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ColoniaSiglo XVIII8 min de lectura

La sociedad criolla y el descontento colonial

En pocas palabras

La sociedad criolla en el siglo XVIII: quiénes eran los criollos, por qué crecía su descontento y cómo ese malestar preparó el terreno para la independencia.

En este artículo
  1. ¿Quiénes eran los criollos?
  2. El impacto de las reformas borbónicas
  3. La conciencia criolla: de identidad a ideología
  4. La estructura del descontento: tensiones sociales y económicas
  5. El papel de la Iglesia y los letrados
  6. Cronología del descontento criollo (siglo XVIII)

Hacia mediados del siglo XVIII, en las ciudades del virreinato de Nueva España, del Perú o de Nueva Granada, existía una clase de hombres y mujeres que lo tenían casi todo y, al mismo tiempo, sentían que se les negaba lo más importante. Los criollos —nacidos en América de padres españoles— eran propietarios de haciendas y minas, clérigos ilustrados, abogados brillantes, comerciantes prósperos. Se habían formado leyendo a Cicerón y a Virgilio, conocían las leyes de Indias y, a medida que avanzaba el siglo, los más inquietos empezaban a leer también a los ilustrados europeos. Y sin embargo, las mejores plazas de la administración colonial, los cargos de mayor poder y prestigio, llegaban sistemáticamente en barcos desde la Península.

Ese agravio —profundo, cotidiano, acumulado durante generaciones— es una de las claves para entender por qué el mundo colonial hispanoamericano se desintegró con tal velocidad a comienzos del siglo XIX. Las guerras de independencia no surgieron de la nada. Crecieron sobre un sustrato de tensiones sociales, económicas e identitarias que llevaban décadas fermentando. Y en el centro de ese proceso estaban los criollos: la élite que primero desarrolló una conciencia propia y luego la convirtió en proyecto político.

¿Quiénes eran los criollos?

El término "criollo" designaba, en el sistema colonial español, a aquellas personas nacidas en América cuyos dos progenitores eran de origen europeo. En teoría, un criollo era tan español como cualquier habitante de Castilla o de Andalucía. En la práctica, la distinción entre criollo y peninsular —el español nacido en Europa— marcaba una jerarquía que lo atravesaba todo: el acceso a los cargos públicos, el crédito, el prestigio social, incluso las formas de tratamiento en la vida cotidiana.

Los criollos constituían una categoría enormemente heterogénea. Había criollos riquísimos: los grandes hacendados del Bajío mexicano, los mineros de Guanajuato o los terratenientes de la costa peruana, cuyas fortunas rivalizaban con las de los más acaudalados nobles peninsulares. Pero también existía una amplia clase media criolla compuesta por comerciantes locales, pequeños propietarios, curas de pueblo y letrados que vivían con más estrecheces que ostentación. Lo que los unía, más allá de la fortuna o el oficio, era la experiencia compartida de nacer en América y sentir que ese nacimiento era, ante los ojos de la Corona, una suerte de tara.

Durante el siglo XVII, la distinción entre criollos y peninsulares había sido considerable, pero no radicalmente conflictiva. Los criollos habían conseguido infiltrarse en la Iglesia, en los cabildos municipales y en parte de la burocracia local. La compraventa de cargos —práctica habitual en la monarquía española— les había permitido adquirir una cuota de poder que, aunque limitada, era real. Fue en el siglo XVIII, con la llegada de los Borbones al trono español y la aplicación de sus reformas, cuando la brecha se volvió insalvable.

El impacto de las reformas borbónicas

La dinastía Borbón, llegada al poder en España tras la Guerra de Sucesión (1700–1714), traía consigo un programa de modernización del Estado inspirado en el modelo francés. Para América, ese programa implicaba, entre otras cosas, una centralización radical de la administración y una revisión profunda de quién ocupaba los puestos de mando en los virreinatos.

Los nuevos funcionarios que Madrid enviaba a América —intendentes, oidores, visitadores— procedían casi siempre de la Península. La Corona desconfiaba de los criollos, a quienes consideraba demasiado cercanos a los intereses locales y, por tanto, poco fiables para aplicar políticas que en muchos casos perjudicaban directamente a esos mismos intereses. Los datos reunidos por Mark A. Burkholder y D. S. Chandler en De la impotencia a la autoridad son reveladores: gracias a la venta de cargos, hacia mediados de siglo los criollos habían llegado a ocupar más de la mitad de las plazas en las audiencias americanas; tras las reformas de la década de 1770, esa proporción cayó de forma significativa en favor de los peninsulares.

A esta exclusión política se sumaba una reformulación del modelo económico. Las reformas borbónicas liberalizaron parcialmente el comercio interior y abrieron nuevos puertos al tráfico transatlántico, lo que en principio sonaba a modernización. Pero en la práctica beneficiaron sobre todo a comerciantes peninsulares recién llegados, inundaron algunos mercados de manufacturas importadas y alteraron redes de comercio que las élites locales habían construido durante generaciones; un buen atlas histórico de la América colonial ayuda a seguir esa reorientación de los flujos comerciales. El impacto varió mucho según la región: para Buenos Aires o Caracas, la apertura fue una oportunidad; para otros centros, una amenaza.

La conciencia criolla: de identidad a ideología

Uno de los fenómenos más estudiados del siglo XVIII americano es el desarrollo de lo que los historiadores, siguiendo a David A. Brading y su Orbe indiano, llaman el "patriotismo criollo": una forma de identidad colectiva que empezó siendo cultural y terminó siendo política. Los criollos comenzaron a reivindicar América no solo como el lugar en el que habían nacido, sino como una tierra con una historia propia, una naturaleza exuberante y una civilización que no tenía nada que envidiar a la europea.

Esta reivindicación tomó formas muy diversas. Algunos jesuitas criollos —antes de su expulsión en 1767— escribieron historias de sus regiones que ponían en valor las culturas prehispánicas con una mirada que mezclaba el orgullo americano con la erudición ilustrada. El mexicano Francisco Javier Clavijero, exiliado en Italia, publicó su Historia antigua de México reivindicando la grandeza de los aztecas frente a los filósofos europeos que describían América como un continente degenerado. Libros como el de Clavijero son documentos excepcionales para entender cómo los criollos construyeron su propia narrativa histórica.

Al mismo tiempo, la Ilustración europea penetraba en América a través de libros, tertulias y sociedades patrióticas. Los criollos leían a Rousseau y a Locke, debatían sobre soberanía y representación, y empezaban a aplicar esas ideas a su propia situación. La pregunta que tarde o temprano se formulaban era inevitable: si todos los hombres tienen los mismos derechos naturales, ¿por qué los nacidos en América son tratados como ciudadanos de segunda?

La estructura del descontento: tensiones sociales y económicas

El descontento criollo no era solo político. Tenía raíces profundas en la estructura económica del mundo colonial. Los grandes propietarios agrícolas y mineros dependían de un sistema de trabajo —la mita, el trabajo forzado de indígenas, el peonaje por deudas— que la Corona comenzó a cuestionar tímidamente a lo largo del siglo XVIII, presionada por las denuncias de reformadores ilustrados y por el temor a nuevos levantamientos como la rebelión de Túpac Amaru II en el Perú (1780–1781).

Esa tensión es significativa: los criollos que reclamaban mayor autonomía y representación política eran, en muchos casos, los mismos que se beneficiaban de la explotación de la población indígena y mestiza. Su descontento con la metrópoli no implicaba, en absoluto, un cuestionamiento del orden social interno. Querían gobernar América, pero no transformarla radicalmente. Querían el poder que sentían que les correspondía por nacimiento y riqueza, sin renunciar a las estructuras que sustentaban esa riqueza.

Esta ambigüedad —élite que reclama derechos pero defiende privilegios— explica muchas de las contradicciones del proceso independentista que vendría después. También ayuda a entender por qué la independencia, en la mayoría de los países hispanoamericanos, no supuso una ruptura profunda con las estructuras sociales heredadas de la Colonia.

El papel de la Iglesia y los letrados

En una sociedad donde las opciones profesionales para un criollo inteligente y sin grandes fortunas eran limitadas, la Iglesia y las profesiones letradas (derecho, medicina, enseñanza) funcionaban como válvulas de ascenso social. Y ambas estaban impregnadas, hacia finales del siglo XVIII, de un espíritu crítico que resultaría decisivo.

Los seminarios y las universidades coloniales, algunas de fundación reciente, producían generaciones de jóvenes formados en la escolástica pero también en la filosofía moderna. Muchos párrocos de aldea —que conocían de primera mano las condiciones de vida de indígenas y mestizos— desarrollaron un pensamiento que mezclaba el evangelio social con el ideario ilustrado. No es casual que dos de los grandes iniciadores de la independencia mexicana, Miguel Hidalgo —criollo— y José María Morelos —de ascendencia mestiza—, fueran curas de pueblo que habían pasado años conviviendo con las clases más desfavorecidas de la Nueva España.

Los abogados formaban otro núcleo fundamental del descontento. Conocían la legislación imperial mejor que nadie y sabían identificar en qué medida las prácticas de la administración colonial vulneraban las propias leyes de la Corona. Esa capacidad para articular la queja en términos jurídicos daría a la causa criolla una dimensión ideológica que trascendería la mera reivindicación de intereses.

Cronología del descontento criollo (siglo XVIII)

FechaAcontecimiento
1700–1714Guerra de Sucesión española; los Borbones llegan al poder
1767Expulsión de los jesuitas de los territorios españoles; golpe a la intelectualidad criolla
1776Independencia de los Estados Unidos; modelo político que inspira a los criollos ilustrados
1780–1781Rebelión de Túpac Amaru II en el Perú; la Corona endurece el control colonial
1780–1790Aplicación plena de las reformas borbónicas; criollos desplazados de la administración
1789Revolución Francesa; las ideas de soberanía popular circulan con mayor intensidad
1808Invasión napoleónica de España; la crisis de legitimidad de la Corona precipita el proceso independentista

Para leer más

América Latina, entre colonia y nación

John Lynch

Ensayos sobre la sociedad colonial tardía, el papel de la élite criolla y el impacto de las reformas borbónicas.

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Orbe indiano: de la monarquía católica a la república criolla, 1492-1867

David A. Brading

Estudio clásico sobre la formación del patriotismo criollo y su pensamiento histórico y político.

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De la impotencia a la autoridad: la Corona española y las Audiencias en América, 1687-1808

Mark A. Burkholder y D. S. Chandler

El estudio que cuantificó el acceso de los criollos a las audiencias y su retroceso con las reformas borbónicas.

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