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Historia de América
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Colonia1648 — 169510 min de lectura

Sor Juana Inés de la Cruz: la décima musa

En pocas palabras

Sor Juana Inés de la Cruz, la gran poeta del barroco novohispano y defensora del derecho de las mujeres al saber: su vida, su obra y su silencio final.

En este artículo
  1. Los primeros años: el prodigio de Nepantla
  2. El convento: una jaula con biblioteca
  3. La obra: un universo en verso y prosa
  4. La persecución: el precio del saber
  5. Los últimos años y la muerte
  6. Legado: tres siglos de relectura
  7. Cronología de Sor Juana Inés de la Cruz

En la Ciudad de México del último tercio del siglo XVII, una monja jerónima escribía versos que ningún hombre de su tiempo habría firmado sin orgullo. Escribía también tratados teológicos, comedias de enredo, villancicos en náhuatl y en latín, y una carta —la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz— que a menudo se ha leído, con cierto anacronismo, como el primer manifiesto feminista de América. Se llamaba Juana Ramírez de Asbaje. El mundo la conocería como Sor Juana Inés de la Cruz: la décima musa, la Fénix de México.

Que una mujer alcanzara semejante altura intelectual en la sociedad novohispana del siglo XVII era casi impensable. Y sin embargo ocurrió. Cómo ocurrió, y a qué precio, dice mucho sobre el poder, el género y la Iglesia en la América colonial.

Los primeros años: el prodigio de Nepantla

Juana Ramírez nació en 1648 —o en 1651, según otra fecha que también se maneja— en Nepantla, una localidad a los pies del volcán Popocatépetl, en el virreinato de la Nueva España. Era hija ilegítima de Isabel Ramírez de Santillana, criolla de origen español, y de Pedro Manuel de Asbaje, un militar vasco del que se sabe muy poco. La ilegitimidad —un estigma social real en la época— marcó su infancia, aunque no impidió que creciera en casa de su abuelo materno, rodeada de libros.

Juana aprendió a leer con apenas tres años, según su propio testimonio. A los ocho había compuesto ya su primera loa —un poema dramático breve—. Hacia los seis o siete años, según contó ella misma, pidió a su madre que la enviara a la Universidad de México vestida de hombre, pues las mujeres tenían vedado el acceso a las aulas. La negativa de su madre no detuvo su aprendizaje: lo canalizó hacia los libros de la biblioteca de su abuelo, hacia lecciones de latín con un maestro local —de quien asimiló en veinte lecciones lo que sus coetáneos tardaban años en aprender— y hacia una voracidad intelectual que nunca llegaría a saciarse.

En torno a 1664, Juana llegó a la corte virreinal de la Ciudad de México como dama de compañía de la virreina Leonor Carreto, marquesa de Mancera. La corte quedó deslumbrada. El virrey Antonio Sebastián de Toledo organizó un famoso examen en el que cuarenta letrados, teólogos y filósofos interrogaron a la joven durante horas sobre materias que iban de la teología a las matemáticas, pasando por la poesía clásica. Juana respondió a todos. Según su primer biógrafo, el jesuita Diego Calleja, el propio virrey comparó la escena con un galeón real que se defendía de unas pocas chalupas.

El convento: una jaula con biblioteca

En 1667, con unos diecinueve años, Juana ingresó en el convento de San José de las Carmelitas Descalzas. La experiencia fue dura: la regla carmelita, austera y contemplativa, dejaba poco espacio para el estudio. Permaneció allí apenas tres meses. En 1669 profesó en el Convento de San Jerónimo, una institución de regla más laxa y ambiente más cultivado, donde pasaría el resto de su vida.

¿Por qué el convento? La pregunta ha alimentado debates desde el siglo XVII. En su Respuesta a Sor Filotea, la propia Sor Juana explicó que en el estado religioso había cosas repugnantes a su carácter, pero que, dada su total negativa al matrimonio, era lo más decente que podía elegir. El convento le ofrecía lo que ninguna otra institución podía ofrecerle: tiempo para leer, escribir y pensar; acceso a libros; cierta autonomía frente a las obligaciones domésticas que habrían consumido su vida de haber permanecido en el siglo. Su celda en San Jerónimo llegó a albergar una biblioteca que sus biógrafos cifraron en unos cuatro mil volúmenes —una cifra probablemente exagerada—, además de instrumentos musicales y científicos.

Desde esa celda, Sor Juana produjo una obra que hoy ocupa cuatro volúmenes y abarca todos los géneros de su tiempo. Escribió su poesía barroca con una maestría técnica comparable a la de Quevedo o Góngora, cuya huella es evidente en ella, pero con una voz inconfundiblemente propia.

La obra: un universo en verso y prosa

La producción literaria de Sor Juana es asombrosa tanto en cantidad como en variedad. Sus sonetos amorosos —con frecuencia atribuidos a una pasión real por la virreina María Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes, su gran protectora— se cuentan entre los mejores del idioma. El célebre Hombres necios que acusáis, una redondilla en la que desmonta la lógica de la culpabilización femenina con una elegancia que no ha perdido un ápice de su filo en tres siglos, se ha convertido en uno de los textos más reproducidos de la literatura hispana:

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.

Pero la obra de Sor Juana va mucho más allá de la lírica amorosa. Primero sueño —su poema filosófico más ambicioso, el único que reconoció explícitamente como escrito por propia iniciativa— es un viaje alegórico del alma humana en busca del conocimiento universal, un texto que dialoga directamente con la tradición neoplatónica y con la revolución científica de su siglo. La influencia de Góngora es visible; la originalidad de Sor Juana, también.

En teatro, escribió dos comedias (Los empeños de una casa, estrenada en 1683, y Amor es más laberinto, de 1689, en colaboración con Juan de Guevara) y tres autos sacramentales, entre ellos El divino Narciso. En prosa teológica, redactó la Crisis sobre un sermón del Padre Vieyra, conocida como la Carta Atenagórica, en la que refutaba con audacia los argumentos de uno de los predicadores más célebres de la época. Este texto fue el detonante de la tormenta que terminaría silenciándola.

La persecución: el precio del saber

En 1690, el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, publicó la Carta Atenagórica sin permiso de Sor Juana, acompañándola de una carta propia firmada bajo el seudónimo de "Sor Filotea de la Cruz". En ella, el obispo alababa la inteligencia de la monja pero la exhortaba con paternalismo velado a abandonar los estudios seculares y dedicarse únicamente a la meditación religiosa. El mensaje subyacente era una amenaza: una mujer con su talento estaba pisando terreno peligroso.

La respuesta de Sor Juana fue la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, escrita en 1691. Es, al mismo tiempo, una autobiografía intelectual, una defensa del derecho de la mujer al conocimiento y un texto de una valentía difícil de exagerar si se tiene en cuenta el contexto. Sor Juana argumentó, con erudición aplastante, que el estudio no era un pecado sino una obligación del ser racional, y que ese imperativo no tenía género. Citó a mujeres sabias de la Antigüedad, de la Biblia y de la historia de la Iglesia para demostrar que su vocación intelectual no era una anomalía sino una tradición.

No sirvió de nada. O no sirvió de lo suficiente. La presión de la jerarquía eclesiástica —el arzobispo de México, Francisco Aguiar y Seijas, era célebre por su aversión a las mujeres y a las comedias— fue aumentando. En 1693 o 1694, Sor Juana se deshizo de su biblioteca y de sus instrumentos, cuyo producto se destinó a los pobres, y firmó con su propia sangre una renovación de sus votos religiosos. Prácticamente dejó de escribir.

Las razones exactas de este silencio han sido objeto de debate durante décadas. Octavio Paz, en su monumental ensayo sobre Sor Juana, lo interpretó como una capitulación forzada ante la presión institucional. Otros estudiosos, como Antonio Alatorre o Elías Trabulse, han matizado esa lectura: unos subrayan una posible crisis espiritual sincera; otros, que en el contexto de la Inquisición en América el silencio pudo ser también una estrategia de supervivencia.

Los últimos años y la muerte

En 1695, una epidemia de peste se extendió por la Ciudad de México. Sor Juana se entregó al cuidado de sus hermanas de convento enfermas. Cayó ella misma víctima de la enfermedad y murió el 17 de abril de 1695, a los cuarenta y seis o cuarenta y siete años. Su obra, difundida gracias a la condesa de Paredes —que se había llevado sus manuscritos a España—, se publicó en tres volúmenes: Inundación castálida (Madrid, 1689), el Segundo volumen (Sevilla, 1692) y Fama y obras póstumas (Madrid, 1700).

El convento de San Jerónimo donde vivió y murió existe todavía en el centro histórico de Ciudad de México, aunque hoy alberga la Universidad del Claustro de Sor Juana. El antiguo claustro, restaurado, permite imaginar el espacio donde vivió durante un cuarto de siglo. Para leerla en la forma en que la conocieron sus contemporáneos, la edición de Inundación castálida preparada por Georgina Sabat de Rivers reproduce su primer libro con notas.

Legado: tres siglos de relectura

Durante el siglo XVIII, Sor Juana fue progresivamente olvidada. El neoclasicismo ilustrado tenía poco aprecio por el barroquismo de sus versos, y el hecho de que fuera mujer y monja no ayudaba a su recepción en una época que construía el canon literario sobre categorías masculinas y laicas.

El siglo XIX la redescubrió a retazos: el México independiente la incorporó al panteón de las glorias nacionales, aunque sin saber muy bien qué hacer con su complejidad. El siglo XX la reivindicó con más rigor: los estudios feministas de los años setenta y ochenta la colocaron en el centro de una genealogía intelectual de resistencia femenina que se prolongaba desde la Antigüedad hasta el presente.

Su retrato ha figurado en los billetes mexicanos de 200 pesos y, desde 2020, en el de 100. Sus versos se estudian en los colegios de América Latina y España. La Respuesta a Sor Filotea se lee en las facultades de literatura, filosofía y estudios de género de todo el mundo hispanohablante como un texto fundacional. Y Hombres necios sigue circulando en redes sociales con la misma energía con que circuló en los conventos y los salones del siglo XVII.

Pocas figuras de la historia colonial americana tienen una presencia tan viva. Y pocas ilustran con tanta claridad la tensión entre la vida intelectual en la universidad y la educación colonial y las restricciones que esa misma sociedad imponía a quienes se atrevían a transgredir sus límites.

Cronología de Sor Juana Inés de la Cruz

FechaAcontecimiento
1648 (o 1651)Nacimiento de Juana Ramírez de Asbaje en Nepantla, Nueva España
~1664Llega a la corte virreinal como dama de la virreina Leonor Carreto
~1665El virrey organiza el examen ante cuarenta letrados; Sor Juana los deja sin argumentos
1667Ingresa brevemente en las Carmelitas Descalzas
1669Profesa en el Convento de San Jerónimo con el nombre de Sor Juana Inés de la Cruz
1683Estreno de Los empeños de una casa
1689Se publica en Madrid Inundación castálida, primer volumen de su obra poética
1690Redacta la Carta Atenagórica; el obispo de Puebla la publica sin su permiso
1691Escribe la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz
~1693–1694Vende su biblioteca y sus instrumentos; renuncia a la escritura
17 abril 1695Muere de peste en el Convento de San Jerónimo, Ciudad de México

Mientras tanto en América

Lo que ocurría en otras partes del continente en 1648.

Para leer más

Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe

Octavio Paz

El ensayo más influyente sobre Sor Juana, escrito por el premio Nobel mexicano: una lectura apasionada de su vida y de las contradicciones de la sociedad novohispana.

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Obras completas de Sor Juana Inés de la Cruz

Sor Juana Inés de la Cruz

La edición de referencia de su poesía, teatro y prosa en cuatro volúmenes, con introducción y notas de Alfonso Méndez Plancarte.

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Inundación castálida

Sor Juana Inés de la Cruz (ed. de Georgina Sabat de Rivers)

Edición anotada del primer volumen de su obra poética, publicado en Madrid en 1689.

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