Siglo XX18989 min de lectura
La Guerra Hispano-Estadounidense de 1898
En pocas palabras
La Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 acabó con el Imperio español y lanzó a EE.UU. como potencia colonial. Cuba, Puerto Rico y Filipinas cambiaron de manos.
En este artículo
John Hay, entonces embajador en Londres y poco después secretario de Estado, la describió en una carta a Theodore Roosevelt como «una espléndida guerrita». Desde Washington, la guerra contra España duró apenas cuatro meses, costó relativamente pocas vidas estadounidenses y entregó a los Estados Unidos un imperio de ultramar que iba de las Antillas al Pacífico. Para España, el mismo conflicto fue el epílogo amargo de cuatro siglos de presencia colonial en América y Asia. Para Cuba, Puerto Rico y Filipinas —los territorios que cambiaron de manos— la guerra de 1898 fue el inicio de nuevas dependencias, no la llegada de la libertad prometida.
Pocas guerras tan breves tuvieron consecuencias tan duraderas en el orden geopolítico del siglo que estaba a punto de comenzar.
Antecedentes: Cuba entre dos imperios
Cuba llevaba décadas siendo el principal problema colonial de España. La Guerra de los Diez Años (1868-1878) había dejado la isla devastada y sin la independencia que reclamaban sus patriotas. El Pacto del Zanjón apagó temporalmente la llama, pero no la extinguió. En 1895, la insurrección preparada por el Partido Revolucionario Cubano de José Martí estalló de nuevo; Martí desembarcó en abril y murió en combate en mayo, pero la guerra, dirigida por Máximo Gómez y Antonio Maceo, se extendió por toda la isla con una violencia que ningún bando escatimó.
España respondió enviando al general Valeriano Weyler, cuya política de «reconcentración» —concentrar a la población civil rural en campos custodiados para aislar a los insurrectos— provocó una catástrofe humanitaria. Las estimaciones de muertos por la reconcentración entre 1896 y 1898 varían mucho; el historiador John L. Tone la sitúa en torno a 150.000-170.000 personas, víctimas sobre todo del hambre y la enfermedad, y otros autores dan cifras mayores. Las imágenes que llegaban a la prensa estadounidense —amplificadas y en ocasiones exageradas por el «periodismo amarillo» de Hearst y Pulitzer— generaron una indignación popular que los sectores expansionistas de Washington supieron capitalizar.
La prensa sensacionalista fue el detonante público, pero los intereses económicos y estratégicos eran el motor real. Las inversiones estadounidenses en Cuba ascendían a unos 50 millones de dólares. Estados Unidos era, con mucho, el principal comprador del azúcar cubano. Y el control del Caribe era, para los estrategas navales como Alfred Thayer Mahan, una condición imprescindible para la proyección de poder de los Estados Unidos hacia el Pacífico y el canal interoceánico que ya se planeaba construir.
El Maine y la declaración de guerra
El 15 de febrero de 1898, el acorazado USS Maine —enviado a La Habana en misión de «visita de cortesía» pero con la misión implícita de proteger intereses estadounidenses— explotó en el puerto, con la muerte de 266 tripulantes. Una comisión naval estadounidense de 1898 atribuyó la explosión a una mina; la española, a una causa interna. El estudio dirigido por el almirante Hyman Rickover en 1976 apuntó a una combustión espontánea en las carboneras, y análisis posteriores no han cerrado el debate. En 1898, sin embargo, la prensa amarilla no dejó margen para la duda: «¡Recordad el Maine! ¡Al infierno con España!» se convirtió en el grito de guerra.
El presidente McKinley, que inicialmente había resistido las presiones belicistas, cedió ante la marea pública y ante los sectores del Partido Republicano que veían en la guerra una oportunidad histórica. El 20 de abril, una resolución conjunta del Congreso exigió la retirada española de Cuba; incluía la Enmienda Teller, por la que EE.UU. renunciaba expresamente a anexionarse la isla. El 25 de abril, el Congreso declaró formalmente la guerra, con efectos desde el día 21. La promesa de la Enmienda Teller se cumpliría solo a medias.
La guerra en el Caribe y el Pacífico
El conflicto se desarrolló en dos teatros simultáneos que revelaron la amplitud de los objetivos estadounidenses, mucho más allá de la liberación de Cuba.
En el Pacífico, el comodoro George Dewey atacó la flota española en la bahía de Manila el 1 de mayo de 1898. La batalla duró unas pocas horas. La flota española, obsoleta y mal pertrechada, fue destruida sin que Dewey perdiera un solo hombre en combate. Filipinas, que llevaba siglos bajo corona española, quedó a merced de los estadounidenses. Los estadounidenses facilitaron el regreso a Filipinas de Emilio Aguinaldo, líder independentista, que reanudó la insurrección contra España y proclamó la independencia el 12 de junio; qué le prometieron exactamente sigue siendo objeto de controversia, pero Washington acabó reclamando las islas para sí.
En Cuba, las operaciones terrestres fueron más accidentadas. El desembarco en Santiago de Cuba y los combates en las colinas de El Caney y San Juan —donde cargaron los famosos Rough Riders del teniente coronel Theodore Roosevelt— mostraron las limitaciones logísticas del ejército estadounidense. Pero la destrucción de la escuadra española del almirante Cervera a la salida de la bahía de Santiago, el 3 de julio, selló el destino militar de la campaña; Santiago capituló el 17 de julio. La participación de las tropas del Ejército Libertador cubano fue decisiva en el cerco, aunque los mandos estadounidenses las excluyeron de la rendición.
Puerto Rico fue invadido a partir del 25 de julio, con escasa resistencia. Para el 12 de agosto, apenas tres meses y medio después del inicio formal de la guerra, España firmó un protocolo de armisticio.
El Tratado de París: un nuevo orden colonial
Las negociaciones de paz se celebraron en París en otoño de 1898. España negoció en una posición de derrota total, y los cubanos ni siquiera estuvieron representados. El Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898, fijó los términos: España renunciaba a la soberanía sobre Cuba y cedía Puerto Rico, Guam y —tras una larga deliberación interna en Washington— Filipinas. A cambio, EE.UU. pagó 20 millones de dólares. No era una indemnización: era el precio de compra de un archipiélago de siete mil islas y varios millones de habitantes.
La Enmienda Teller había prohibido la anexión de Cuba, pero no impidió otra cosa: la tutela. En 1901, el Congreso estadounidense impuso la Enmienda Platt como condición para retirar sus tropas de la isla. La enmienda —incorporada incluso a la constitución cubana de 1901 bajo presión militar— otorgaba a EE.UU. el derecho de intervenir en Cuba cuando lo considerara necesario, obligaba a ceder terrenos para estaciones navales (de ahí el arriendo de Guantánamo en 1903, que aún hoy sigue bajo control estadounidense) y limitaba la soberanía cubana en materia de deuda y tratados internacionales. Cuba era, en la práctica, un protectorado.
Para comprender la lógica imperial que guió estas decisiones, es fundamental leer la guerra de 1898 no como un episodio aislado sino como el punto de arranque de una política sistemática de intervención en el hemisferio occidental que marcaría el siglo XX latinoamericano.
El «Desastre del 98» y la crisis española
En España, la derrota tuvo un impacto cultural y político profundo. La pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas —y en 1899 la venta a Alemania de las Carolinas, las Marianas y Palaos— cerraba simbólicamente la historia del imperio ultramarino. Como muestra el volumen coordinado por Juan Pan-Montojo, la crisis fue más moral e intelectual que económica: la repatriación de capitales incluso favoreció la economía peninsular en los años siguientes. La generación de escritores e intelectuales que reflexionaron sobre ese trauma —Unamuno, Machado, Baroja, Azorín— pasó a la historia como la Generación del 98, y el regeneracionismo de Joaquín Costa convirtió el «desastre» en programa de reforma.
El debate que se abrió entonces sobre la decadencia española, sus causas y sus remedios fue enormemente fecundo en el terreno cultural, aunque políticamente tardó décadas en traducirse en reformas estructurales. España entró en el siglo XX mirando hacia adentro, en una crisis de identidad que no se resolvería con facilidad.
Legado: el nacimiento de un orden imperial americano
Para los Estados Unidos, 1898 fue el año en que cruzaron el umbral entre potencia continental y potencia imperial global. La guerra contra España abrió lo que más tarde se llamaría el «siglo americano»: la era en que Washington asumiría la hegemonía sobre el hemisferio occidental y proyectaría su poder más allá de sus fronteras con una regularidad creciente.
Las consecuencias para América Latina y el Caribe fueron inmediatas. La Enmienda Platt fue el primer instrumento legal de una política intervencionista que se repetiría en Nicaragua, Haití, República Dominicana y México en las décadas siguientes. La Doctrina Monroe, formulada en 1823 como escudo frente a la intervención europea, se transformó bajo el corolario Roosevelt (1904) en justificación para la propia intervención estadounidense.
En Filipinas, la resistencia al nuevo dominio colonial fue inmediata y feroz. La guerra filipino-estadounidense (1899-1902) fue un conflicto sangriento: murieron unos 20.000 combatientes filipinos y unos 4.200 soldados estadounidenses, y las estimaciones de civiles filipinos muertos, sobre todo por hambre y epidemias, suelen situarse en torno a 200.000, aunque algunos autores dan cifras mucho mayores. Fue una guerra colonial semejante a las que Europa llevaba décadas librando en África y Asia. La diferencia es que la libró una nación que se presentaba al mundo como la alternativa democrática al colonialismo europeo.
La dependencia cubana que culminaría en la Revolución de 1959, el canal de Panamá que EE.UU. construiría en el istmo centroamericano, la larga sombra de la presencia militar estadounidense en el Caribe: todo ello tiene sus raíces en aquellos cuatro meses de 1898 que John Hay llamó, con olímpica desenvoltura, una guerra «espléndida».
Cronología de la Guerra Hispano-Estadounidense (1898)
| Fecha | Acontecimiento |
|---|---|
| 1895 | Inicio de la guerra de independencia cubana; regreso de José Martí |
| 1896 | El general Weyler implementa la política de reconcentración en Cuba |
| 15 febrero 1898 | Explosión del USS Maine en el puerto de La Habana (266 muertos) |
| 25 abril 1898 | EE.UU. declara la guerra a España |
| 1 mayo 1898 | Batalla de la bahía de Manila: Dewey destruye la flota española en Filipinas |
| Junio-julio 1898 | Desembarco estadounidense en Cuba; batallas de El Caney y San Juan |
| 3 julio 1898 | Destrucción de la escuadra del almirante Cervera en Santiago de Cuba |
| Julio 1898 | Ocupación de Puerto Rico |
| 12 agosto 1898 | Firma del protocolo de armisticio |
| 10 diciembre 1898 | Tratado de París: España cede Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas |
| 1899-1902 | Guerra filipino-estadounidense contra el nuevo dominio colonial |
| 1901 | Enmienda Platt: Cuba queda bajo tutela efectiva de EE.UU. |
Mientras tanto en América
Lo que ocurría en otras partes del continente en 1898.
Para leer más
Más se perdió en Cuba: España, 1898 y la crisis de fin de siglo
Juan Pan-Montojo (coord.)
Análisis riguroso del contexto político y social que condujo al Desastre del 98 desde la perspectiva española e hispanoamericana.
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