Independencias9 de diciembre de 18248 min de lectura
La batalla de Ayacucho (1824): el fin del dominio español en América
En pocas palabras
La batalla de Ayacucho (1824) puso fin al poder español en América del Sur. Descubre cómo Sucre derrotó al ejército realista y selló la independencia.
En este artículo
El 9 de diciembre de 1824, en una llanura andina del sur del Perú llamada pampa de Quinua, a más de 3.300 metros de altitud, el Imperio español perdió Sudamérica. En pocas horas de combate, el ejército del mariscal Antonio José de Sucre derrotó a las fuerzas realistas del virrey José de la Serna. La capitulación firmada ese mismo día fue el último gran acto de una guerra de quince años que había transformado el mapa del continente.
Ayacucho no fue la batalla más grande ni la más cruenta de las guerras de independencia hispanoamericanas. Fue algo más relevante: fue la definitiva. Cuando la pólvora se disipó sobre la pampa, España ya no tenía un ejército de campaña en Sudamérica. Quedaron focos aislados —las tropas del general Pedro Antonio de Olañeta en el Alto Perú y la fortaleza del Callao—, pero ninguno podía cambiar el desenlace.
El camino hasta la pampa de Quinua
Para entender Ayacucho hay que entender la geografía y la política de lo que quedaba del poder colonial en 1824. El Virreinato del Perú era el último gran bastión realista en Sudamérica. Buenos Aires había declarado la independencia en 1816, Chile se había consolidado tras la batalla de Chacabuco (1817), y las repúblicas bolivarianas del norte —Venezuela, Colombia, Ecuador— llevaban años fuera del control español. Pero en la sierra peruana y el Alto Perú la corona conservaba un ejército disciplinado y experimentado, que en 1824 llegó a recuperar Lima y el Callao.
Simón Bolívar había llegado al Perú en 1823 a petición del Congreso peruano, arrastrado por una situación política caótica y un ejército patriota en descomposición. Comprendió enseguida que la victoria dependía de desplazar el teatro de operaciones hacia las sierras, donde el ejército realista tenía sus mejores posiciones pero también sus principales vulnerabilidades logísticas. Reorganizó el ejército en el norte del país, con Antonio José de Sucre como su principal colaborador, y preparó la ofensiva sobre la sierra central.
La campaña previa a Ayacucho fue, en buena parte, un ejercicio de paciencia. Sucre y Bolívar sabían que necesitaban que el ejército realista bajase de sus posiciones de altura o se dispersase lo suficiente como para poder enfrentarlo en condiciones favorables. El virrey José de la Serna —un militar profesional con experiencia en las guerras napoleónicas— comprendió el peligro y trató de mantener la iniciativa. La batalla de Junín, el 6 de agosto de 1824, fue el primer choque decisivo: una acción de caballería a gran altitud en la que, según la tradición, no se disparó un solo tiro: todo se decidió con lanzas y sables. Bolívar dirigió en persona la campaña de Junín; poco después marchó a la costa y dejó el mando del ejército a Sucre, de modo que no estuvo en Ayacucho. Las láminas y grabados de la batalla de Junín han fijado la imagen de aquella carga de los húsares.
Los ejércitos frente a frente
Cuando los dos ejércitos se encontraron en la pampa de Quinua, cerca del pueblo de Ayacucho (hoy en el departamento homónimo del Perú), el equilibrio de fuerzas era más ajustado de lo que la historia posterior ha tendido a representar.
El ejército patriota al mando de Sucre contaba con aproximadamente 5.800 hombres, integrados por unidades colombianas, peruanas, rioplatenses y una pequeña presencia chilena: era, en sentido estricto, un ejército multinacional, resultado de quince años de guerra compartida. Muchos de sus oficiales habían combatido desde Carabobo hasta el Pacífico. Sucre, con 29 años, era uno de los comandantes más metódicos que había producido la guerra, como muestra la biografía de Rumazo González.
El ejército realista del virrey De la Serna sumaba alrededor de 9.300 efectivos, una ventaja numérica considerable. Sus mandos eran en buena parte veteranos de la guerra contra Napoleón en España, pero la tropa estaba formada sobre todo por soldados reclutados en el propio Perú, muchos de ellos indígenas. Ocupaba las alturas que rodeaban la pampa, lo que debería haberle dado una ventaja táctica decisiva. El propio virrey comandaba personalmente las fuerzas, lo que indica el peso que ambos bandos daban a este encuentro.
Dos horas que cambiaron un continente
La batalla se libró en la mañana del 9 de diciembre. El plan realista consistía en que la división del general Jerónimo Valdés atacase el ala izquierda patriota, formada por los peruanos del general José de La Mar, mientras el grueso del ejército descendía del cerro Condorcunca para batir el centro. Pero el descenso fue desordenado y las unidades realistas llegaron a la llanura separadas.
Sucre aprovechó el momento: lanzó a la división colombiana del joven general José María Córdova, en el ala derecha, contra las columnas realistas antes de que pudieran formar, y la apoyó con la caballería. La carga rompió el centro enemigo, mientras la reserva de Jacinto Lara acudía a sostener a La Mar. Según la tradición, Córdova lanzó entonces la orden de avanzar «con armas a discreción y paso de vencedores», una frase que los manuales escolares repitieron durante generaciones.
El virrey De la Serna fue herido y capturado en el campo de batalla. Sin mando unificado, las fuerzas realistas comenzaron a desbandarse o a rendirse. A primera hora de la tarde, el combate había terminado.
Las cifras de bajas varían según las fuentes. Se suele hablar de unos 1.800 muertos y 700 heridos en el bando realista, además de varios miles de prisioneros —entre ellos el virrey y buena parte de sus generales—, frente a unos 370 muertos y 600 heridos patriotas. Las cifras, comparadas con las grandes batallas de las guerras napoleónicas que algunos de estos mismos oficiales habían vivido en Europa, pueden parecer modestas. La magnitud de Ayacucho no estaba en los números, sino en sus consecuencias.
La capitulación: un documento excepcional
Lo que convierte a Ayacucho en un episodio singular no es solo la victoria, sino la capitulación que la siguió. El acuerdo firmado esa misma jornada entre Sucre y el general José de Canterac —jefe del estado mayor realista, que negoció tras la captura del virrey— fue notable por su generosidad.
Sus artículos establecían la entrega a los patriotas de todo el territorio peruano que aún ocupaban las tropas realistas, incluida la plaza del Callao; garantizaban que el Perú pagaría el regreso a España de los jefes y oficiales que quisieran marcharse; respetaban las propiedades de los españoles que decidieran quedarse, y permitían a los militares que lo desearan incorporarse al ejército peruano con sus grados. Era, en términos modernos, una rendición con garantías humanitarias.
La historiografía ha subrayado que la capitulación de Ayacucho fue más civilizada que muchas que se firmarían en conflictos posteriores del propio siglo XIX. Sucre, que había vivido la guerra a muerte en Venezuela y la había visto regularizarse con el tratado de 1820, quiso un final que dejara las menores heridas posibles. No todos los realistas lo aceptaron: el general Olañeta siguió combatiendo en el Alto Perú hasta morir en el combate de Tumusla, en abril de 1825, y el brigadier José Ramón Rodil se negó a entregar el Callao, que resistió un asedio atroz hasta enero de 1826. Aun así, la capitulación permitió que el Alto Perú se convirtiera en la República de Bolivia en agosto de 1825 sin otra gran batalla.
La memoria de Ayacucho
En España, la derrota cayó en un olvido rápido: Fernando VII no reconoció la independencia de las nuevas repúblicas, y algunos de los generales derrotados —a quienes sus enemigos políticos llamaron despectivamente «ayacuchos»— tuvieron después un peso notable en la política española, como Baldomero Espartero, que había servido en el Perú aunque no estuvo en la batalla. En el Perú y en el resto de Sudamérica, en cambio, Ayacucho se convirtió en el gran mito fundacional de la independencia: el 9 de diciembre dio nombre a plazas y calles, y en la pampa de Quinua se levanta hoy un obelisco conmemorativo dentro del Santuario Histórico de la Pampa de Ayacucho.
Para quien quiera recorrer el escenario, un buen mapa de las campañas de la independencia del Perú ayuda a entender las enormes distancias entre Junín, Ayacucho y la costa, y por qué la logística decidió tanto como el valor de los soldados.
Cronología de la campaña y la batalla
| Fecha | Acontecimiento |
|---|---|
| Septiembre de 1823 | Bolívar llega al Perú a petición del Congreso |
| 6 de agosto de 1824 | Batalla de Junín: primera derrota realista decisiva |
| Noviembre de 1824 | Los ejércitos convergen en la sierra de Ayacucho |
| 8 de diciembre de 1824 | Los realistas ocupan las alturas del cerro Condorcunca |
| 9 de diciembre de 1824 (mañana) | Batalla de Ayacucho; captura del virrey De la Serna |
| 9 de diciembre de 1824 | Firma de la capitulación con el general Canterac |
| Abril de 1825 | Combate de Tumusla y muerte de Olañeta; fin de la resistencia realista en el Alto Perú |
| 6 de agosto de 1825 | Independencia del Alto Perú, futura Bolivia |
| Enero de 1826 | Rendición del Callao |
Mientras tanto en América
Lo que ocurría en otras partes del continente en 1824.
Para leer más
Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826
John Lynch
El estudio clásico de conjunto sobre los procesos independentistas, con especial atención a las campañas finales en el Perú.
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