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IndependenciasSiglo XVIII8 min de lectura

La Ilustración y las revoluciones atlánticas

En pocas palabras

Cómo la Ilustración y las revoluciones atlánticas —americana, francesa, haitiana— impulsaron las independencias hispanoamericanas del siglo XIX.

En este artículo
  1. Las ideas que hicieron posible lo impensable
  2. La Revolución Americana: el primer modelo
  3. La Revolución Francesa: radicalidad y miedo
  4. Haití: la revolución que nadie quiso imitar (pero todos temían)
  5. La circulación atlántica de las ideas
  6. Cronología de las revoluciones atlánticas

En la segunda mitad del siglo XVIII, algo cambió en el modo en que los hombres y mujeres de ambos lados del Atlántico pensaban sobre el poder. No de golpe, no con un solo autor ni con un solo libro, sino a través de una acumulación de ideas que circularon por tertulias, gacetas, universidades y logias masónicas, y que transformaron silenciosamente las categorías con las que se entendían conceptos como soberanía, libertad o representación. Esa transformación tiene un nombre: la Ilustración. Y sus consecuencias políticas concretas tienen otros cuatro nombres que marcaron la historia del continente americano: la independencia de los Estados Unidos (1776), la Revolución Francesa (1789), la Revolución Haitiana (1791-1804) y, finalmente, las independencias hispanoamericanas (1808-1824).

Estos procesos no fueron dominós que se derrumbaron uno tras otro de forma mecánica. Tuvieron sus propias causas locales, sus propias contradicciones y sus propios actores. Pero los conecta un hilo de ideas compartidas, adaptadas y reinterpretadas en cada contexto. Entender ese hilo es entender por qué el mundo atlántico no fue nunca el mismo después de 1800.

Las ideas que hicieron posible lo impensable

La Ilustración no fue un movimiento monolítico. Hubo una Ilustración francesa —la más conocida—, una Ilustración escocesa —más preocupada por la economía y la moral social—, una Ilustración alemana, una española y, sí, una Ilustración americana, tanto en el sentido anglosajón como en el iberoamericano. Lo que todas compartieron fue una confianza común en la razón como instrumento para comprender y reformar la sociedad, y una desconfianza creciente hacia la autoridad que se legitimaba únicamente por la tradición o la revelación divina.

Los nombres que importan para el mundo americano son bien conocidos: John Locke y su teoría del contrato social y los derechos naturales; Montesquieu y su defensa de la separación de poderes; Rousseau y la soberanía popular; los enciclopedistas franceses, con Voltaire y Diderot a la cabeza, que pusieron en duda dogmas religiosos y políticos que parecían inamovibles. En el mundo hispánico, estas ideas llegaron de forma más filtrada: a través de pensadores como Feijóo o Jovellanos en España, a través de las reformas borbónicas que intentaron modernizar el Imperio sin dinamitarlo, y a través de los criollos que leían con avidez los libros prohibidos.

La censura inquisitorial no impidió la difusión de estas ideas, y en algunos casos las hizo más atractivas. Los libros de Locke y Rousseau circulaban clandestinamente por Caracas, Buenos Aires o Santa Fe de Bogotá. Los criollos ilustrados —futuros protagonistas de las independencias— leían a los philosophes franceses en ediciones de contrabando y comentaban sus argumentos en tertulias privadas.

La Revolución Americana: el primer modelo

La independencia de las trece colonias británicas, declarada en 1776, fue el primer gran experimento político ilustrado en América. La Declaración de Independencia, redactada principalmente por Thomas Jefferson, tradujo a lenguaje político concreto los principios de Locke: que los hombres nacen con derechos inalienables —vida, libertad, búsqueda de la felicidad—, que los gobiernos derivan su autoridad del consentimiento de los gobernados y que, cuando un gobierno traiciona esos derechos, el pueblo tiene el derecho y el deber de cambiarlo.

Para los criollos hispanoamericanos, este modelo tenía una potencia enorme. Demostraba que era posible romper con una metrópoli europea, fundar un Estado basado en principios racionales y obtener el reconocimiento internacional. Francisco de Miranda, el precursor venezolano, visitó los Estados Unidos, conoció a líderes de la revolución y volvió convencido de que lo que había ocurrido en Filadelfia podía reproducirse en Caracas. Años después, muchos constituyentes hispanoamericanos estudiaron la Constitución norteamericana y la tradujeron o adaptaron; el primer congreso venezolano de 1811, por ejemplo, adoptó un modelo federal. Bolívar, en cambio, admiraba a Estados Unidos pero consideraba su federalismo inadecuado para las sociedades hispanoamericanas, como explicó en el Manifiesto de Cartagena (1812) y en el discurso de Angostura (1819).

Sin embargo, la revolución estadounidense también mostró sus límites: mantuvo la esclavitud, excluyó a las mujeres y a los hombres sin propiedad del ejercicio político, y construyó una república que era más una confederación de élites propietarias que una democracia en el sentido moderno. Los criollos hispanoamericanos tomaron nota tanto de las posibilidades como de las restricciones.

La Revolución Francesa: radicalidad y miedo

En 1789, el mismo año en que entraba en vigor la Constitución norteamericana, Francia se encendió. La Revolución de 1789 fue más violenta, más radical y más universal en sus pretensiones que la americana. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamó que los derechos no pertenecían a los franceses sino a todos los seres humanos, en cualquier lugar. La soberanía no residía ya en el rey por designio divino, sino en la nación.

El impacto en el mundo hispánico fue doble y contradictorio. Por un lado, los criollos ilustrados abrazaron con entusiasmo los principios de libertad, igualdad y soberanía popular —las ideas del liberalismo político ilustrado que circulaban en ediciones de época. Por otro, el Terror jacobino y la guillotina asustaron a las élites conservadoras y moderadas, que vieron en el exceso revolucionario una advertencia sobre hasta dónde podía llegar la lógica del cambio radical. Este miedo —miedo a la "anarquía" y a la "plebe desbordada"— marcó profundamente a los líderes independentistas hispanoamericanos, muchos de los cuales quisieron hacer revoluciones controladas desde arriba, sin perder el control social.

La Revolución Francesa también tuvo consecuencias geopolíticas directas para América. Las guerras revolucionarias y napoleónicas que asolaron Europa desde 1792, y especialmente la invasión francesa de España en 1808, crearon el vacío de poder que hizo posible —casi inevitable— el inicio de los movimientos juntistas y emancipadores en América.

Haití: la revolución que nadie quiso imitar (pero todos temían)

Si la Revolución Americana fue el modelo aspiracional y la Francesa un espejo tan atractivo como perturbador, la Revolución Haitiana fue la pesadilla que estructuró el debate político en toda América. En 1791, los esclavos de Saint-Domingue —la colonia francesa más rentable del mundo— se levantaron. Trece años después, en 1804, Haití se convirtió en el primer Estado independiente gobernado por antiguos esclavos, el único caso en que una revolución de esclavos triunfó por completo.

El impacto ideológico fue inmenso y paralizante. Haití demostró que las ideas de libertad e igualdad que la Ilustración predicaba tenían una lógica interna que no podía detenerse a mitad del camino: si todos los hombres nacían libres e iguales, la esclavitud era una contradicción intolerable. Los líderes criollos hispanoamericanos, en su mayoría propietarios de esclavos o representantes de sociedades profundamente estratificadas, lo entendieron perfectamente —y decidieron que sus revoluciones no irían tan lejos.

El "miedo a Haití" condicionó de forma decisiva las independencias hispanoamericanas. Explica, en parte, por qué Bolívar tardó en abolir la esclavitud, por qué muchos criollos moderados prefirieron acuerdos con España antes que armar a las masas, y por qué las primeras constituciones de los nuevos Estados fueron mucho más restrictivas en materia de derechos de lo que sus proclamas sugerían.

La circulación atlántica de las ideas

Un elemento esencial para entender este período es reconocer que las ideas no viajaron en una sola dirección —de Europa a América— sino en múltiples sentidos. Los americanos no fueron receptores pasivos de la Ilustración europea: la discutieron, la adaptaron, la enriquecieron y, en algunos casos, la radicalizaron.

Personajes como Francisco Javier Clavijero, el jesuita mexicano expulsado de América en 1767, escribieron desde el exilio italiano una defensa de la historia y la naturaleza americanas que desafiaba el eurocentrismo ilustrado. El neogranadino Antonio Nariño tradujo y publicó clandestinamente la Declaración de los Derechos del Hombre. El venezolano Francisco de Miranda pasó décadas viajando por Europa y los Estados Unidos, tejiendo una red de contactos internacionales y acumulando en su archivo personal —la Colombeia— miles de documentos sobre política, historia y pensamiento ilustrado, uno de los archivos personales más importantes de la época.

Las ideas circulaban también a través de redes concretas: las logias masónicas, los puertos comerciales donde se intercambiaban libros junto con mercancías, las universidades reformadas por los borbones, y los propios criollos que viajaban a Europa para estudiar y volvían con maletas cargadas de tratados de filosofía política y constitucionalismo.

Cronología de las revoluciones atlánticas

FechaAcontecimiento
1748Montesquieu publica El espíritu de las leyes
1762Rousseau publica El contrato social
1776Declaración de Independencia de los Estados Unidos
1783Tratado de París: reconocimiento internacional de los EE.UU.
1789Revolución Francesa; Declaración de los Derechos del Hombre
1791Inicio de la Revolución Haitiana en Saint-Domingue
1793-1794El Terror jacobino en Francia
1799Golpe de Estado de Napoleón Bonaparte
1804Haití declara su independencia
1808Invasión napoleónica de España; inicio de las juntas americanas
1810-1824Proceso de independencias hispanoamericanas

Para leer más

The Age of the Democratic Revolution

Robert R. Palmer

Obra fundacional que analiza la Ilustración y las revoluciones de finales del siglo XVIII como un fenómeno interconectado a ambos lados del Atlántico.

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La Ilustración en América colonial

Diana Soto Arango, Miguel Ángel Puig-Samper y Luis Carlos Arboleda (eds.)

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