado en las áridas llanuras del desierto de Atacama. El problema era que ese desierto era, políticamente, un territorio disputado o compartido entre tres naciones: Perú, Bolivia y Chile.

La provincia boliviana de Antofagasta y el departamento peruano de Tarapacá contenían los yacimientos más ricos del mundo. El capital que los explotaba era, sin embargo, en gran parte chileno y británico. Las compañías salitreras del desierto de Atacama operaban con tecnología importada, trabajadores chilenos y peruanos, y capitales que fluían hacia Valparaíso y Londres más que hacia Lima o La Paz.

El Perú intentó controlar el salitre de Tarapacá para proteger el precio del guano: primero con el estanco de 1873, que fracasó, y después con la expropiación de 1875, por la que el Estado compró las salitreras. La medida llegó tarde y mal ejecutada; los propietarios —muchos de ellos extranjeros— recibieron certificados de deuda que el Estado no podía pagar. Bolivia, por su parte, impuso en 1878 un gravamen de diez centavos por quintal exportado a la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, controlada por capitales chilenos y británicos, lo que Chile consideró una violación del tratado de límites de 1874. Chile ocupó Antofagasta en febrero de 1879. Comenzaba la Guerra del Pacífico.

Cronología del ciclo del guano y el salitre

FechaAcontecimiento
1840Primeras exportaciones masivas de guano peruano a Europa
1849Inicio del sistema de contratación de coolíes chinos para las islas
1862Los consignatarios nacionales («hijos del país») sustituyen a las casas extranjeras
1869Contrato Dreyfus: la casa francesa monopoliza la consignación del guano
1873Perú establece el estanco salitrero en Tarapacá; Tratado secreto de alianza Perú-Bolivia
1875Perú expropia las salitreras de Tarapacá; el guano entra en declive
1878Bolivia sube impuestos a la compañía salitrera chilena en Antofagasta
14 febrero 1879Chile ocupa Antofagasta; en abril se declara la guerra
1883–1884Tratado de Ancón (Perú cede Tarapacá) y Pacto de Tregua con Bolivia (Chile ocupa Antofagasta)

La economía política de una bonanza sin desarrollo

Economistas e historiadores como Jonathan Levin, Shane Hunt o Heraclio Bonilla han presentado el boom guanero como un caso paradigmático de crecimiento sin desarrollo. Hunt calculó que el Estado se quedó con la mayor parte de la renta —una proporción alta para la época—, lo que hace más llamativo el resultado en un país que en 1876 no llegaba a tres millones de habitantes. Sin embargo, al terminar la era guanera, el Estado era insolvente, la deuda externa había multiplicado su valor varias veces y la industria nacional era más débil que al comenzar.

¿A dónde fue el dinero? En parte, a pagar deudas de la guerra de independencia y a los consignatarios extranjeros. En parte, a una clase de importadores y prestamistas que preferían el comercio especulativo a la inversión productiva. Los ferrocarriles que se construyeron —y que el ingeniero Henry Meiggs levantó con notable audacia técnica en los Andes— no articularon una economía integrada; conectaron puertos con yacimientos mineros sin crear redes internas.

Bolivia vivió una historia paralela aunque a menor escala. Su litoral atacameño era su única salida al mar, y la renta salitrera era la base de sus finanzas públicas. Perderlo en la guerra supuso no solo una catástrofe económica sino un trauma nacional que persiste en la política boliviana hasta hoy.

El legado de la era del nitrato

Cuando Chile ganó la Guerra del Pacífico y se quedó con Tarapacá (1883) y Antofagasta (ocupada desde 1884 y cedida por Bolivia en 1904), el negocio salitrero no desapareció: simplemente cambió de manos soberanas. Durante las décadas siguientes, el salitre chileno —buena parte de él en manos del magnate británico John Thomas North, apodado «el rey del salitre»— siguió financiando una parte sustancial del presupuesto de Santiago.

Pero también el ciclo salitrero tenía fecha de caducidad. En 1909, el químico alemán Fritz Haber logró sintetizar amoníaco en el laboratorio, y Carl Bosch llevó el proceso a escala industrial en 1913: el nitrógeno artificial comenzó a reemplazar al nitrato natural. La Primera Guerra Mundial aceleró la reconversión de las fábricas europeas. Para la década de 1920, el salitre chileno había entrado en un declive irreversible, y la región de Atacama quedó sembrada de oficinas salitreras abandonadas; dos de ellas, Humberstone y Santa Laura, son Patrimonio de la Humanidad desde 2005.

El legado de cuarenta años de bonanza nitrogenada es, pues, ambivalente. El Perú del siglo XIX dilapidó una fortuna en pocas décadas. Bolivia perdió su única salida al mar. Chile ganó una guerra y un territorio, pero tampoco escapó del modelo extractivista: cuando el salitre se agotó, vino el cobre. Y la pregunta que planteó aquel primer gran boom exportador latinoamericano —¿cómo convertir la riqueza del subsuelo en desarrollo real para la población?— sigue sin una respuesta satisfactoria en buena parte de la región.

Mientras tanto en América

Lo que ocurría en otras partes del continente en 1840.

Para leer más

Guano and the Opening of the Pacific World

Gregory T. Cushman

El estudio más riguroso sobre el ciclo guanero y su impacto ecológico, económico y geopolítico en el Pacífico del siglo XIX.

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Guano y burguesía en el Perú

Heraclio Bonilla

Análisis clásico sobre cómo el boom guanero benefició a élites y acreedores extranjeros sin construir un Estado sólido.

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Andean Tragedy: Fighting the War of the Pacific, 1879-1884

William F. Sater

Reconstrucción de la guerra que liquidó el ciclo salitrero compartido entre Perú, Bolivia y Chile.

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