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Conquista1532 — 15339 min de lectura

El rescate de Atahualpa: la sala llena de oro

En pocas palabras

El rescate de Atahualpa: el Inca ofreció llenar una sala de oro y dos de plata a cambio de su libertad. Pizarro cobró el tesoro y lo ejecutó en julio de 1533.

En este artículo
  1. La propuesta: llenar una sala de oro
  2. La maquinaria del rescate
  3. El reparto: cuando el oro llegó
  4. El proceso y la ejecución
  5. Por qué Pizarro ejecutó a Atahualpa
  6. Las consecuencias: el Imperio sin cabeza
  7. Cronología del rescate de Atahualpa

El 16 de noviembre de 1532, en la plaza de Cajamarca, Francisco Pizarro capturó al Sapa Inca Atahualpa en una emboscada que en pocas horas dejó miles de guerreros incas muertos y al gobernante del mayor imperio de América en manos de un puñado de conquistadores españoles. Lo que ocurrió a continuación apenas tiene parangón: el Inca ofreció llenar de oro una habitación entera a cambio de su libertad. Fue, probablemente, el mayor rescate de la historia. Y, sin embargo, no le salvó la vida.

El episodio del rescate de Atahualpa condensa, en unos pocos meses de 1532 y 1533, algunos rasgos esenciales de la conquista española de América: el peso de la codicia, la violencia como instrumento político y la distancia entre lo que los conquistadores prometían y lo que estaban dispuestos a cumplir.

La propuesta: llenar una sala de oro

Atahualpa no era un prisionero ordinario. Era el Sapa Inca, el hijo del Sol, el gobernante de un territorio que se extendía desde el sur de la actual Colombia hasta el centro de Chile y el noroeste de Argentina. Cuando fue conducido a su cautiverio en Cajamarca, comprendió con rapidez la naturaleza de sus captores: lo que los españoles querían, por encima de todo, era oro.

Según los testigos directos —el secretario Francisco de Jerez y Pedro Pizarro, primo del conquistador—, Atahualpa hizo su oferta pocos días después de su captura. Señaló la habitación donde estaba retenido —una estancia rectangular de unos siete metros de largo por algo más de cinco de ancho, según las medidas de Jerez— y prometió llenarla de oro hasta la altura de su brazo extendido, en torno a los dos metros y medio. Además, ofreció llenar dos veces esa misma sala con objetos de plata. Las crónicas dan detalles algo distintos; el relato de Francisco de Jerez es el más cercano a los hechos.

Pizarro aceptó. El pacto se registró ante escribano, y se trazó una raya en la pared de la habitación para marcar el nivel prometido. El llamado «cuarto del rescate» de Cajamarca pasaría a la historia como el símbolo más dramático de la codicia que impulsó la conquista de América.

La maquinaria del rescate

Para cumplir su promesa, Atahualpa movilizó las redes del Tahuantinsuyu con una eficiencia que resultó asombrosa para los propios españoles. Desde su cautiverio, el Inca siguió gobernando a través de emisarios y órdenes. Los chasquis —los corredores del sistema de comunicaciones inca— llevaron las instrucciones del soberano cautivo por todo el Imperio, y los españoles enviaron sus propias partidas al Cusco y a Pachacámac para acelerar la recogida.

El oro y la plata empezaron a llegar en cantidades que los cronistas describieron con dificultad para encontrar palabras adecuadas. Venían de Cuzco, la capital imperial, de los templos del Sol diseminados por todo el territorio, de los palacios reales, de los depósitos estatales. Las piezas eran de una calidad artística extraordinaria: vasos ceremoniales, estatuillas de animales, láminas que revestían los muros del Templo del Sol del Coricancha en Cuzco, plantas de maíz reproducidas en oro y plata.

Lo que ocurrió con estos objetos es uno de los episodios más lamentados por los historiadores y arqueólogos: los españoles los fundieron. Fundidores indígenas, trabajando durante semanas en varias fraguas, transformaron siglos de maestría artística andina en lingotes uniformes, más fáciles de transportar y de repartir. De los miles de objetos que componían el rescate, prácticamente ninguno sobrevivió como pieza. Lo que queda es el peso: según los registros del reparto y del quinto real —la quinta parte que correspondía a la Corona—, el rescate sumó algo más de 1,3 millones de pesos de oro, unos 6.000 kilos, y en torno a 12.000 kilos de plata, cifras que en términos actuales representarían cientos de millones de euros, aunque cualquier conversión moderna resulta engañosa dado el valor relativo de los metales preciosos en el siglo XVI.

Quien quiera hacerse una idea de la magnitud de esta riqueza puede consultar la obra de John Hemming sobre la conquista de los incas, una de las referencias más sólidas disponibles en castellano sobre este episodio.

El reparto: cuando el oro llegó

En junio de 1533 se realizó el reparto formal del rescate entre los conquistadores, una vez fundidos los metales y separado el quinto real. El acto tuvo lugar en Cajamarca y fue registrado con cuidado por los escribanos de la expedición, lo que nos permite conocer las cifras con relativa precisión.

Pizarro recibió la parte del león: más de 57.000 pesos de oro, además de la litera de oro del Inca, valorada por sí sola en una suma enorme. Su hermano Hernando, que poco después partiría hacia España con el quinto real, recibió también una porción destacada. Cada jinete recibió aproximadamente el doble que un infante. Los hombres de Almagro, llegados en abril de 1533, quedaron casi al margen: se les asignó una cantidad global muy inferior, lo que alimentó un resentimiento duradero.

La ceremonia del reparto fue, en sí misma, un acto político: estableció jerarquías, consolidó lealtades y sembró resentimientos que germinarían años después en las guerras civiles entre conquistadores —el conflicto que enfrentaría a los seguidores de Pizarro con los de Diego de Almagro y que terminaría con la muerte de ambos.

El proceso y la ejecución

La sala no llegó a llenarse del todo, pero el 18 de junio de 1533 Pizarro declaró cumplida la obligación de Atahualpa. Y, sin embargo, el Inca no fue liberado: en julio de 1533 fue juzgado y condenado a muerte.

El proceso contra Atahualpa es uno de los episodios más oscuros y debatidos de la conquista. Los cargos fueron varios: haber ordenado desde su prisión la muerte de su hermano Huáscar y conspirar para atacar a los españoles; algunas crónicas posteriores añaden la idolatría y la poligamia. La conspiración fue la acusación determinante, aunque su base factual es muy débil.

Los que más presionaron para que Atahualpa fuera ejecutado fueron Diego de Almagro y sus hombres, que apenas habían participado en el reparto y veían en el Inca vivo un obstáculo para seguir avanzando, junto con los oficiales reales, como el tesorero Alonso Riquelme. El fraile dominico Vicente de Valverde, que había hablado a Atahualpa en Cajamarca el día de la captura, dio su aprobación a la sentencia. En cambio, Hernando de Soto, que había tratado mucho al Inca, se oponía a la ejecución; fue enviado a comprobar los rumores de un ataque inca y, cuando regresó sin haber hallado ningún ejército, Atahualpa ya estaba muerto.

Pizarro dudó, pero al final aceptó la ejecución. Atahualpa fue condenado a morir quemado —la pena reservada para los herejes—, aunque a último momento Valverde lo convenció de aceptar el bautismo cristiano, lo que le permitió ser ejecutado por garrote en lugar de en la hoguera. Era el 26 de julio de 1533.

El bautismo fue un gesto que no cambiaba nada en términos sustanciales, pero que resultó significativo: si Atahualpa moría como cristiano, no moría como hereje. El Inca, que había demostrado una capacidad extraordinaria para adaptarse a sus captores y para usar las reglas del juego de sus adversarios en su propio beneficio, intentó hasta el final aprovechar los resquicios del sistema que lo condenaba.

Por qué Pizarro ejecutó a Atahualpa

La pregunta de por qué Pizarro ordenó la muerte de Atahualpa —habiendo este cumplido el rescate pactado— no tiene una respuesta única. Los historiadores han propuesto varias explicaciones que no son mutuamente excluyentes.

La primera es la del miedo: Pizarro tenía apenas unos pocos centenares de hombres en territorio inca. Los rumores de que un ejército inca, supuestamente al mando del general Rumiñahui, marchaba sobre Cajamarca bastaron para inclinar la balanza, aunque resultaron infundados. Con Atahualpa vivo y en sus manos, el equilibrio era precario; con Atahualpa muerto, el poder simbólico que daba cohesión al Imperio quedaba eliminado.

La segunda explicación es política: Atahualpa era demasiado poderoso para ser mantenido como rehén indefinidamente. Su capacidad para seguir gobernando el Imperio desde la prisión era una amenaza constante. La biografía de Francisco Pizarro de José Antonio del Busto muestra a un hombre pragmático antes que ideológico, capaz de decisiones brutales cuando las consideraba necesarias para la supervivencia de su empresa.

La tercera, más incómoda, es la codicia misma: el oro ya estaba fundido y repartido, y los recién llegados querían su propio botín, que solo podía estar en el Cusco. El Inca vivo ya no aportaba nada y estorbaba.

Las consecuencias: el Imperio sin cabeza

La muerte de Atahualpa no produjo la resistencia organizada inmediata que algunos en el bando español temían. El Imperio inca, profundamente dañado por la guerra civil entre Atahualpa y Huáscar, y sacudido por la epidemia que había precedido a los conquistadores, no encontró la unidad necesaria para una respuesta coordinada.

Pizarro nombró un nuevo Sapa Inca —Túpac Huallpa, otro hijo de Huayna Cápac, que murió pocos meses después— y marchó hacia Cuzco, con el apoyo de la facción de Huáscar. La capital cayó en noviembre de 1533, tras varios combates con los generales de Atahualpa. El proceso de conquista del Imperio inca se extendería durante décadas más, con resistencias dispersas y la llamada resistencia de Vilcabamba, pero el momento decisivo había sido Cajamarca.

El rescate de Atahualpa fue también el inicio de la gran transferencia de riqueza del Nuevo Mundo a Europa que transformaría la economía del siglo XVI. El oro y la plata peruanos —del rescate de Cajamarca y de los sucesivos saqueos y explotaciones mineras— financiaron guerras europeas, alimentaron la subida de precios del siglo XVI y sentaron las bases del sistema económico atlántico que dominaría los siglos siguientes. De la orfebrería inca que no pasó por los hornos quedan pocas piezas, casi todas halladas en enterramientos, y los libros sobre el arte del oro inca permiten imaginar lo que se perdió en Cajamarca.

Cronología del rescate de Atahualpa

FechaAcontecimiento
16 noviembre 1532Captura de Atahualpa en Cajamarca
Noviembre-diciembre 1532Atahualpa propone el rescate; Pizarro acepta
Diciembre 1532 — mayo 1533Llegada del oro y la plata de todo el Imperio
Abril 1533Llegada de Almagro con refuerzos a Cajamarca
Marzo — julio 1533Fundición de los metales y cálculo del quinto real
Junio 1533Reparto formal del rescate; Pizarro da por cumplida la obligación del Inca
Julio 1533Proceso judicial contra Atahualpa
26 julio 1533Bautismo y ejecución de Atahualpa por garrote en Cajamarca
Noviembre 1533Pizarro entra en Cuzco; caída de la capital inca

Mientras tanto en América

Lo que ocurría en otras partes del continente en 1532.

Para leer más

La conquista de los incas

John Hemming

La obra de referencia sobre la caída del Imperio inca, con el episodio del rescate de Atahualpa narrado con gran precisión documental.

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La ilusión del poder: apogeo y decadencia de los Pizarro en la conquista del Perú

Rafael Varón Gabai

Análisis riguroso de la empresa de los Pizarro, sus negocios y las dinámicas de poder que rodearon el reparto del botín.

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Los incas

Terence N. D'Altroy

El contexto del Tahuantinsuyu que Pizarro encontró: su organización, riqueza y las razones de su vulnerabilidad ante los españoles.

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