Siglo XIX1793 — 18779 min de lectura
Juan Manuel de Rosas: el Restaurador de las Leyes
En pocas palabras
Juan Manuel de Rosas dominó la Argentina durante dos décadas. Su vida, su dictadura, el terror de la Mazorca y su exilio definitivo en Inglaterra.
En este artículo
Hay figuras históricas que la posteridad no consigue ver con claridad porque siguen siendo campos de batalla. Juan Manuel de Rosas es una de ellas. Para sus enemigos del siglo XIX —Sarmiento, Echeverría, Alberdi en sus primeros años— fue el tirano que hundió a la Argentina en la barbarie. Para los federales y los revisionistas del siglo XX, fue el defensor de la soberanía nacional frente al imperialismo británico y francés, el único hombre capaz de mantener unida una república que se deshacía. Ambas lecturas contienen algo de verdad, y ninguna basta por sí sola.
Lo que sí es indiscutible es que Juan Manuel de Rosas gobernó la Confederación Argentina con puño de hierro durante casi dos décadas, que su régimen recurrió al terror político de manera sistemática y que su caída, en 1852, abrió paso a la organización nacional que él mismo había impedido. Su vida, desde los saladeros de la pampa hasta el exilio en Southampton, resume buena parte de las contradicciones del siglo XIX rioplatense.
Los años de la pampa: de estanciero a caudillo
Juan Manuel Ortiz de Rozas nació el 30 de marzo de 1793 en Buenos Aires, en el seno de una familia de la élite criolla con tierras en la campaña. Adolescente, participó en la defensa de Buenos Aires durante las invasiones inglesas (1806-1807), pero su formación no fue la del colegio y el salón, sino la de las estancias familiares, donde aprendió a montar a la usanza gauchesca, a manejar el lazo y las boleadoras y a ganarse la autoridad con el ejemplo físico. Hacia 1813-1815, recién casado con Encarnación Ezcurra, rompió con sus padres, dejó de administrar sus campos y empezó a hacer fortuna por su cuenta; fue entonces cuando adoptó la grafía "Rosas".
Aquella doble condición le resultó políticamente muy útil. En una sociedad en que la legitimidad del caudillo dependía de su capacidad para hablar el mismo idioma que los gauchos y los peones rurales, Rosas llegó a los treinta años siendo uno de los hacendados más ricos de la provincia y, al mismo tiempo, alguien a quien los hombres de a caballo seguían por convicción. Construyó sus estancias con una eficiencia notable, entró en el negocio del tasajo —carne salada para exportar— con el saladero de Las Higueritas, fundado en 1815 con sus socios Juan Nepomuceno Terrero y Luis Dorrego, y organizó milicias rurales propias, los Colorados del Monte, que en 1820 intervinieron en las luchas porteñas.
Cuando unitarios y federales se desangraban en guerras civiles y Buenos Aires era un hervidero de facciones, Rosas tenía en la campaña una fuerza leal y probada.
El primer gobierno: la construcción del sistema
Rosas llegó por primera vez al gobierno de la provincia de Buenos Aires en diciembre de 1829, después de que el general unitario Juan Lavalle derrocara y fusilara al gobernador federal Manuel Dorrego y la campaña se levantara contra él. La Legislatura lo eligió gobernador con facultades extraordinarias; una élite porteña que buscaba orden descubrió pronto que el hombre al que había llamado no pensaba ser un simple administrador.
En su primer mandato (1829–1832) demostró que era un gobernante eficaz: redujo el déficit, organizó la policía rural, expandió la frontera sur contra los indígenas y logró una paz relativa. También empezó a construir el aparato simbólico que definiría su régimen: el color rojo federal como obligación pública, el retrato del gobernador como objeto de devoción cuasi religiosa, y el título de "Restaurador de las Leyes", que le otorgó la Legislatura en 1829 por haber restablecido la autoridad legal tras el golpe de Lavalle.
Tras un período fuera del gobierno —durante el cual dirigió la campaña al desierto de 1833-1834 contra los pueblos indígenas del sur, que le dio más prestigio militar—, Rosas regresó al poder en 1835, tras el asesinato de Facundo Quiroga. Esta vez lo hizo con la suma del poder público, que la Legislatura bonaerense le otorgó formalmente y un plebiscito en la ciudad ratificó casi por unanimidad; además, las demás provincias le delegaban el manejo de las relaciones exteriores de la Confederación. Era, en la práctica, una dictadura con cobertura institucional.
La Mazorca y el terror rosista
El segundo gobierno de Rosas (1835–1852) es el que ha marcado su imagen para la posteridad. A medida que la oposición unitaria se organizaba en el exilio —en Montevideo, en Chile, en Francia—, el régimen respondió con una represión creciente que llegó a su punto más oscuro entre 1839 y 1842.
La Mazorca —brazo armado de la Sociedad Popular Restauradora, cuyo nombre evoca tanto una espiga de maíz como, según sus enemigos, la voz "más horca"— fue la organización parapolicial que el rosismo utilizó para aterrorizar a sus opositores reales y supuestos. Sus métodos incluían el degüello, la mutilación y la exposición pública de los cadáveres. Nadie conoce con exactitud el número de víctimas: las estimaciones oscilan entre varios centenares y algunos millares. Lo que sí está documentado es el clima de miedo que se instaló en Buenos Aires, donde no llevar la divisa punzó o lucir prendas celestes, el color de los unitarios, podía costar muy caro. El testimonio literario más recordado de ese clima es El matadero, de Esteban Echeverría, escrito hacia 1838-1840 y publicado póstumamente en 1871.
Sarmiento describió aquel período en el Facundo con una prosa que mezcla el análisis político con la denuncia moral: Rosas como encarnación de la "barbarie" de la pampa frente a la "civilización" de las ciudades y de Europa. La dicotomía sarmientina ha sido cuestionada —es demasiado simple, demasiado eurocéntrica—, pero su diagnóstico sobre el uso del terror político como instrumento de gobierno tiene base documental sólida.
El defensor de la soberanía: bloqueos y presiones extranjeras
Donde el revisionismo rosista tiene argumentos más sólidos es en la política exterior. En 1838 Francia bloqueó el puerto de Buenos Aires exigiendo privilegios para sus ciudadanos residentes en la Argentina. Rosas resistió dos años, hasta que el tratado Mackau-Arana (1840) puso fin al bloqueo con concesiones modestas para ambas partes. Entre 1845 y 1848, una intervención anglo-francesa combinada intentó forzar la libre navegación de los ríos interiores: la batalla de la Vuelta de Obligado (1845), donde la flota anglofrancesa forzó el paso del Paraná pero la expedición comercial que escoltaba resultó un fracaso, se convirtió en símbolo de resistencia nacional; hoy su fecha, el 20 de noviembre, es en Argentina el Día de la Soberanía Nacional.
Rosas manejó estas crisis con notable habilidad diplomática. Supo presentarse ante la opinión americana e internacional como el defensor de la soberanía de una república joven frente a las potencias europeas. El problema es que esa resistencia exterior convivía con la represión interior: era difícil celebrar al defensor de la soberanía ignorando a la Mazorca.
John Lynch, autor del estudio de referencia en inglés, Juan Manuel de Rosas, subraya esa doble cara: Rosas defendió con firmeza la independencia de su gobierno frente a las potencias extranjeras y, al mismo tiempo, no toleró ninguna forma de disidencia interna. Lynch insiste además en que los intereses que defendía eran, ante todo, los de los estancieros bonaerenses.
La caída: Caseros y el exilio sin retorno
El 1 de mayo de 1851 el gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza —hasta entonces aliado de Rosas—, se pronunció en su contra y organizó el Ejército Grande con tropas brasileñas, uruguayas y entrerrianas. El 3 de febrero de 1852, en la batalla de Caseros, Urquiza derrotó a las fuerzas de Rosas en pocas horas. Ese mismo día Rosas firmó su renuncia, se refugió en la legación británica y embarcó en un buque de guerra británico rumbo a Inglaterra. No volvió jamás a pisar tierra americana.
Vivió sus últimos veinticinco años en Southampton, en una granja arrendada en las afueras, con recursos mucho más modestos que en su época de poder, dedicado a las faenas del campo y a una correspondencia interminable con partidarios que nunca dejaron de considerarlo el jefe legítimo. Murió el 14 de marzo de 1877, a los ochenta y tres años, sin que ningún gobierno argentino le permitiera regresar. Sus restos no fueron repatriados hasta 1989.
Sus vencedores no lo olvidaron: en 1857 la Legislatura de Buenos Aires lo declaró reo de lesa patria y confiscó sus bienes, y un tribunal porteño lo condenó a muerte en rebeldía en 1861. La sentencia nunca pudo cumplirse. Rosas murió en el exilio, sin haber respondido ante ningún tribunal y sin que sus partidarios lograran convertirlo en mártir.
Legado: el debate que no cierra
La historiografía argentina del siglo XX estuvo dominada, en gran medida, por el debate entre "liberales" y "revisionistas" sobre Rosas. Los primeros —herederos de Mitre y Sarmiento— veían en Caseros el inicio de la Argentina moderna. Los segundos —desde los nacionalistas de los años treinta hasta el peronismo— reivindicaban a Rosas como precursor de la defensa nacional y de la causa federal.
Hoy ese debate ha perdido parte de su intensidad, pero no ha desaparecido. Los historiadores más recientes —argentinos e internacionales— tienden a ver a Rosas en su contexto: un caudillo del siglo XIX que no fue muy diferente de otros gobernantes de su tiempo y su región, ni más brutal que muchos, pero tampoco el héroe inmaculado que el revisionismo quiso construir. Su represión política fue real y documentada. Su resistencia a las presiones extranjeras, también.
Lo que resulta indudable es que Rosas fue el hombre que, durante dos décadas, impidió que la Argentina se organizara constitucionalmente. La Constitución de 1853 —que estableció el marco institucional del país moderno— solo fue posible después de Caseros. En ese sentido, su caída fue también una condición de posibilidad de la Argentina que vino.
Cronología de Juan Manuel de Rosas
| Fecha | Acontecimiento |
|---|---|
| 30 de marzo de 1793 | Nacimiento en Buenos Aires |
| 1813 | Matrimonio con Encarnación Ezcurra; poco después rompe con sus padres |
| 1815 | Funda el saladero de Las Higueritas con Terrero y Dorrego |
| 1829–1832 | Primer mandato como gobernador de Buenos Aires, con facultades extraordinarias |
| 1833–1834 | Campaña al desierto; Rosas fuera del gobierno provincial |
| 1835 | Regresa al poder con la suma del poder público |
| 1838–1840 | Bloqueo francés al puerto de Buenos Aires; tratado Mackau-Arana |
| 1839–1842 | Período de mayor terror político; la Mazorca actúa con más intensidad |
| 20 de noviembre de 1845 | Batalla de la Vuelta de Obligado frente a la flota anglofrancesa |
| 1847–1848 | Gran Bretaña (1847) y Francia (1848) levantan el bloqueo |
| 3 de febrero de 1852 | Batalla de Caseros; derrota ante Urquiza y exilio en Inglaterra |
| 1857–1861 | Declarado reo de lesa patria y condenado a muerte en rebeldía |
| 14 de marzo de 1877 | Muerte en Southampton a los 83 años |
| 1989 | Repatriación de sus restos a la Argentina |
Mientras tanto en América
Lo que ocurría en otras partes del continente en 1793.
Para leer más
Juan Manuel de Rosas
John Lynch
El estudio de referencia sobre Rosas y su régimen, obra del gran historiador británico de la América independiente.
Buscar en AmazonFacundo: civilización y barbarie
Domingo Faustino Sarmiento
La obra maestra de la oposición a Rosas, un clásico de la literatura política latinoamericana que aún hoy genera debate.
Buscar en AmazonEl matadero y La cautiva
Esteban Echeverría
El relato más célebre contra el rosismo, escrito por un exiliado de la Generación del 37, junto a su gran poema romántico.
Buscar en AmazonEnlaces de afiliado: si compras, la web recibe una pequeña comisión y a ti no te cuesta más.
También te puede servir
¿Encontraste un error histórico? Escríbenos a contacto@historiadeamerica.com y lo corregimos.