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Conquista15219 min de lectura

La caída de Tenochtitlan (1521)

En pocas palabras

La caída de Tenochtitlan en 1521 marcó el fin del Imperio azteca. Descubre cómo Hernán Cortés conquistó la gran ciudad mexica en un asedio de 75 días.

En este artículo
  1. De la derrota a la revancha: reorganización española
  2. El cerco: estrategia y alianzas
  3. El asedio: setenta y cinco días de destrucción
  4. La rendición y la captura de Cuauhtémoc
  5. Las consecuencias: un mundo que desaparece
  6. Cronología del asedio de Tenochtitlan

El 13 de agosto de 1521, cuando los guerreros mexicas ya no podían levantar los brazos de hambre y los canales de la ciudad estaban obstruidos de cadáveres, Cuauhtémoc abordó una canoa e intentó huir hacia el lago. Un bergantín español lo interceptó. Con su captura terminó la resistencia organizada de Tenochtitlan. En menos de dos años, la ciudad más grande del continente americano —una metrópoli de quizá ciento cincuenta o doscientos mil habitantes —las estimaciones varían mucho—, con sus calzadas, sus mercados, sus templos piramidales y sus canales de agua dulce— había dejado de existir como capital de un Imperio.

La caída de Tenochtitlan no fue un acontecimiento súbito ni una rendición pactada. Fue el resultado de un asedio de unos setenta y cinco días, según el cómputo del propio Cortés, en el que se combinaron la táctica castellana, las fracturas internas del mundo mesoamericano y una epidemia que había golpeado la ciudad meses antes. Para entenderla hay que retroceder a la humillación de la Noche Triste y a la decisión de Cortés de no marcharse.

De la derrota a la revancha: reorganización española

En la madrugada del 30 de junio de 1520, las tropas de Hernán Cortés habían huido de Tenochtitlan por la calzada de Tlacopan, acosadas por los guerreros mexicas. Perdieron cañones, caballos, oro y una parte enorme de sus efectivos: entre un tercio y más de la mitad de los españoles, según las fuentes, y miles de aliados. Una tradición posterior sitúa a Cortés llorando bajo un ahuehuete de Popotla al ver la magnitud del desastre.

Pero Cortés no se retiró a Cuba. Se replegó hacia el territorio tlaxcalteca, pueblo que llevaba décadas enfrentado a la hegemonía mexica y que se había aliado con los españoles en septiembre de 1519. Allí reorganizó su ejército, reforzó sus alianzas y tomó una decisión que cambiaría el curso de la historia: mandar construir trece bergantines desmontables que pudieran ser transportadas por tierra hasta el lago de Texcoco y ensambladas junto a sus orillas. El control del lago era la clave del control de la ciudad.

Mientras tanto, en Tenochtitlan ocurrió algo que ningún ejército hubiera podido provocar deliberadamente. En el otoño de 1520, la viruela —llegada a la costa con la expedición de Pánfilo de Narváez, enviada desde Cuba contra Cortés— alcanzó la ciudad y se extendió con una velocidad devastadora. Mató al nuevo tlatoani Cuitláhuac, según la tradición a los ochenta días de su elección. Mató a miles de guerreros, artesanos y sacerdotes. Una población que nunca había estado expuesta a esa enfermedad carecía de inmunidades adquiridas, y la densidad urbana de Tenochtitlan convirtió la epidemia en una catástrofe sin precedentes. Cuando comenzó el asedio final, la ciudad ya era una sombra demográfica de lo que había sido.

El cerco: estrategia y alianzas

En diciembre de 1520, Cortés inició la campaña final. Primero sometió o atrajo a las ciudades del entorno del lago —Texcoco, donde se instaló a finales de diciembre, Iztapalapa, Tlacopan, Chalco—, cortando los suministros terrestres a Tenochtitlan. Los bergantines fueron transportados en piezas desde Tlaxcala a principios de 1521, una operación logística de enorme complejidad que implicó a miles de tamemes indígenas y atravesó la sierra que separa ambos valles.

El ejército que puso sitio a Tenochtitlan no era principalmente español. Cortés disponía de unos novecientos soldados españoles, pero sus aliados indígenas sumaban decenas de miles de guerreros: las crónicas hablan de cien mil o más, cifras que los historiadores actuales consideran infladas, aunque nadie discute que eran muchísimos más que los españoles. Tlaxcaltecas, texcocanos, totonacas y docenas de otros pueblos que veían en la caída de los mexicas una oportunidad de liberarse de décadas de tributación forzada y sacrificios humanos. Es uno de los hechos que más ha tardado en asumir la memoria popular de la conquista: Tenochtitlan no cayó ante los españoles solos. Cayó ante una coalición mesoamericana liderada por españoles.

El 28 de abril de 1521 se botaron los bergantines en el lago. La obra de Hugh Thomas sobre la conquista de México es la referencia canónica para reconstruir la secuencia táctica del asedio: cómo las naves rompieron la flota de canoas mexicas en la primera gran batalla naval del lago, el 31 de mayo, y cómo desde ese momento los españoles y sus aliados pudieron avanzar por las tres grandes calzadas —Iztapalapa, Tlacopan y Tepeyac— hacia el centro de la ciudad.

El asedio: setenta y cinco días de destrucción

Cortés dividió su ejército en tres columnas, cada una avanzando por una de las calzadas bajo el mando de Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olid y Gonzalo de Sandoval. Los bergantines proporcionaban apoyo desde el lago y protegían los flancos de las columnas contra los ataques en canoa.

El avance fue lento y brutal. Los mexicas, bajo el mando del joven tlatoani Cuauhtémoc —elegido tras la muerte de Cuitláhuac—, emplearon una táctica de defensa urbana que explotaba el tejido de canales y puentes levadizos de la ciudad. Cada vez que los atacantes tomaban un barrio, los defensores lo inundaban o destruían los puentes a su retirada, obligando a los españoles a rellenar los huecos con escombros antes de poder avanzar. Cortés, que al principio había querido tomar la ciudad intacta, acabó ordenando la demolición sistemática de los edificios para eliminar las posiciones de tiro y abrir espacio a los caballos. Tenochtitlan fue destruida piedra a piedra mientras se conquistaba, en buena parte a manos de los aliados indígenas.

El 30 de junio, casi exactamente un año después de la Noche Triste, los sitiadores sufrieron su mayor revés. En un ataque general hacia el mercado de Tlatelolco, la columna de Cortés avanzó más deprisa de lo prudente sin cegar un corte de la calzada a su espalda. Los mexicas contraatacaron y estuvieron a punto de capturar al propio Cortés, que se salvó gracias a la intervención de algunos de sus hombres. Hicieron prisioneros a varias decenas de españoles —cuarenta según Cortés, sesenta y tantos según Bernal Díaz—, que fueron sacrificados en lo alto del templo a la vista del ejército sitiador. Fue un golpe moral devastador, pero no detuvo el asedio.

Desde julio el cerco se fue estrechando hasta que, a comienzos de agosto, los defensores quedaron reducidos a Tlatelolco y sus alrededores. La escasez de agua potable —el acueducto de Chapultepec estaba cortado desde finales de mayo— y de alimentos provocaba muertes masivas entre los civiles. La imprescindible Visión de los vencidos de León-Portilla recoge el testimonio indígena de esos días finales: los cantares de los supervivientes hablan de gente que comía lagartijas, adobes y cueros, de agua salitrosa y de muros de adobe golpeados en la desesperación.

La rendición y la captura de Cuauhtémoc

Cortés intentó en varias ocasiones negociar la rendición, enviando emisarios a Cuauhtémoc. El tlatoani los rechazó todos. Para explicar esa obstinación, muchos historiadores apuntan a que la resistencia mexica no era solo militar: Tenochtitlan era el centro sagrado de su mundo, y rendirla tenía un significado que iba más allá de la derrota. A ello se sumaba la certeza de que la rendición no garantizaba nada, a la vista de lo ocurrido en Cholula o en la matanza del Templo Mayor.

El 13 de agosto de 1521, cuando los combatientes mexicas ya estaban confinados en el barrio de Tlatelolco y los canales adyacentes, Cuauhtémoc intentó escapar por el lago en una canoa. El bergantín de García Holguín lo interceptó. Capturado y llevado ante Cortés, el joven tlatoani señaló el puñal del conquistador y le pidió que lo matara. Cortés se negó: Cuauhtémoc era más valioso vivo, como símbolo de la victoria y como fuente de información sobre el oro perdido en la Noche Triste. Pocas semanas después, ante la escasez del botín, los oficiales reales permitieron que se le quemaran los pies para que revelara dónde estaba el tesoro.

La escena de la captura, narrada en las Cartas de relación del propio Cortés, marca el final del poder mexica. Lo que quedaba de Tenochtitlan era un campo de ruinas, cadáveres y cenizas.

Las consecuencias: un mundo que desaparece

Las consecuencias de la caída de Tenochtitlan fueron de una magnitud difícil de exagerar. En el plano político, la Triple Alianza —el mecanismo de dominación que había organizado el centro de México durante casi un siglo— desapareció de un día para otro. En su lugar comenzó a construirse la ciudad de México, edificada literalmente sobre las ruinas de Tenochtitlan, en parte con la piedra de sus templos.

En el plano demográfico, la conjunción de la guerra, el hambre y, sobre todo, las epidemias produjo una de las catástrofes poblacionales de la historia humana. Charles Gibson estimó que la población indígena del Valle de México pasó de cerca de millón y medio de personas en 1519 a unas setenta mil a mediados del siglo XVII. Las cifras concretas se discuten, pero no el orden de magnitud: una caída de alrededor del noventa por ciento, provocada sobre todo por epidemias —viruela, sarampión, las grandes oleadas de cocoliztli de 1545 y 1576— a las que se sumaron la guerra, los trabajos forzados y la desarticulación de la vida comunitaria.

En el plano cultural, la caída de Tenochtitlan abrió un proceso de destrucción de templos, códices e instituciones religiosas del mundo mexica. Los primeros doce franciscanos llegaron en 1524 y, aunque algunos —como Bernardino de Sahagún— dedicaron su vida a documentar la cultura que la evangelización pretendía sustituir, la ruptura fue profunda.

No fue, sin embargo, una desaparición total. La nobleza indígena conservó durante décadas tierras y cargos, el náhuatl siguió siendo lengua de gobierno local y de escritura, y de aquel choque nació una sociedad nueva, novohispana, en la que lo indígena y lo español se mezclaron de forma desigual pero duradera.

Cronología del asedio de Tenochtitlan

FechaAcontecimiento
30 jun. 1520La Noche Triste: derrota española en la huida de Tenochtitlan
Oct.–dic. 1520Epidemia de viruela en Tenochtitlan; muerte de Cuitláhuac; elección de Cuauhtémoc
Dic. 1520Inicio de la campaña de reconquista del entorno del lago
Abr. 1521Botadura de los trece bergantines en el lago de Texcoco
Finales may. 1521Corte del acueducto de Chapultepec; inicio del asedio por las calzadas
31 may. 1521Victoria naval española en el lago; rotura de la flota mexica
30 jun. 1521Gran contraataque mexica; captura y sacrificio de decenas de españoles
13 ago. 1521Captura de Cuauhtémoc; fin de la resistencia organizada

Mientras tanto en América

Lo que ocurría en otras partes del continente en 1521.

Para leer más

La conquista de México

Hugh Thomas

La narración más exhaustiva y documentada del asedio de Tenochtitlan, con fuentes españolas e indígenas cotejadas con igual rigor.

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Visión de los vencidos

Miguel León-Portilla

Las crónicas indígenas de la conquista en la voz de quienes la sufrieron, imprescindible para entender el otro lado del asedio.

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Cartas de Relación

Hernán Cortés

Las cartas que Cortés envió a Carlos I narran el asedio en primera persona, con toda la carga propagandística y el detalle militar de un protagonista.

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