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Independencias1808 — 18309 min de lectura

Las guerras de independencia: balance y consecuencias

En pocas palabras

Balance y consecuencias de las guerras de independencia hispanoamericanas (1808-1830): costes humanos, económicos y políticos y herencias de los nuevos estados.

En este artículo
  1. El coste humano y económico de la guerra
  2. Qué cambió y qué no cambió: el problema de la continuidad social
  3. Las nuevas repúblicas: constituciones, caudillos y fragilidad institucional
  4. El fracaso de la unidad continental
  5. La inserción en la economía mundial y la nueva dependencia
  6. Un legado ambivalente
  7. Cronología esencial

Entre 1808 y 1830, la mayor parte del continente americano bajo dominio español dejó de serlo. En poco más de dos décadas, un imperio construido durante tres siglos se deshizo en una decena larga de Estados independientes. Fue un proceso muy violento, caótico y desigual: no hubo una sola revolución de independencia, sino muchas, y cada una tuvo sus propias causas, sus propios protagonistas y sus propias consecuencias. Lo que comparten es el resultado: la ruptura definitiva con la monarquía española y el nacimiento —turbulento, contradictorio— de los estados latinoamericanos modernos.

Hacer balance de ese proceso no es solo un ejercicio académico. Las independencias dejaron herencias que siguieron pesando sobre América Latina durante décadas, en algunos casos durante siglos. Comprender qué se ganó, qué se perdió y qué simplemente cambió de forma sin cambiar de fondo ayuda a entender la historia posterior de la región.

Conviene recordar, antes de entrar en el análisis, que las guerras de independencia no fueron guerras de liberación en el sentido contemporáneo del término. En su mayor parte, fueron conflictos liderados por las élites criollas —descendientes de españoles nacidos en América— que querían acceder al poder político y económico que la Corona les negaba, no transformaciones sociales desde abajo. Las poblaciones indígenas, los esclavos africanos y los mestizos pobres participaron en estos conflictos, a veces en un bando y a veces en el otro, pero raramente en condiciones de igualdad.

El coste humano y económico de la guerra

Las guerras de independencia fueron conflictos prolongados y brutales. Venezuela, que fue durante años el escenario de algunas de las batallas más encarnizadas entre patriotas y realistas, perdió, según algunas estimaciones demográficas, en torno a una cuarta parte de su población durante el período bélico, aunque las cifras son inciertas. México, donde la insurrección comenzó en 1810 con el grito de Dolores del cura Hidalgo y no se cerró hasta 1821, vio cómo sus regiones más productivas quedaban devastadas por una guerra de guerrillas que mezcló insurrección popular con represión sangrienta.

Las infraestructuras económicas coloniales —minas, rutas comerciales, haciendas— sufrieron daños que tardaron generaciones en repararse. La minería de plata, motor de la economía colonial, se hundió durante los años de guerra: en México, la producción cayó a menos de la mitad de sus niveles de finales del siglo XVIII y no los recuperó hasta bien entrado el siglo XIX. El comercio regional, que el Imperio había regulado de forma rígida pero funcional, quedó desorganizado durante décadas mientras los nuevos estados intentaban establecer sus propias aduanas, aranceles y acuerdos.

La deuda pública fue otro legado inmediato y agobiante. Los nuevos estados nacieron endeudados: entre 1822 y 1825 casi todos contrataron empréstitos en la plaza de Londres, en condiciones muy onerosas, y la crisis bursátil de 1825-1826 los llevó a suspender pagos. Aquellas deudas impagadas serían una carga para las haciendas públicas latinoamericanas durante buena parte del siglo XIX.

Qué cambió y qué no cambió: el problema de la continuidad social

Si las independencias transformaron profundamente el mapa político de América, no hicieron lo mismo con su estructura social. Este es quizás el balance más incómodo del proceso: la élite criolla que tomó el poder en los nuevos estados era, en muchos sentidos, la continuación de la élite colonial, con los mismos intereses en la tierra, el mismo desdén por las poblaciones indígenas y mestizas, y la misma resistencia a cualquier reforma que amenazara su posición.

La esclavitud, por ejemplo, no fue abolida de inmediato en la mayoría de los nuevos estados. Brasil, que se independizó de Portugal en 1822 bajo la forma de un Imperio —no una república—, mantuvo la esclavitud hasta 1888, convirtiéndose en el último país del continente en abolirla. En los estados hispanoamericanos, la abolición fue más temprana pero raramente inmediata: muchos países adoptaron leyes de libertad de vientre —que liberaban a los hijos de esclavas nacidos a partir de cierta fecha— antes de proceder a la abolición completa.

Las poblaciones indígenas, que en el período colonial habían gozado de una protección jurídica ambigua pero real bajo la figura de la "República de Indios", vieron cómo esa protección desaparecía con la independencia. Los nuevos estados proclamaban la igualdad jurídica de todos los ciudadanos —una herencia del liberalismo ilustrado—, pero esa igualdad formal se tradujo en la práctica en la desprotección de las comunidades indígenas frente a la expansión de las haciendas. Las tierras comunales, que el sistema colonial había respetado en cierta medida, quedaron ahora expuestas a la privatización y el despojo.

Las nuevas repúblicas: constituciones, caudillos y fragilidad institucional

Los nuevos estados se dotaron de constituciones inspiradas en los modelos liberal-republicanos en boga: la Constitución de los Estados Unidos de 1787, la Constitución francesa de 1791, la Constitución española de Cádiz de 1812. Hubo una notable abundancia de textos constitucionales en las primeras décadas: algunos países redactaron tres o cuatro constituciones distintas entre 1810 y 1840, cada una reflejo de los vaivenes del poder y los conflictos entre facciones.

Esta proliferación constitucional no significó estabilidad institucional. Lo que dominó la política latinoamericana de las primeras décadas independientes fue el caudillismo: el gobierno de hombres fuertes que habían ganado autoridad durante las guerras y que la ejercían con escaso respeto por las instituciones formales. Figuras como Antonio López de Santa Anna en México encarnaron este fenómeno: líderes militares que alternaban entre el retiro y el poder, que gobernaban a través de redes de lealtades personales más que a través de instituciones consolidadas.

Las causas de esta fragilidad institucional son objeto de debate historiográfico. Algunos autores señalan la herencia colonial: tres siglos de gobierno monárquico no habían preparado el autogobierno republicano. Otros, como François-Xavier Guerra, subrayan en cambio la brecha entre una élite que había adoptado muy deprisa la política moderna —soberanía nacional, elecciones, prensa— y unas sociedades que seguían organizadas en cuerpos y lealtades tradicionales. Otros apuntan a las condiciones económicas: sin una burguesía comercial e industrial consolidada, los partidos políticos tendían a convertirse en vehículos de intereses de élites agrarias y militares, no en representantes de intereses económicos modernos.

El fracaso de la unidad continental

Uno de los proyectos más ambiciosos que produjo la independencia fue el de la unidad hispanoamericana. Simón Bolívar, que más que ningún otro líder comprendió los peligros de la fragmentación, convocó el Congreso de Panamá en 1826 con la esperanza de crear una confederación de estados hispanoamericanos capaz de presentar un frente común ante las potencias europeas y ante los propios Estados Unidos.

El Congreso fue un fracaso diplomático. Los estados que habían luchado juntos contra España no estaban dispuestos a ceder soberanía a ninguna instancia supranacional. Las rivalidades regionales, los intereses de las élites locales y las diferencias sobre el modelo político —república federal, república centralista, monarquía constitucional— hacían imposible el entendimiento. La Gran Colombia, el estado que Bolívar había construido reuniendo los territorios de las actuales Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá, se disolvió en 1830, el mismo año en que el Libertador murió, enfermo y amargado, en Santa Marta.

La biografía de Bolívar escrita por John Lynch, traducida por Crítica, es uno de los mejores análisis disponibles del proyecto bolivariano y de las razones de su fracaso. Lynch muestra cómo Bolívar fue consciente, en sus últimos años, de que las independencias habían producido repúblicas en las que el poder real seguía en manos de oligarquías locales, no de ciudadanos libres.

La inserción en la economía mundial y la nueva dependencia

Uno de los cambios estructurales más importantes que trajo la independencia fue la apertura de las economías latinoamericanas al comercio internacional libre —o relativamente libre— por primera vez en su historia. El monopolio comercial que la Corona española había impuesto durante siglos fue abolido, y los puertos latinoamericanos se abrieron a los barcos de todas las naciones.

El principal beneficiario de esta apertura no fue América Latina, sino Gran Bretaña. Los comerciantes y los inversores británicos inundaron los mercados latinoamericanos con productos manufacturados y compitieron en condiciones ventajosas con las industrias artesanales locales. Los préstamos de la banca británica financiaron tanto las guerras de independencia como las primeras décadas de los nuevos estados. A cambio, las economías latinoamericanas se especializaron en la exportación de materias primas —plata, cacao, azúcar, cueros— y en la importación de manufacturas europeas. Tulio Halperin Donghi describió este proceso en su Historia contemporánea de América Latina como el paso de un pacto colonial a otro nuevo, en el que Londres sustituía a Cádiz.

Esta inserción en la economía mundial como exportadores de materias primas e importadores de manufacturas fue la base de lo que los historiadores económicos han llamado la "dependencia estructural" de América Latina. No era fundamentalmente diferente del papel que América había jugado en el sistema colonial, con la diferencia de que ahora el capital que extraía el excedente económico era británico, no español. Hay quienes, como los teóricos de la dependencia de los años sesenta y setenta, llevaron esta observación hasta el extremo de hablar de un "neocolonialismo" económico que sustituyó al colonialismo político. La historiografía actual es más matizada: subraya que las élites locales eligieron ese modelo porque les resultaba rentable y que el peso británico varió mucho de un país a otro.

Un legado ambivalente

El balance de las guerras de independencia es, inevitablemente, ambivalente. Desde el punto de vista político, representaron una transformación real: América Latina dejó de ser un conjunto de colonias gobernadas desde Madrid para convertirse en un conjunto de estados soberanos, capaces —al menos en teoría— de decidir su propio destino. La soberanía nacional, la ciudadanía, la división de poderes y el republicanismo entraron como principios organizadores del orden político, aunque su aplicación efectiva fuera limitada y desigual.

Desde el punto de vista social y económico, el cambio fue mucho más limitado. Las estructuras de desigualdad heredadas del período colonial —la concentración de la tierra, la subordinación de las poblaciones indígenas, la esclavitud— sobrevivieron en gran medida a las independencias. Las promesas de igualdad y ciudadanía universal que los líderes patriotas habían proclamado durante la guerra quedaron, para la mayoría de la población, en letra muerta durante décadas.

Lo que la independencia sí inauguró fue un largo proceso de construcción estatal y nacional, lleno de conflictos, retrocesos y logros parciales, que configuraría la historia de América Latina durante el resto del siglo XIX y buena parte del XX. La pregunta que las guerras dejaron abierta —qué tipo de sociedades iban a construirse sobre los restos del Imperio español— ocuparía a liberales y conservadores durante todo el siglo XIX.

Cronología esencial

FechaAcontecimiento
1810Primeras juntas de gobierno en Caracas, Buenos Aires, Bogotá y Santiago
1811Declaración de independencia de Venezuela; primera constitución venezolana
1816Declaración de independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica, en Tucumán
1819Congreso de Angostura; Ley Fundamental que crea la República de Colombia
1821Independencia de México (Plan de Iguala y Tratados de Córdoba); batalla de Carabobo; Constitución de Cúcuta
1824Batalla de Ayacucho; fin del grueso de la resistencia realista en Sudamérica
1826Congreso de Panamá, convocado por Bolívar para la unidad hispanoamericana
1830Disolución de la Gran Colombia; muerte de Bolívar

Mientras tanto en América

Lo que ocurría en otras partes del continente en 1808.

Para leer más

Modernidad e independencias: ensayos sobre las revoluciones hispánicas

François-Xavier Guerra

Análisis político de los procesos independentistas, con especial atención a las transformaciones culturales y constitucionales.

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Historia contemporánea de América Latina

Tulio Halperin Donghi

Síntesis clásica de la historia latinoamericana desde las reformas borbónicas, fundamental para situar las independencias en perspectiva.

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Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826

John Lynch

El estudio comparado clásico de las revoluciones de independencia, sus líderes y sus consecuencias estructurales.

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