Saltar al contenido
Historia de América
  1. Inicio
  2. Las independencias

Independencias18229 min de lectura

La independencia de Brasil

En pocas palabras

La independencia de Brasil en 1822 fue un proceso singular: sin una larga guerra continental, la ruptura la encabezó el heredero de la corona portuguesa.

En este artículo
  1. La corte portuguesa en el trópico
  2. La revolución liberal de Portugal y el regreso del rey
  3. El camino hacia septiembre de 1822
  4. Una independencia conservadora
  5. El Brasil independiente en el contexto americano
  6. Cronología de la independencia de Brasil

El 7 de septiembre de 1822, a orillas del riachuelo Ipiranga, cerca de São Paulo, el príncipe regente Dom Pedro sacó su espada y gritó: «Independência ou Morte!». Con ese gesto —amplificado y convertido en leyenda por la pintura del siglo XIX, sobre todo por el gran lienzo de Pedro Américo de 1888, del que circulan muchas reproducciones y láminas— Brasil se separaba de Portugal. No hubo batallas en aquel momento. No hubo un ejército insurgente que hubiera luchado durante años, como ocurrió en México, Venezuela o el Río de la Plata. La independencia de Brasil fue, en muchos sentidos, la más peculiar de todas las independencias americanas: la protagonizó un príncipe de la casa reinante, se realizó en nombre del orden y se conservó como monarquía cuando el resto del continente optaba por las repúblicas.

Esta singularidad no la hace menos trascendente. Brasil se convertía en el Estado independiente más extenso de América del Sur y, durante casi setenta años más, mantendría una estructura imperial y la esclavitud, que la mayoría de sus vecinos abolió décadas antes. Entender cómo y por qué la independencia brasileña tomó esa forma particular exige retroceder hasta las guerras napoleónicas y preguntarse qué hacía la familia real portuguesa en Río de Janeiro.

La corte portuguesa en el trópico

En noviembre de 1807, Napoleón Bonaparte ordenó la invasión de Portugal. La respuesta de la corona portuguesa fue insólita: en lugar de rendirse o combatir, el príncipe regente João —que gobernaría como João VI tras la muerte de su madre— embarcó con la corte, buena parte de la administración y el tesoro real hacia Brasil. Entre diez y quince mil personas, según las estimaciones, cruzaron el Atlántico bajo la escolta de la marina británica; la flota llegó a Bahía en enero de 1808 y a Río de Janeiro en marzo.

La llegada de la corte transformó Río de Janeiro de manera radical. La ciudad, que era un puerto colonial próspero pero periférico, pasó a ser capital de facto del Imperio portugués. Se fundaron bibliotecas, academias, hospitales y escuelas técnicas. En 1808 se abrieron los puertos brasileños al comercio internacional —una medida que favorecía sobre todo a Gran Bretaña, principal aliada y protectora de Portugal—, rompiendo el monopolio colonial que había regido desde el siglo XVI.

Para la élite brasileña —los grandes propietarios de tierras y plantaciones, los comerciantes, los intelectuales formados en Coimbra—, la presencia de la corte en Río era una gran oportunidad. Brasil ya no era una colonia que remitía riquezas a una metrópoli distante: era el centro del mundo lusófono. Cuando en 1815 João VI declaró el Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarves, elevó formalmente a Brasil al rango de reino, lo que hizo todavía más impensable un retorno al estatus colonial anterior.

La revolución liberal de Portugal y el regreso del rey

El equilibrio duró hasta 1820. Ese año estalló en Portugal la Revolución Liberal, inspirada en la Constitución española de 1812. Los liberales portugueses exigieron el regreso del rey a Lisboa y la convocatoria de Cortes constituyentes. Tenían, además, una agenda que en Brasil se percibió como recolonizadora: querían devolver a Lisboa el centro del poder, subordinar directamente las provincias brasileñas y recuperar ventajas comerciales perdidas desde 1808.

João VI regresó a Portugal en 1821, consciente de que su trono dependía de la aceptación de las Cortes. Dejó en Brasil a su hijo Pedro como regente, con instrucciones ambiguas. Las Cortes de Lisboa pronto revelaron sus intenciones: ordenaron que Pedro regresara también a Portugal, que se disolvieran las instituciones creadas por la corte en Brasil y que el gobierno de las distintas provincias respondiera directamente a Lisboa.

La reacción en Brasil fue de indignación generalizada. La élite criolla —que había disfrutado durante trece años de un estatus casi metropolitano— no estaba dispuesta a aceptar la reversión colonial. Comenzó una campaña de peticiones para que Pedro se quedara en Brasil. En enero de 1822, Pedro respondió con el «Fico»: «Como é para o bem de todos e felicidade geral da Nação, digo ao povo que fico» («Como es para el bien de todos y la felicidad general de la Nación, digo al pueblo que me quedo»). Era la ruptura de facto con las instrucciones de las Cortes.

El camino hacia septiembre de 1822

Los meses siguientes fueron de aceleración política. Pedro convocó una Asamblea Constituyente para Brasil y fue acumulando apoyos entre los sectores que veían en la separación de Portugal la única forma de preservar los intereses locales. Su principal consejero político era José Bonifácio de Andrada e Silva, un naturalista y mineralogista formado en Europa que sería conocido como el «Patriarca de la Independencia». Fue José Bonifácio quien articuló el proyecto de una monarquía constitucional independiente como alternativa tanto al absolutismo colonial como a las repúblicas turbulentas del resto del continente.

Los historiadores discuten hasta qué punto el «Grito de Ipiranga» fue un momento espontáneo o una escenificación cuidadosamente planificada. Pedro viajaba de Santos a São Paulo cuando recibió cartas de Río informándole de que las Cortes de Lisboa habían declarado traición todos sus actos y ordenaban su regreso inmediato. La ruptura ya era inevitable; lo que Pedro hizo el 7 de septiembre fue formalizarla ante sus acompañantes militares con la frase que la posteridad convertiría en símbolo fundacional.

Lo que sí es cierto es que la independencia fue relativamente pacífica en el centro del país. En las provincias del norte y el nordeste —más dependientes del comercio con Portugal y con una presencia militar lusa mayor— hubo resistencia armada que se prolongó hasta 1823. Brasil tuvo que comprar esa independencia, en sentido literal: el reconocimiento de Portugal en 1825 se consiguió a cambio de una indemnización de dos millones de libras esterlinas que Brasil pagó en parte con un préstamo contratado en Londres.

Una independencia conservadora

La independencia brasileña preservó intactas las estructuras sociales y económicas del periodo colonial. La esclavitud no solo continuó: Brasil siguió siendo el mayor importador de africanos esclavizados del Atlántico hasta que, bajo presión británica, la ley Eusébio de Queirós prohibió el tráfico en 1850. La esclavitud misma no se abolió hasta la Ley Áurea de 1888. Los grandes latifundios permanecieron en manos de las mismas familias. La Asamblea Constituyente de 1823 fue disuelta por Pedro I cuando sus debates amenazaron con limitar demasiado el poder imperial; la Constitución de 1824 fue otorgada por el propio monarca y le reservaba un «poder moderador» que lo colocaba por encima de los otros tres poderes.

Esta fue una diferencia fundamental con respecto a las independencias hispanoamericanas. Mientras en Venezuela, Argentina o México las guerras de independencia implicaban, al menos en el discurso, una ruptura con el Antiguo Régimen y la adopción de principios republicanos e igualitarios, Brasil se independizó para seguir siendo una monarquía esclavista gobernada por un príncipe europeo. La continuidad social era tan marcada que muchos historiadores han preferido hablar de «transferencia de poder» más que de «revolución».

El propio Pedro I no duraría mucho en el trono. Sus simpatías por Portugal —en 1826 heredó la corona portuguesa tras la muerte de João VI— y su gobierno cada vez más autoritario generaron una oposición creciente. En 1831, ante una crisis política y militar, abdicó en favor de su hijo de cinco años, Pedro II, y regresó a Europa. Brasil pasó entonces por una larga regencia tumultuosa antes de que Pedro II fuera declarado mayor de edad en 1840 e inaugurara un reinado de casi cincuenta años, hasta la proclamación de la república en 1889.

El Brasil independiente en el contexto americano

La independencia de Brasil planteó al resto de América un espejo incómodo. Mientras los líderes hispanoamericanos debatían sobre repúblicas federales o centrales, sobre constituciones y ciudadanía, Brasil demostraba que era posible construir un Estado independiente y soberano —reconocido por las grandes potencias europeas y por Estados Unidos— sin abolir la esclavitud, sin república y sin guerras largas. Para una visión de conjunto, la Historia concisa de Brasil de Boris Fausto es una buena puerta de entrada.

El reconocimiento internacional llegó con relativa rapidez: Estados Unidos reconoció a Brasil en 1824, y el acuerdo con Portugal de 1825 abrió la puerta al reconocimiento europeo. Gran Bretaña, que mantenía estrechos vínculos comerciales con Brasil desde 1808 y había mediado en el acuerdo con Portugal, también reconoció al nuevo Estado, aunque presionaría cada vez con más fuerza para la abolición del tráfico de esclavos.

La Historia de América Latina de Cambridge, editada por Leslie Bethell, sigue siendo una referencia exhaustiva para comprender las particularidades del caso brasileño en el contexto regional. Lo que queda claro, al examinar cualquier síntesis seria, es que la independencia de Brasil no fue un accidente ni una anomalía: fue el resultado de una coyuntura específica —la presencia de la corte, las tensiones con las Cortes liberales de Lisboa, el pragmatismo de la élite criolla— que hizo posible un camino que en el resto del continente estaba cerrado.

Cronología de la independencia de Brasil

FechaAcontecimiento
Noviembre 1807La corte portuguesa zarpa de Lisboa huyendo de la invasión francesa
Marzo 1808La corte se instala en Río de Janeiro
1808Apertura de los puertos brasileños al comercio internacional
1815Brasil es elevado a reino: «Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarves»
1820Revolución Liberal en Portugal; las Cortes exigen el retorno del rey y la reversión colonial de Brasil
Abril 1821João VI regresa a Portugal; Pedro queda como regente
9 enero 1822El «Fico»: Pedro se niega a regresar a Portugal
7 septiembre 1822Grito de Ipiranga; proclamación de la independencia
2 julio 1823Las tropas portuguesas abandonan Salvador de Bahía; la resistencia lusa se extingue en el norte ese año
1824Constitución otorgada por Pedro I; reconocimiento de Estados Unidos
1825Portugal reconoce la independencia a cambio de indemnización
1831Pedro I abdica en favor de su hijo Pedro II y regresa a Europa

Mientras tanto en América

Lo que ocurría en otras partes del continente en 1822.

Para leer más

Historia de América Latina, 5: La independencia

Leslie Bethell (ed.)

Volumen de la Historia de América Latina de Cambridge dedicado a las independencias, con un capítulo sobre Brasil.

Buscar en Amazon

Dom Pedro: The Struggle for Liberty in Brazil and Portugal

Neill Macaulay

Biografía política de Dom Pedro I que sitúa la independencia brasileña en el contexto atlántico de las revoluciones liberales del siglo XIX.

Buscar en Amazon

Historia concisa de Brasil

Boris Fausto

Síntesis clásica de la historia brasileña que sitúa la independencia en el paso de la colonia al Imperio.

Buscar en Amazon

Enlaces de afiliado: si compras, la web recibe una pequeña comisión y a ti no te cuesta más.

También te puede servir

¿Encontraste un error histórico? Escríbenos a contacto@historiadeamerica.com y lo corregimos.