Siglo XIX1853 — 18808 min de lectura
La organización nacional argentina
En pocas palabras
De la Constitución de 1853 a la federalización de Buenos Aires en 1880: cómo Argentina construyó su Estado nacional tras décadas de guerras civiles.
En este artículo
- La Constitución de 1853 y la paradoja bonaerense
- Los presidentes de la organización: Mitre, Sarmiento, Avellaneda
- La cuestión de la capital: el nudo gordiano
- Cronología de la organización nacional
- El modelo económico y la integración al mercado mundial
- Las sombras del proyecto: los excluidos de la organización
En febrero de 1852, Juan Manuel de Rosas se refugió derrotado en la legación británica de Buenos Aires y se embarcó hacia un exilio inglés del que nunca regresaría. Gobernador de Buenos Aires durante casi veinte años, su figura había encarnado la tensión irresuelta entre las provincias y la ciudad-puerto que controlaba la aduana y, por tanto, los ingresos del país entero. Su caída en la batalla de Caseros abrió una oportunidad que la Argentina llevaba cuarenta años esperando: la de darse una Constitución, construir instituciones duraderas y dejar atrás el ciclo interminable de caudillos, guerras civiles y pactos rotos.
Lo que siguió no fue, sin embargo, un proceso limpio ni rápido. Los veintisiete años que van de 1853 a 1880 son una historia de negociaciones difíciles, conflictos armados, tensiones entre el interior y Buenos Aires, y un lento pero sostenido proceso de centralización del poder que transformaría al Río de la Plata en un Estado moderno —con todo lo que ese concepto implicaba de progreso, pero también de exclusión y violencia sobre los que quedaban fuera de su proyecto.
La Constitución de 1853 y la paradoja bonaerense
El Congreso Constituyente que se reunió en Santa Fe en 1852 y aprobó la Constitución en mayo de 1853 logró algo notable: articular un texto que equilibraba las tradiciones federalistas de las provincias con las necesidades de un Estado central eficaz. El modelo era, declaradamente, el de los Estados Unidos: un sistema federal con presidente electo, un Congreso bicameral y un Poder Judicial independiente. La inspiración inmediata fue el libro de Juan Bautista Alberdi Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, publicado en 1852, que proponía una Constitución pensada para atraer inmigrantes y capitales.
Sin embargo, la Constitución nació con una contradicción fundamental. Buenos Aires, la provincia más rica y poblada, no participó en el Congreso Constituyente. Se negó a reconocer la nueva carta magna y se declaró Estado autónomo. Durante una década, la Confederación Argentina —con capital en Paraná y presidida por Justo José de Urquiza— y el Estado de Buenos Aires coexistieron como entidades separadas, rivales y, en ocasiones, beligerantes. Las batallas de Cepeda (1859) y Pavón (1861) marcaron los momentos más violentos de esta tensión.
Fue precisamente la victoria de Buenos Aires en Pavón la que, paradójicamente, resolvió la contradicción: Buenos Aires se incorporó a la Confederación, pero en condiciones que le garantizaban una posición dominante. Bartolomé Mitre, gobernador de Buenos Aires, asumió la presidencia de la República unificada en 1862.
Los presidentes de la organización: Mitre, Sarmiento, Avellaneda
El período conocido como "organización nacional" está presidido por tres figuras de perfiles muy distintos pero con un proyecto común: construir un Estado moderno y orientar la Argentina hacia la integración en el mercado mundial.
Bartolomé Mitre (1862–1868) sentó las bases institucionales. Organizó el ejército nacional, estableció el Poder Judicial federal y mantuvo la cohesión territorial en un contexto difícil, que incluyó la devastadora Guerra del Paraguay (1864–1870), en la que Argentina participó junto a Brasil y Uruguay. La primera línea, el Ferrocarril Oeste, databa de 1857, pero fue bajo Mitre cuando se emprendió el Ferrocarril Central Argentino entre Rosario y Córdoba, primer gran trazado del mapa ferroviario argentino, eje vertebrador del modelo económico que se impondría en las décadas siguientes.
Domingo Faustino Sarmiento (1868–1874) es quizás la figura más conocida internacionalmente de este período. Autor de Facundo: civilización y barbarie —el ensayo político más influyente del siglo XIX argentino—, Sarmiento puso el acento en la educación pública como motor del cambio social. Bajo su presidencia se multiplicaron las escuelas primarias, se fundaron escuelas normales para formar maestros, empezando por la de Paraná (1870), y se impulsó la inmigración europea como herramienta de "modernización" de la población. Su visión tenía un componente profundamente excluyente: el gaucho y el indígena eran, en su esquema, la "barbarie" que la "civilización" debía superar.
Nicolás Avellaneda (1874–1880) completó el ciclo con dos decisiones de enorme trascendencia. Primero, la Conquista del Desierto (1879), la campaña militar que bajo el mando de Julio Argentino Roca extendió el control del Estado sobre las Pampas y la Patagonia a costa de la muerte, la captura y el desplazamiento de los pueblos mapuche, ranquel y tehuelche. Segundo, la federalización de Buenos Aires.
La cuestión de la capital: el nudo gordiano
Ningún problema político fue tan persistente en este período como el de la capital federal. La Constitución de 1853 designaba a la ciudad de Buenos Aires como capital, pero la provincia no la había aceptado; la reforma de 1860, pactada para reincorporar a Buenos Aires, dejó la elección en manos de una ley del Congreso. Buenos Aires era la candidata natural, pero su federalización suponía separar la ciudad de la provincia, lo que la élite bonaerense resistió tenazmente durante décadas.
La provincia de Buenos Aires era, con diferencia, la más rica del país. Controlaba el puerto, la aduana y la mayor parte del comercio exterior. Ese control le daba una ventaja estructural permanente sobre las provincias del interior, que dependían de las rentas aduaneras que Buenos Aires administraba y distribuía según sus propios intereses.
El debate no era solo económico. Era, en el fondo, una disputa sobre qué tipo de país sería la Argentina: ¿una federación genuina donde las provincias tuvieran poder real, o un Estado donde Buenos Aires ejerciera una hegemonía de facto sobre el resto del territorio?
La resolución llegó en 1880, tras una breve pero sangrienta guerra civil. Avellaneda, ante la resistencia armada del gobernador bonaerense Carlos Tejedor, trasladó el gobierno federal a Belgrano y logró que el Congreso aprobara la ley de federalización de Buenos Aires. La ciudad se convirtió en capital federal, separada de la provincia, y Julio Argentino Roca asumió la presidencia. Con él comenzó la llamada "República oligárquica" o período del orden conservador: un régimen estable, modernizador y profundamente elitista, que gobernaría la Argentina hasta 1916.
Cronología de la organización nacional
| Fecha | Acontecimiento |
|---|---|
| Febrero 1852 | Batalla de Caseros; caída de Juan Manuel de Rosas |
| Mayo 1853 | Aprobación de la Constitución Nacional en Santa Fe |
| 1853–1861 | Período de la Confederación Argentina vs. Estado de Buenos Aires |
| Septiembre 1861 | Batalla de Pavón; Mitre asume el control nacional |
| 1862–1868 | Presidencia de Bartolomé Mitre; organización institucional |
| 1864–1870 | Guerra del Paraguay (Triple Alianza) |
| 1868–1874 | Presidencia de Domingo Faustino Sarmiento; impulso educativo |
| 1874–1880 | Presidencia de Nicolás Avellaneda |
| 1879 | Campaña de la Conquista del Desierto (Roca) |
| Septiembre 1880 | Federalización de Buenos Aires; inicio de la República oligárquica |
El modelo económico y la integración al mercado mundial
La organización política fue inseparable de un proyecto económico muy concreto: insertar a la Argentina en el mercado capitalista mundial como exportadora de productos primarios. Las pampas argentinas —entre las más fértiles del planeta— ofrecían cueros, lana, carne salada y, desde finales de la década de 1870, cereales. Europa industrializada necesitaba esas materias primas y ofrecía a cambio manufacturas y capital.
El ferrocarril fue el instrumento central de este modelo. Las líneas férreas, financiadas en gran parte con capital británico, convergían hacia Buenos Aires como radios de una rueda, facilitando el transporte de productos hacia el puerto y la distribución de importaciones hacia el interior. El tendido ferroviario pasó de unas pocas decenas de kilómetros a comienzos de la década de 1860 a unos 2.500 en 1880. No era un diseño neutral: reforzaba la posición central de Buenos Aires y el modelo de economía agroexportadora que enriquecía a los grandes terratenientes pampeanos.
La inmigración masiva fue el otro pilar. Entre 1860 y 1900, llegaron a la Argentina más de dos millones de inmigrantes —aunque una parte considerable regresó a Europa—, principalmente italianos y españoles, pero también franceses, polacos, alemanes y otros europeos. Esta afluencia transformó radicalmente la composición de la sociedad argentina, especialmente en la pampa húmeda y en las ciudades costeras. Los inmigrantes aportaron mano de obra, técnicas agrícolas y una vitalidad cultural que remodeló el país, aunque no siempre encontraron las condiciones que los promotores de la inmigración les habían prometido.
Las sombras del proyecto: los excluidos de la organización
El relato triunfal de la organización nacional oculta a menudo sus violencias fundacionales. El proyecto de las élites liberales del siglo XIX tenía ganadores claros —los grandes propietarios rurales de la pampa, los comerciantes del puerto, los inversores extranjeros— y perdedores que raramente aparecen en los textos oficiales.
Los pueblos indígenas de la Patagonia y las Pampas fueron los más directamente afectados. La Conquista del Desierto de 1879 no fue, como la llamaron sus promotores, la ocupación de tierras "vacías": fue la destrucción de sociedades con siglos de historia, la matanza o captura de miles de personas y la expropiación de territorios que habían habitado durante generaciones. Las tierras conquistadas fueron distribuidas entre una pequeña élite de especuladores y militares, concentrando la propiedad en pocas manos y sentando las bases del latifundio pampeano que condicionaría la estructura social argentina durante el siglo siguiente.
Los gauchos, la población criolla rural que Sarmiento identificaba con la "barbarie", tampoco se beneficiaron del progreso. La expansión del alambrado, la llegada del ferrocarril y la consolidación de la gran propiedad los fue desplazando hacia los márgenes del nuevo orden rural. Muchos terminaron como peones en las estancias que antes recorrían libremente.
El Estado que salió de estas décadas fue eficaz para crear instituciones, atraer inversión y poblar el territorio, pero lo hizo excluyendo a quienes no encajaban en su idea del progreso. Para entender cómo se pensaron y se enfrentaron aquellos proyectos de país sigue siendo de lectura obligada Una nación para el desierto argentino, de Tulio Halperín Donghi.
Mientras tanto en América
Lo que ocurría en otras partes del continente en 1853.
Para leer más
Una nación para el desierto argentino
Tulio Halperín Donghi
Ensayo clásico sobre los proyectos de país que se enfrentaron entre 1846 y 1880 y sobre cómo se construyó el Estado nacional argentino.
Buscar en AmazonLa organización nacional
Haydée Gorostegui de Torres
Volumen de la Historia Argentina de Paidós dedicado al periodo que sigue a la caída de Rosas en Caseros.
Buscar en AmazonFacundo: civilización y barbarie
Domingo Faustino Sarmiento
El texto fundacional del pensamiento liberal argentino del siglo XIX, clave para entender los debates políticos de la época de la organización nacional.
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