ConquistaSiglo XVI9 min de lectura
Las epidemias y el colapso demográfico de América
En pocas palabras
Las epidemias que acompañaron la conquista devastaron la población indígena de América. Causas, cifras en debate y responsabilidades del colapso demográfico.
En este artículo
En 1519, cuando Hernán Cortés desembarcó en las costas de México, el continente americano albergaba decenas de millones de seres humanos. Un siglo después, según las distintas estimaciones, había desaparecido entre la mitad y el noventa por ciento de esa población. La mayoría no murió a filo de espada ni bajo el fuego de los arcabuces: murió de viruela, sarampión, tifus, gripe y otras enfermedades frente a las que no tenía inmunidad adquirida. Pero murió también de hambre, de trabajo forzado, de guerra y de desarraigo, factores que multiplicaron el efecto de las epidemias.
Pocos episodios de la historia humana son comparables en magnitud a lo ocurrido en América durante el siglo XVI. La Peste Negra del siglo XIV mató, según las estimaciones, entre un tercio y la mitad de la población europea. El colapso demográfico indígena americano superó esa proporción, y lo hizo en oleadas sucesivas, a veces antes de que muchas comunidades llegaran siquiera a ver a un europeo en persona.
Un continente sin anticuerpos
Durante miles de años, las poblaciones del continente americano habían evolucionado en un aislamiento relativo respecto a los grandes focos de enfermedad zoonótica del Viejo Mundo. En Eurasia y África, la domesticación de animales —cerdos, vacas, caballos, aves de corral— había generado durante milenios un intercambio constante de patógenos entre especies. Las poblaciones humanas que sobrevivieron a esas enfermedades desarrollaron cierto nivel de inmunidad, o al menos de resistencia parcial. La viruela y el sarampión eran en Europa enfermedades endémicas, que la mayoría pasaba en la infancia: los adultos que sobrevivían quedaban inmunizados.
América no tenía esa historia. Con la excepción de perros, llamas, alpacas y algunas aves domésticas, el continente carecía de los grandes mamíferos domesticados que en Eurasia habían funcionado como reservorios de patógenos. El resultado fue que las enfermedades del Viejo Mundo golpearon a la vez a niños y adultos, sin que nadie hubiera desarrollado inmunidad. Cuando los europeos llegaron, llevaban consigo, sin saberlo, los agentes más letales de la conquista.
Alfred Crosby acuñó en 1976 la expresión «epidemias en suelo virgen» para describir este fenómeno. Investigadores posteriores, como el historiador de la medicina David S. Jones, han matizado la idea: no se trataba de una debilidad genética de los indígenas, sino de la falta de exposición previa combinada con condiciones sociales —guerra, hambre, trabajo forzado, desplazamientos— que impedían cuidar a los enfermos y convertían cada brote en una catástrofe. Cuando enferma toda una aldea a la vez, nadie trae agua ni comida, y muchos mueren de lo que en otras condiciones habrían superado.
La viruela llega antes que los conquistadores
Uno de los hechos más reveladores del colapso demográfico es que las epidemias a menudo precedieron a los propios europeos. En el Caribe, la población taína ya se había desplomado antes de 1518 por la guerra, el hambre, la explotación en las encomiendas y la esclavitud; la viruela, que llegó a La Española a finales de 1518, remató a buena parte de los supervivientes. Desde allí se propagó hacia el continente con una velocidad que los propios conquistadores no podían explicar.
La enfermedad llegó a México con la expedición de Pánfilo de Narváez en 1520 y alcanzó Tenochtitlan en el otoño de ese año, pocos meses después de que los mexicas expulsaran a los españoles en la Noche Triste. Cuitláhuac, el tlatoani que había organizado aquella ofensiva, murió de viruela, según la tradición a los ochenta días de asumir el poder. El asedio final de la ciudad en 1521 se produjo sobre una población ya enormemente debilitada por la epidemia.
El mismo patrón se repitió en Sudamérica. Cuando Francisco Pizarro inició la conquista del Imperio inca en 1532, este ya había sufrido una devastadora epidemia que había matado al propio Huayna Cápac y a su heredero designado, desencadenando la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa que Pizarro supo aprovechar. Para el historiador Alfred Crosby, autor de estudios fundamentales sobre el intercambio ecológico entre continentes, las enfermedades fueron el aliado más eficaz de la expansión europea.
Las oleadas epidémicas del siglo XVI
La viruela fue la primera y la más mortífera, pero no fue la única. A lo largo del siglo XVI, el continente americano sufrió una sucesión de epidemias que se superponían antes de que las poblaciones pudieran recuperarse.
El sarampión llegó a México hacia 1531 y causó estragos en poblaciones que habían sobrevivido a la viruela. En 1545-1548, México central sufrió la epidemia que los nahuas llamaron cocoliztli, «pestilencia». Su naturaleza se discute: durante mucho tiempo se pensó en el tifus; el epidemiólogo Rodolfo Acuña-Soto propuso una fiebre hemorrágica de origen local agravada por una sequía extrema; y un estudio de ADN antiguo publicado en 2018, sobre víctimas enterradas en Teposcolula (Oaxaca), identificó la bacteria Salmonella enterica Paratyphi C, causante de una fiebre entérica. Una segunda gran oleada de cocoliztli golpeó entre 1576 y 1580; algunas estimaciones hablan de que pudo matar a cerca de la mitad de la población indígena superviviente del centro de México.
La gripe, las paperas, la difteria y diversas fiebres completaron el cuadro. Para finales del siglo XVI, regiones enteras, como las costas tropicales del golfo de México o del Pacífico andino, habían quedado casi despobladas. La síntesis más completa de estas oleadas es La conquista biológica de Noble David Cook.
El debate sobre las cifras: cuántos eran y cuántos murieron
La demografía precolombina es uno de los campos más debatidos de la historiografía americana. Las estimaciones sobre la población del continente en 1492 varían de forma radical según los métodos y los presupuestos de los investigadores: desde los 8 millones de Alfred Kroeber o los 13 millones de Ángel Rosenblat, a mediados del siglo XX, hasta los 90-112 millones que propuso Henry Dobyns en 1966.
Sherburne F. Cook y Woodrow Borah, de la Universidad de California en Berkeley, estimaron en los años sesenta que el centro de México albergaba unos 25 millones de personas en 1518 y poco más de un millón en 1605. Sus cifras han sido muy discutidas: autores como William T. Sanders o Rudolph Zambardino propusieron poblaciones iniciales bastante menores, lo que reduce la proporción de la caída. Pero incluso las estimaciones más bajas describen un desplome de enorme magnitud.
Para el conjunto de América, el geógrafo William Denevan propuso una cifra intermedia, en torno a los 54 millones de habitantes en 1492, que se habrían reducido en casi un 90 % hacia mediados del siglo XVII. Es, con toda probabilidad, la mayor catástrofe demográfica en términos relativos de la historia documentada, aunque las cifras exactas nunca podrán fijarse con seguridad.
La tabla de las principales epidemias
| Fecha aproximada | Enfermedad | Región principal afectada |
|---|---|---|
| 1518-1519 | Viruela | Caribe; se extiende a México |
| 1520-1521 | Viruela | México central (Tenochtitlan) |
| 1524-1528 | Probablemente viruela | América Central, Andes |
| 1531-1532 | Sarampión | México, América Central |
| 1545-1548 | Cocoliztli (naturaleza discutida) | México central |
| 1558-1559 | Gripe, paperas | México, Perú |
| 1576-1580 | Cocoliztli (segunda oleada) | México central |
| 1585-1591 | Viruela, sarampión, tifus | Andes y otras regiones de Sudamérica |
Consecuencias sociales y culturales del vaciamiento
El colapso demográfico no fue solo una cuestión de cifras. Afectó a sistemas de conocimiento, estructuras políticas y memoria colectiva. Cuando moría la mayor parte de una comunidad en el plazo de una generación, morían también los sacerdotes que conservaban los calendarios rituales, los artesanos que sabían construir determinados edificios, los agricultores que conocían las variedades locales de maíz adaptadas a cada microclima.
Las epidemias crearon, además, un vacío de poder que facilitó enormemente la consolidación del dominio colonial. Muchos señoríos indígenas que habían logrado mantener cierta autonomía frente a los primeros conquistadores fueron incapaces de resistir la segunda o tercera oleada epidémica, que llegaba cuando ya habían perdido a sus dirigentes, sus guerreros y buena parte de su base tributaria.
La despoblación también transformó radicalmente el paisaje. Regiones que los europeos describieron como «selvas vírgenes» o «tierras deshabitadas» eran, en muchos casos, territorios que habían sido densamente poblados y activamente gestionados por comunidades indígenas que habían desaparecido pocas décadas antes. Los estudios arqueológicos y paleoecológicos recientes, bien resumidos en 1491 de Charles C. Mann, han transformado nuestra comprensión de cuán densamente habitado estaba el continente antes de 1492.
Responsabilidad, debate y memoria
El colapso demográfico ha sido desde el siglo XVI un arma arrojadiza. Bartolomé de las Casas lo atribuyó sobre todo a la crueldad de los conquistadores, y sus cifras —a menudo hiperbólicas— alimentaron en Europa la llamada «leyenda negra» antiespañola. En sentido contrario, una larga tradición apologética lo presentó como un fenómeno puramente «natural», la consecuencia biológica inevitable de un encuentro entre dos mundos, que exoneraba a conquistadores e instituciones de cualquier responsabilidad.
La investigación actual no respalda ninguno de los dos extremos. Las epidemias fueron la principal causa de muerte, y nadie en el siglo XVI podía comprenderlas ni controlarlas; los propios frailes y autoridades describieron con angustia su avance, y la Corona promulgó leyes —como las Leyes Nuevas de 1542, que prohibieron la esclavitud indígena— para frenar la despoblación. Tampoco fue un fenómeno exclusivamente español: el mismo desplome se produjo en el Brasil portugués y en la Norteamérica inglesa y francesa. Pero la mortalidad no fue independiente del orden colonial. El trabajo forzado en encomiendas y minas, la esclavitud —especialmente en el Caribe y en Centroamérica, como ha estudiado Andrés Reséndez—, las guerras, los desplazamientos de población y la desarticulación de los sistemas de almacenamiento de alimentos, como los depósitos incas, debilitaron a las comunidades y agravaron el efecto de cada brote.
La mayoría de los historiadores rechaza hoy hablar de un exterminio planificado, pero también la idea de una catástrofe sin responsables. El debate no versa ya sobre la magnitud del colapso, que está fuera de duda, sino sobre el peso relativo de cada causa y sobre cómo integrarlo en el relato de la conquista.
Para leer más
La conquista biológica: las enfermedades en el Nuevo Mundo, 1492-1650
Noble David Cook
La síntesis de referencia sobre las epidemias que siguieron al contacto, región por región y oleada por oleada.
Buscar en Amazon1491: una nueva historia de las Américas antes de Colón
Charles C. Mann
Revisión exhaustiva de la demografía precolombina y las consecuencias epidémicas de la conquista, con atención especial a los debates académicos sobre las cifras.
Buscar en AmazonImperialismo ecológico: la expansión biológica de Europa, 900-1900
Alfred W. Crosby
El clásico que explicó la expansión europea a través de sus plantas, animales y microbios, y popularizó la idea de las epidemias en «suelo virgen».
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