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Independencias16 de septiembre de 181010 min de lectura

El Grito de Dolores y el inicio de la independencia de México

En pocas palabras

El Grito de Dolores del 16 de septiembre de 1810: cómo el cura Hidalgo desencadenó la guerra de independencia de México y cambió la historia de América.

En este artículo
  1. El caldo de cultivo: la Nueva España en 1810
  2. La conspiración de Querétaro
  3. El Grito y la toma de Guanajuato
  4. La marcha hacia la Ciudad de México y el repliegue
  5. El significado histórico del Grito
  6. Cronología del Grito de Dolores y sus consecuencias inmediatas

En la madrugada del 16 de septiembre de 1810, el párroco del pueblo de Dolores —un hombre de 57 años llamado Miguel Hidalgo y Costilla— hizo sonar la campana de su iglesia y convocó a sus feligreses. Lo que dijo exactamente en aquella oscuridad, ante una multitud de campesinos, mestizos e indígenas que no superaban las pocas centenas de personas, no lo sabe nadie con certeza. Las palabras exactas del llamado que la historia conoce como el Grito de Dolores se perdieron aquella misma noche en el bullicio y el caos. Lo que no se perdió fue su consecuencia: en pocas horas, un ejército improvisado de miles de hombres armados con machetes, lanzas y palos comenzó a marchar por el Bajío, la rica región agrícola y minera del centro de la Nueva España. Había comenzado la guerra de independencia de México.

Este artículo cuenta cómo se llegó hasta ese momento, qué ocurrió en los días y semanas posteriores, y por qué el Grito de Dolores —un acontecimiento en apariencia provinciano, protagonizado por un cura rural en un pueblo menor de la Nueva España— desencadenó uno de los procesos más violentos y transformadores de la historia de América Latina.

El caldo de cultivo: la Nueva España en 1810

Para comprender el Grito de Dolores hay que entender el estado de la Nueva España en los años anteriores. El virreinato era, en 1810, la posesión más rica de la monarquía española. Su producción de plata —sobre todo en las minas de Guanajuato y Zacatecas— sostenía buena parte de la hacienda imperial y financiaba sus guerras europeas. Pero esa riqueza estaba distribuida de una manera brutalmente desigual.

En la cúspide de la pirámide social se encontraban los peninsulares, es decir, los españoles nacidos en la metrópoli que ocupaban los cargos más altos de la administración y la Iglesia. Por debajo de ellos, los criollos —descendientes de españoles nacidos en América— eran la clase terrateniente, comercial y eclesiástica de segunda categoría: ricos en muchos casos, pero excluidos de los puestos de poder. Más abajo aún, mestizos, indígenas y castas conformaban la mayoría de la población, sometida a tributos, trabajo forzado y una pobreza estructural que la bonanza minera no había aliviado.

Las reformas borbónicas del siglo XVIII habían exacerbado estas tensiones. La Corona española había intentado centralizar el control del Imperio, limitar el poder de los criollos, aumentar los impuestos y reducir la influencia de la Iglesia. La consolidación de vales reales de 1804, que obligó a la Iglesia a recaudar los capitales que había prestado a hacendados y comerciantes para enviarlos a España, arruinó a muchos propietarios criollos; el propio Hidalgo vio embargada una de sus haciendas. El resultado fue un malestar generalizado que afectaba tanto a los criollos ilustrados como a los campesinos del Bajío, golpeados además por la terrible crisis agrícola y la hambruna de 1809-1810.

El detonante inmediato llegó desde Europa. En 1808, Napoleón Bonaparte ocupó España, forzó en Bayona las abdicaciones de Carlos IV y Fernando VII y entregó la corona a su hermano José, y desencadenó una crisis de legitimidad en todo el Imperio español. Si el rey legítimo estaba preso, ¿a quién debían obediencia los virreinatos americanos? En la Ciudad de México, el ayuntamiento criollo propuso formar una junta y el virrey José de Iturrigaray pareció aceptarlo, hasta que un golpe de los comerciantes peninsulares lo destituyó en septiembre de 1808. La respuesta a esta pregunta dividió a la élite criolla entre quienes querían mantener el sistema bajo una junta autónoma y quienes empezaban a pensar en algo más radical: la ruptura definitiva con España.

La conspiración de Querétaro

Miguel Hidalgo y Costilla no llegó al Grito de Dolores de manera espontánea. Era parte de una conspiración criolla organizada, conocida como la Conspiración de Querétaro, en la que participaban figuras como el corregidor Miguel Domínguez, su esposa Josefa Ortiz de Domínguez —conocida después como «la Corregidora»— y el capitán Ignacio Allende.

El plan original era más cauto y más elitista. Los conspiradores pensaron primero en aprovechar la feria de San Juan de los Lagos, en diciembre de 1810, y después adelantaron el levantamiento a comienzos de octubre, para proclamar una junta autónoma criolla sin renunciar formalmente a la lealtad al rey Fernando VII. No era un plan revolucionario: era un golpe de Estado que pretendía desplazar a los peninsulares del poder sin alterar el orden social.

Pero en septiembre de 1810 la conspiración fue descubierta. Las autoridades virreinales comenzaron a detener a los implicados. Josefa Ortiz de Domínguez, encerrada en su casa por su propio marido, que trataba de aparentar lealtad ante las autoridades, consiguió hacer llegar el aviso a los conjurados. Juan Aldama llevó la noticia a Dolores, donde estaba Allende, en la noche del 15 al 16 de septiembre. En pocas horas, Hidalgo tomó una decisión que cambió todo: si la conspiración había sido descubierta, no había tiempo para planes ordenados. Había que actuar de inmediato y con los medios disponibles.

Esos medios eran los feligreses de su parroquia, los presos que liberó de la cárcel local y los trabajadores de los ranchos y haciendas cercanas. Al amanecer del 16 de septiembre, un ejército de pobres, armados con lo que tenían, comenzó a moverse.

El Grito y la toma de Guanajuato

Las primeras horas de la insurrección fueron más parecidas a un motín popular que a una campaña militar organizada. Hidalgo liberó a los presos de la cárcel de Dolores, tomó el cuartel local y avanzó hacia los pueblos vecinos. A medida que el ejército marchaba, miles de campesinos, indígenas y trabajadores de las minas se unían a la columna insurgente, atraídos por una mezcla de devoción hacia el cura, de odio acumulado hacia los peninsulares y de esperanza confusa en un cambio que nadie sabía exactamente cómo sería.

El símbolo que Hidalgo eligió para su ejército no fue una bandera de la independencia —esa idea todavía era difusa—, sino un estandarte de la Virgen de Guadalupe que tomó en el santuario de Atotonilco. Las reproducciones del estandarte guadalupano de Hidalgo siguen siendo uno de los objetos más reconocibles de la iconografía patria mexicana. La dimensión religiosa era inseparable de la política: para los indígenas y mestizos que engrosaban las filas insurgentes, marchar bajo el estandarte guadalupano era también un acto de fe y de identidad.

El 28 de septiembre de 1810, el ejército de Hidalgo —ya de decenas de miles de hombres— llegó a Guanajuato, una de las ciudades más ricas de la Nueva España gracias a sus minas de plata. Los peninsulares y criollos leales a la Corona se habían refugiado en la Alhóndiga de Granaditas, un gran almacén de grano convertido en fortaleza improvisada. El asalto a la Alhóndiga fue el primer gran episodio de violencia de la guerra: el intendente Juan Antonio Riaño murió en los primeros compases, los insurgentes tomaron el edificio y la matanza fue brutal. Centenares de refugiados murieron. El saqueo de la ciudad se prolongó durante días. Lucas Alamán, entonces un joven guanajuatense, lo presenció y lo narró décadas después en su Historia de Méjico.

Esta violencia tuvo consecuencias políticas inmediatas. Muchos criollos que habían simpatizado con la causa independentista se asustaron. La insurrección de Hidalgo ya no parecía el golpe controlado que habían planeado: era una guerra de castas, un levantamiento popular que amenazaba tanto a los peninsulares como a las propias élites criollas.

La marcha hacia la Ciudad de México y el repliegue

Tras Guanajuato, el ejército insurgente continuó creciendo y avanzando hacia el corazón del virreinato. En octubre de 1810, Hidalgo tomó Valladolid —la actual Morelia— y el 30 de octubre se enfrentó a las fuerzas realistas en la batalla del Monte de las Cruces, en las estribaciones occidentales del Valle de México. Los insurgentes ganaron la batalla, aunque con pérdidas enormes. El camino hacia la Ciudad de México estaba abierto.

Y entonces Hidalgo se detuvo. La razón de este repliegue —una de las decisiones más debatidas de la historia mexicana— nunca quedó completamente clara. Quizá fue la falta de artillería y munición. Quizá el temor a repetir en la capital los excesos de Guanajuato. Quizá la influencia de Allende y otros jefes militares más cautos. Lo cierto es que el ejército insurgente dio media vuelta y comenzó una retirada que marcó el inicio del declive militar de la primera fase de la independencia. El 7 de noviembre, Calleja lo derrotó en Aculco, y los insurgentes se dividieron: Allende marchó a Guanajuato e Hidalgo a Guadalajara, donde ordenó la ejecución de centenares de españoles.

En enero de 1811, en el Puente de Calderón, cerca de Guadalajara, el ejército realista bajo el mando del general Félix María Calleja derrotó decisivamente a los insurgentes. Miles de soldados, con poca disciplina y peor armamento, no pudieron resistir a una tropa profesional. Hidalgo, Allende y otros líderes huyeron hacia el norte buscando apoyo en los Estados Unidos, pero fueron capturados en marzo de 1811 en Acatita de Baján, en Coahuila. En julio de ese mismo año, Miguel Hidalgo fue fusilado en Chihuahua.

El significado histórico del Grito

El Grito de Dolores no fue solo el inicio de una guerra que duró once años y terminó con la independencia en 1821. Fue algo más específico y, a la vez, más difícil de definir: el momento en que una conspiración criolla de élite se convirtió, casi accidentalmente, en una insurrección popular de masas.

Esta transformación tiene consecuencias que todavía se discuten. Por un lado, convirtió la independencia mexicana en un proceso mucho más complejo y violento que el de otras naciones hispanoamericanas: no fue solo una guerra entre criollos y peninsulares, sino también una guerra de clases y de razas que dejó cicatrices profundas en la sociedad mexicana. Historiadores como Eric Van Young han mostrado, además, que muchos de los insurgentes luchaban por agravios locales y comunitarios que tenían poco que ver con el proyecto de los líderes criollos. Por otro lado, le dio a la independencia una base popular y una dimensión social que las élites criollas nunca habían querido —y que los líderes posteriores, como Iturbide, se apresurarían a neutralizar cuando consumaron la independencia en 1821 en sus propios términos.

La figura de Hidalgo y Morelos sintetiza esta tensión: dos sacerdotes que encarnaron el ala popular y radical de la independencia, que fueron derrotados militarmente pero que se convirtieron en los héroes fundacionales de la nación mexicana en buena medida porque su proyecto era el más inclusivo.

Hoy, cada 15 de septiembre por la noche, el presidente de México repite desde el balcón del Palacio Nacional el llamado que Hidalgo lanzó en Dolores. Las palabras exactas siguen siendo una recreación histórica, no una transcripción fiel. Pero el ritual señala algo verdadero: que la independencia mexicana nació no de un decreto ilustrado, sino de un grito en la oscuridad.

Cronología del Grito de Dolores y sus consecuencias inmediatas

FechaAcontecimiento
1808Invasión napoleónica de España; crisis de legitimidad en los virreinatos americanos
1809–1810Conspiración de Querétaro; planificación de una junta criolla autónoma
13–15 sept. 1810Descubrimiento de la conspiración; aviso de Josefa Ortiz de Domínguez a los conjurados
16 sept. 1810El Grito de Dolores; inicio de la marcha insurgente
28 sept. 1810Toma de la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato
30 oct. 1810Batalla del Monte de las Cruces; Hidalgo renuncia a atacar la capital
7 nov. 1810Derrota insurgente en Aculco
17 ene. 1811Derrota insurgente en la batalla del Puente de Calderón
21 mar. 1811Captura de Hidalgo, Allende y otros líderes insurgentes en Acatita de Baján
30 jul. 1811Fusilamiento de Miguel Hidalgo en Chihuahua

Mientras tanto en América

Lo que ocurría en otras partes del continente en 1810.

Para leer más

Historia de Méjico

Lucas Alamán

Crónica clásica del proceso independentista mexicano escrita por un testigo de la toma de Guanajuato, con especial atención a Hidalgo y los primeros insurgentes.

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Raíces de la insurgencia en México: historia regional, 1750-1824

Brian R. Hamnett

Análisis riguroso de las raíces regionales y sociales de la insurgencia mexicana entre 1750 y 1824.

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La otra rebelión: la lucha por la independencia de México, 1810-1821

Eric Van Young

Estudio fundamental sobre los campesinos e indígenas que engrosaron la insurgencia y sus motivaciones propias.

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