ConquistaSiglo XVI9 min de lectura
El mito de El Dorado
En pocas palabras
El mito de El Dorado: el origen muisca de la leyenda del hombre dorado, las expediciones que desencadenó y su impacto en la conquista de América.
En este artículo
Hay leyendas que matan. El mito de El Dorado —la ciudad o el reino o el hombre cubierto de oro que esperaba en algún lugar del interior de América del Sur— es una de ellas. Durante más de un siglo, entre la década de 1530 y bien entrado el siglo XVII, decenas de expediciones se internaron en los llanos, las selvas y las cordilleras de lo que hoy son Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Brasil buscando esa riqueza inagotable. La mayoría no regresaron. Los que lo lograron volvían diezmados por el hambre, las enfermedades y los ataques de los pueblos indígenas. El oro que buscaban nunca apareció.
Y sin embargo el mito no murió. Se transformó, se desplazó geográficamente, se adaptó a cada fracaso añadiendo un nuevo horizonte. Esa tenacidad no es un accidente: El Dorado dice algo fundamental sobre la psicología de la conquista y sobre la manera en que Europa proyectó sus fantasías sobre un continente que no comprendía.
Lo más llamativo de todo es que en su origen el mito era verdad, o al menos tenía un núcleo de realidad histórica. El problema fue el malentendido —deliberado o no— que lo transformó de un rito religioso en una promesa de riqueza material inagotable.
El origen: el ritual del lago Guatavita
El punto de partida de la leyenda es concreto y localizable. Los muiscas, pueblo que habitaba la sabana de Bogotá y sus alrededores cuando llegaron los conquistadores españoles, practicaban rituales de ofrenda en lagunas sagradas, entre ellas la de Guatavita, en las montañas de Cundinamarca. Según la descripción más célebre, la del cronista Juan Rodríguez Freyle en el siglo XVII, cuando se investía a un nuevo cacique de Guatavita el heredero era untado con una resina y cubierto de polvo de oro, navegaba en una balsa hasta el centro de la laguna y arrojaba al agua piezas de oro y esmeraldas como ofrenda. Es posible que el rito hubiera dejado de practicarse antes de la llegada de los españoles, cuando Guatavita cayó bajo el dominio del zipa de Bogotá. La famosa Balsa Muisca de oro hallada en 1969 en Pasca, hoy en el Museo del Oro de Bogotá, parece representar una escena semejante.
Este hombre dorado —en español de la época, el dorado— era una figura ritual, no un gobernante que vivía permanentemente recubierto de metal precioso. El oro se lavaba. Las ofrendas al lago eran un acto de comunicación con lo sagrado. Las primeras noticias del «indio dorado» llegaron a los españoles por varias vías hacia 1535-1540: a Sebastián de Belalcázar en Quito, a través de un indígena que hablaba de un señor que se cubría de oro en una laguna, y a los hombres de Gonzalo Jiménez de Quesada, que en 1537 alcanzaron la sabana de Bogotá. Todos filtraron la información a través de sus propias expectativas.
Si había un hombre que se bañaba en oro, razonaron, debía de haber una fuente inagotable de ese oro. Y si había esa fuente, debía de estar en algún lugar accesible. El ritual se convirtió en geografía, el rito en territorio, y el territorio en destino.
La construcción de la leyenda
Lo notable del mito de El Dorado es la velocidad con que se expandió y la credibilidad que adquirió entre personas que debían haberlo puesto en cuestión. En apenas una generación, El Dorado se desplazó del territorio muisca a los llanos, luego al Amazonas y al Orinoco, y se fundió con otros mitos como el País de la Canela, Omagua o Paititi. Cada expedición fallida no desacreditaba el mito: lo relocalizaba.
El mecanismo psicológico era sencillo pero poderoso. Los conquistadores que habían fracasado en encontrar El Dorado no podían admitir ante la Corona española ni ante sus propios soldados que habían perdido años de vida y miles de hombres persiguiendo una quimera. Era mucho más conveniente —y más creíble para el público europeo— afirmar que El Dorado existía pero que quedaba un poco más allá, tierra adentro, al otro lado de la siguiente cordillera.
A este fenómeno se añadía la contribución involuntaria de los pueblos indígenas. Cuando una expedición armada llegaba a una aldea exigiendo información sobre el oro, la respuesta más segura para los locales no era negar la existencia del tesoro —eso podía irritar a los visitantes peligrosos— sino señalar hacia el horizonte y asegurar que efectivamente había mucho oro, pero más lejos. Así se protegían y al mismo tiempo se libraban de los intrusos. El resultado fue que los conquistadores pasaron décadas siguiendo indicaciones que, en el fondo, eran una estrategia de supervivencia de los pueblos que intentaban alejarlos.
Las grandes expediciones en busca del mito
El catálogo de expediciones que generó el mito de El Dorado es extenso y trágico. En 1541, Gonzalo Pizarro —hermano del conquistador del Perú— partió de Quito hacia el oriente en busca del País de la Canela y de El Dorado, acompañado por Francisco de Orellana. La expedición degeneró en catástrofe: Pizarro regresó a Quito en 1542 con un puñado de supervivientes, mientras que Orellana, separado del grupo principal al descender el Napo, completó la primera navegación documentada del Amazonas y llegó a su desembocadura en agosto de 1542. No encontró El Dorado, pero el relato de fray Gaspar de Carvajal sobre riberas densamente pobladas y señores poderosos alimentó el mito durante décadas. Otros siguieron: el alemán Felipe de Hutten desde Venezuela (1541-1546), Pedro de Ursúa y Lope de Aguirre (1560-1561) o el propio Jiménez de Quesada, que ya anciano dirigió en 1569 una expedición desastrosa a los llanos.
En 1595 y 1617, el cortesano y corsario inglés Sir Walter Raleigh organizó dos expediciones al Orinoco buscando El Dorado en la región de la Guayana. Raleigh era un hombre culto y escéptico en muchas materias, pero la leyenda de Manoa y del lago Parima —una versión tardía de El Dorado, situada en las tierras altas de la Guayana— lo sedujo como había seducido a otros antes; en parte la conoció a través de su prisionero Antonio de Berrío, gobernador español de la Guayana, que llevaba años buscándola. Su Discoverie of the Large, Rich, and Beautiful Empyre of Guiana de 1595 es uno de los documentos más singulares de la literatura colonial inglesa, y también una de las piezas de propaganda geográfica más eficaces del período. La segunda expedición, en 1617-1618, costó la vida de su hijo en el ataque a la población española de Santo Tomé de Guayana y, al regresar sin el oro prometido y tras haber violado la paz con España, terminó con la decapitación de Raleigh en Londres por orden de Jacobo I, en octubre de 1618.
El Dorado como síntoma: qué dice el mito de la conquista
Más allá del catálogo de expediciones fallidas, el mito de El Dorado es un espejo que refleja las estructuras mentales de la conquista europea de América. En primer lugar, revela la persistencia de una mentalidad que no concebía el interior del continente como un espacio habitado por pueblos con sus propias lógicas y riquezas, sino como un depósito de recursos materiales que esperaba ser descubierto y extraído.
En segundo lugar, el mito muestra cómo Europa proyectó sobre América la fantasía del paraíso terrenal y la tierra de abundancia sin límites. Esta proyección no era neutral: alimentaba la empresa colonial con una promesa de recompensa que justificaba cualquier coste humano. Las muertes de soldados europeos y, sobre todo, de los indígenas que las expediciones encontraban o arrastraban consigo —masacrados, esclavizados, obligados a servir como guías y cargadores— quedaban subsumidas en la lógica de la búsqueda. Como explica John Hemming, muchas de estas expediciones llevaban consigo cientos de porteadores andinos, que fueron los que más murieron.
En tercer lugar, y quizá más interesante desde el punto de vista histórico, el mito ilustra la enorme distancia cultural entre los conquistadores y los pueblos que encontraban. Los muiscas tenían oro, sí, pero su relación con ese metal era fundamentalmente religiosa y política, no económica en el sentido europeo. El oro muisca no era riqueza acumulable: era medio de comunicación con lo sagrado, símbolo del poder legítimo, material de ofrenda. La incapacidad de los conquistadores para entender esa diferencia fue el motor que convirtió un ritual en una utopía geográfica.
La laguna de Guatavita y los intentos de desagüe
La ironía final del mito es que el lago Guatavita existe y fue objeto de múltiples intentos de vaciado a lo largo de los siglos. Ya hacia 1580, el comerciante Antonio de Sepúlveda obtuvo licencia de la Corona para desaguar la laguna. Abrió un gran corte en el borde —todavía visible—, consiguió bajar el nivel del agua varios metros y recuperó algunas piezas de oro, pero un derrumbe mató a muchos de los trabajadores y cortó las obras. En el siglo XIX y comienzos del XX hubo nuevos intentos, entre ellos el de una compañía británica que llegó a vaciar casi por completo la laguna hacia 1910; el fango se endureció al sol y el botín fue escaso.
En 1965, el gobierno colombiano declaró la laguna de Guatavita reserva natural y prohibió cualquier nueva intervención. Hoy es un lugar de visita turística y de importancia cultural para el pueblo muisca. Se estima que el fondo del lago contiene efectivamente piezas de orfebrería muisca arrojadas durante siglos de rituales —las piezas de orfebrería muisca encontradas en la región son testimonio de una tradición artesanal extraordinaria—, pero la cantidad total es imposible de determinar y con toda probabilidad muy inferior a lo que el mito prometía.
Cronología de El Dorado
| Fecha | Acontecimiento |
|---|---|
| 1535–1540 | Belalcázar en Quito y los hombres de Jiménez de Quesada en la sabana de Bogotá recogen las primeras noticias del «indio dorado» |
| 1541–1542 | Expedición de Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana; primera navegación del Amazonas |
| 1541–1546 | Felipe de Hutten dirige una expedición desde Venezuela en busca de El Dorado |
| 1560–1561 | Expedición de Pedro de Ursúa y el motín de Lope de Aguirre en el Amazonas |
| 1569–1572 | Expedición de Jiménez de Quesada a los llanos orientales |
| c. 1580 | Antonio de Sepúlveda intenta vaciar la laguna de Guatavita y recupera algunas piezas de oro |
| 1595 | Walter Raleigh remonta el Orinoco buscando El Dorado en la Guayana; publica Discoverie of Guiana |
| 1617–1618 | Segunda expedición de Raleigh; fracaso y ejecución del corsario inglés |
| 1965 | Colombia declara la laguna de Guatavita reserva natural y prohíbe nuevas excavaciones |
Para leer más
The Search for El Dorado
John Hemming
La reconstrucción más rigurosa del mito de El Dorado y las expediciones que desencadenó, escrita por el gran historiador de la conquista sudamericana.
Buscar en AmazonLos muiscas: la historia milenaria de un pueblo chibcha
Carl Henrik Langebaek
Síntesis actual sobre la sociedad muisca, el pueblo cuyo ritual del hombre dorado inspiró uno de los mitos más persistentes de la historia colonial.
Buscar en AmazonRelación del nuevo descubrimiento del famoso río Grande de las Amazonas
Fray Gaspar de Carvajal
La crónica del fraile que acompañó a Orellana, primer testimonio escrito sobre el Amazonas y sus pueblos.
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