Independencias1809 — 18149 min de lectura
Las juntas de gobierno de 1810
En pocas palabras
Las juntas de gobierno de 1810 abrieron el proceso independentista en la América hispana: su origen en la crisis de 1808, su desarrollo y su significado.
En este artículo
En la primavera y el verano de 1808, Napoleón Bonaparte hizo algo que ningún gobernante del Imperio español había previsto: colocó a su hermano José en el trono de Madrid. Con Fernando VII prisionero en Bayona y la metrópoli ocupada por el ejército francés, el colosal edificio del Imperio hispánico se quedó sin cabeza visible. La pregunta que se instaló en ambas orillas del Atlántico fue la misma, aunque en América sonó con una resonancia diferente: ¿quién manda ahora?
La respuesta que daría la Península fue la creación de juntas locales de defensa que, a la postre, se integraron en una Junta Suprema Central, instalada en Aranjuez y trasladada después a Sevilla. La respuesta que elaborarían buena parte de las élites americanas entre 1809 y 1810 fue análoga en su forma pero radicalmente distinta en sus consecuencias: la formación de juntas de gobierno propias que, bajo la apariencia de lealtad a Fernando VII, comenzaron a ejercer un poder autónomo que no tardaría en derivar hacia la independencia plena.
Las juntas de 1810 no fueron, en su mayoría, ni revoluciones sociales ni proclamaciones de independencia. Fueron algo más sutil y, a la larga, más decisivo: el momento en que las élites criollas aprendieron que podían gobernarse a sí mismas.
El contexto: la trampa de Bayona
Para comprender las juntas americanas hay que entender el alcance del trauma político que supuso la crisis de la monarquía española. El Imperio hispánico no era un Estado moderno con instituciones separadas de la persona del rey: era, en buena medida, una monarquía patrimonial en la que la legitimidad de todos los poderes derivaba directamente de la Corona. Cuando Fernando VII renunció a sus derechos en Bayona —bajo coerción, pero renunció— y José Bonaparte fue proclamado rey, ese hilo de legitimidad se cortó de un tajo.
En la Península, la respuesta fue visceral y popular: sublevaciones locales, juntas de resistencia, guerrilla. Pero en América el problema tenía otra textura. Las colonias no eran simplemente territorios ocupados: eran reinos incorporados a la Corona de Castilla, con sus propios cabildos, audiencias y virreyes. La pregunta jurídica que los letrados criollos comenzaron a formular, con toda la sutileza del pensamiento escolástico y la doctrina de la soberanía, era la siguiente: si el rey ha sido despojado de su trono, ¿no revierte la soberanía al pueblo que lo constituyó?
Esta doctrina, de raíz tomista y pactista, no era revolucionaria en su origen. Era, de hecho, perfectamente ortodoxa dentro de la tradición jurídica hispánica. Pero en manos de las élites criollas se convirtió en un argumento poderosísimo: si la soberanía revierte al pueblo en ausencia del rey legítimo, los americanos tienen el mismo derecho que los peninsulares a constituir sus propias juntas de gobierno.
Las primeras juntas: el ensayo de 1809
Las primeras juntas americanas surgieron en 1809 —aunque ya en 1808 hubo intentos en México y una junta en Montevideo, esta de signo peninsular y leal—, antes del gran ciclo de 1810, y tuvieron una vida corta y violenta que marcó el tono de lo que vendría. La historia de estas primeras tentativas es, en muchos sentidos, la historia de un aprendizaje político acelerado.
El 25 de mayo de 1809, en Chuquisaca (la actual Sucre), la audiencia depuso al presidente de Charcas en un conflicto donde se mezclaban la lealtad a Fernando VII y el temor a las ambiciones de la infanta Carlota Joaquina, instalada en Río de Janeiro. El 16 de julio, en La Paz, una junta encabezada por Pedro Domingo Murillo fue más lejos: proclamó que actuaba en nombre de Fernando VII, pero su lenguaje contra las autoridades peninsulares alarmó a los virreyes de Lima y Buenos Aires. La represión fue fulminante: tropas enviadas desde ambos virreinatos disolvieron la junta y sus líderes fueron apresados y ejecutados. Murillo fue ahorcado en enero de 1810; según la tradición, antes de morir dijo que la tea que dejaba encendida nadie la podría apagar.
El 10 de agosto de 1809, en Quito, otra junta depuso al presidente de la audiencia; fue disuelta a las pocas semanas, y en agosto de 1810 muchos de sus miembros, presos, fueron asesinados durante un motín en la cárcel. El patrón se repetía: entusiasmo criollo, resistencia de las autoridades peninsulares, represión. Pero cada episodio dejaba una huella: más criollos radicalizados, más redes de contacto entre los descontentos, más convicción de que la vía pacífica tendría sus límites.
El año 1810: el ciclo de las juntas
El año 1810 fue el verdadero punto de inflexión. En pocas semanas, y con una notable sincronía, se formaron juntas de gobierno en varias capitales americanas. La disolución de la Junta Suprema Central peninsular en enero de 1810 y su sustitución por el Consejo de Regencia actuó como detonante: si ni siquiera en España existía ya un gobierno de consenso, el argumento americano para gobernarse provisionalmente se volvía irrebatible.
El 19 de abril de 1810, Caracas depuso al capitán general Vicente Emparan y formó una Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII. El 25 de mayo, tras el cabildo abierto del 22, Buenos Aires instaló su Primera Junta. El 20 de julio, Santa Fe de Bogotá formó su propia junta, en una ola que recorrió Cartagena, Cali, Pamplona o el Socorro. El 18 de septiembre, Santiago de Chile siguió el mismo camino con la instalación de la Primera Junta Nacional de Gobierno.
Cada junta tuvo su propio perfil. La de Caracas fue la que avanzó más deprisa hacia la ruptura: tras el regreso de Francisco de Miranda —veterano del ejército español en la guerra de independencia norteamericana y general de la Francia revolucionaria— en diciembre de 1810, el congreso venezolano declaró la independencia el 5 de julio de 1811. La de Buenos Aires tuvo desde el principio un sector radical, encabezado por Mariano Moreno, pero no declaró la independencia hasta 1816. La de Santiago adoptó un perfil más conservador, dominado por una élite que no tenía prisa por romper con España.
| Fecha | Acontecimiento |
|---|---|
| Mayo 1808 | Abdicaciones de Bayona: Fernando VII cede el trono a Napoleón |
| Septiembre 1808 | Creación de la Junta Suprema Central en la Península |
| Mayo 1809 | Movimiento de Chuquisaca (Alto Perú) |
| Julio 1809 | Junta de La Paz, reprimida a finales de año |
| Agosto 1809 | Junta de Quito: disuelta tras breve existencia |
| Enero 1810 | Disolución de la Junta Suprema Central; creación del Consejo de Regencia |
| 19 abril 1810 | Junta Suprema de Caracas; depuesto el capitán general |
| 25 mayo 1810 | Primera Junta de Buenos Aires |
| Julio 1810 | Junta de Santa Fe de Bogotá (el «20 de Julio» colombiano) |
| 18 septiembre 1810 | Primera Junta Nacional de Gobierno de Chile |
| Septiembre 1810 | Grito de Dolores de Hidalgo en Nueva España |
| 5 julio 1811 | Declaración de independencia de Venezuela |
| 1811-1814 | Consolidación o represión de las juntas; inicio de guerras de independencia |
¿Lealtad fingida o autonomismo sincero?
Una de las preguntas más debatidas por la historiografía es el grado de sinceridad de la llamada «máscara de Fernando VII»: la proclamación de lealtad al rey cautivo con la que las juntas justificaban su existencia. ¿Era un recurso táctico para ganar tiempo, o había sectores criollos genuinamente convencidos de que sólo buscaban preservar la monarquía legítima?
La respuesta es, casi con certeza, que ambas cosas coexistían dentro del mismo movimiento juntista. Había criollos que en 1810 no querían la independencia, sino mayor autonomía dentro del Imperio; había otros que la independencia ya la habían decidido pero sabían que no podían proclamarla sin base social suficiente. Las juntas fueron el espacio político en que estas tendencias cohabitaron durante un tiempo, hasta que la presión de los eventos —la reacción militar española, la guerra, la radicalización— las obligó a definirse.
François-Xavier Guerra, en su obra fundamental sobre las revoluciones hispánicas, argumentó que las juntas americanas no pueden entenderse fuera del marco de la crisis general de la monarquía hispánica y de la irrupción de la cultura política liberal. Los mismos conceptos —soberanía popular, representación, nación— que circulaban en Cádiz y en las Cortes llegaban a América a través de periódicos, libros y viajeros, y proporcionaban el vocabulario necesario para legitimar la acción política autónoma.
La reacción española y el tránsito a la guerra
El Consejo de Regencia y, más tarde, el gobierno constitucional de Cádiz —que promulgó en 1812 la célebre Constitución liberal— nunca aceptó la legitimidad de las juntas americanas. Para las autoridades de Cádiz, estas eran organismos ilegales que ponían en peligro la unidad de la monarquía en el peor momento posible, con España luchando a vida o muerte contra el ejército más poderoso de Europa.
La respuesta fue militar. Los virreyes que permanecieron leales a la Regencia organizaron expediciones de reconquista con los recursos disponibles: en Venezuela, el marino canario Domingo de Monteverde, con tropas llegadas de Puerto Rico y aprovechando el terremoto de marzo, liquidó la primera república en 1812. En Nueva Granada, Pablo Morillo llegó en 1815 con un ejército de diez mil soldados, veteranos de la guerra peninsular, y desmontó lo que las juntas habían construido con una ferocidad que los americanos no olvidarían.
Esta «Reconquista» tuvo consecuencias que la Corona no calculó: radicalizó a los sectores moderados, convirtió en patriotas a muchos que hasta entonces habían sido autonomistas y demostró que la vía del compromiso con la metrópoli estaba cerrada. Simón Bolívar, que había participado en las primeras juntas venezolanas, comprendió muy pronto que el conflicto no podía resolverse políticamente y que sólo una guerra continental podría asegurar la independencia.
Significado histórico: la escuela de la política criolla
Las juntas de 1810, incluso las que fracasaron o fueron disueltas, tuvieron un efecto duradero que va más allá de sus logros inmediatos. Fueron la primera escuela de gobierno autónomo para las élites criollas americanas. Durante décadas, el sistema colonial había mantenido a los americanos alejados de los cargos más altos: los virreyes, los capitanes generales, los oidores de las audiencias solían ser peninsulares. Las juntas rompieron por primera vez ese monopolio.
Los criollos que participaron en ellas —abogados, comerciantes, hacendados, militares— aprendieron a deliberar en público, a redactar proclamas y reglamentos, a gestionar la hacienda pública y a organizar milicias. Muchos de los líderes que llevarían las guerras de independencia a su término —Bolívar, O'Higgins, Belgrano, Santander— pasaron por las juntas o se formaron políticamente en ese contexto. San Martín, que en 1810 aún servía en el ejército español, llegaría a Buenos Aires en 1812.
John Lynch, uno de los más autorizados historiadores de la independencia hispanoamericana, señaló que las juntas establecieron el precedente de que la soberanía en América podía ejercerse sin mediación metropolitana. Una vez que ese precedente quedó instalado en la práctica política, la vuelta atrás se volvió cada vez más difícil, aunque los criollos moderados lo intentaron durante años.
En ese sentido, 1810 no fue el año en que América se independizó —ese proceso tardaría entre diez y veinte años más, según el territorio—, sino el año en que empezó a gobernar. Y gobernar, aunque fuera provisionalmente y bajo la fórmula de fidelidad al rey cautivo, fue el primer paso irreversible.
Mientras tanto en América
Lo que ocurría en otras partes del continente en 1809.
Para leer más
Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826
John Lynch
Un análisis clásico del proceso independentista hispanoamericano en su conjunto, con atención a los factores políticos e institucionales.
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Estudio clásico sobre la crisis de la monarquía hispánica y el nacimiento de las juntas americanas como respuesta a la invasión napoleónica.
Buscar en AmazonReforma y disolución de los imperios ibéricos, 1750-1850
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El contexto económico y social que hizo posible las juntas, visto por uno de los grandes historiadores latinoamericanos del siglo XX.
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