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Conquista1478 — 154110 min de lectura

Francisco Pizarro: biografía del conquistador del Perú

En pocas palabras

Francisco Pizarro, el conquistador extremeño que derribó el Imperio inca: su origen en Trujillo, la captura de Atahualpa, la fundación de Lima y su asesinato.

En este artículo
  1. Los primeros años: de Panamá al horizonte del sur
  2. Las dos primeras expediciones: años de fracaso y obstinación
  3. La conquista: la trampa de Cajamarca
  4. El rescate más grande de la historia y la ejecución del Inca
  5. Fundador de ciudades, creador de un nuevo orden
  6. Cronología de Francisco Pizarro
  7. La guerra entre conquistadores y la muerte de Pizarro
  8. El legado: grandeza y brutalidad

Francisco Pizarro nació, según la tradición más aceptada, hacia 1478 en Trujillo, Extremadura, una región que daría a la Corona un número desproporcionado de conquistadores. Era hijo ilegítimo de Gonzalo Pizarro el Largo, hidalgo y soldado en Italia y Navarra, y de Francisca González, una mujer de origen humilde. Creció sin educación formal —nunca aprendió a leer ni a escribir, y firmaba con una rúbrica que otros completaban con su nombre—. La leyenda de que fue porquero en su infancia es muy posterior y no está documentada. Nada en su origen auguraba que este hombre, sin linaje ni letras, habría de derribar el mayor Imperio de América del Sur.

Y sin embargo, cuando murió en Lima en 1541, asesinado por los seguidores de su antiguo socio, Francisco Pizarro había cambiado el curso de la historia de dos continentes. Había fundado ciudades, acumulado una fortuna enorme y derribado el Estado más extenso de la América precolombina, con consecuencias que aún se discuten.

Los primeros años: de Panamá al horizonte del sur

Pizarro llegó a las Indias en torno a 1502, en la misma flota que traía al gobernador Nicolás de Ovando a La Española. Durante los años siguientes participó en diversas expediciones por el Caribe y el istmo de Panamá. Estuvo con Vasco Núñez de Balboa cuando este cruzó el istmo en 1513 y avistó el Océano Pacífico —al que los españoles llamaron Mar del Sur—, un momento que marcaría la imaginación de toda una generación de conquistadores.

Asentado en Panamá, Pizarro se convirtió en un hombre de cierta posición local, con encomiendas y ganado. Podría haber llevado una vida cómoda. Pero las noticias que circulaban entre los indígenas —las historias de un gran Imperio al sur, de montañas de oro y plata— le resultaron imposibles de ignorar.

En 1524 firmó con Diego de Almagro y el clérigo Hernando de Luque la que se conoce como la Compañía del Levante: una sociedad de tres hombres para explorar, conquistar y repartirse lo que encontrasen al sur del istmo. Era una empresa privada, financiada por los propios socios y por inversores panameños, sin más respaldo oficial que el permiso del gobernador Pedro Arias Dávila.

Las dos primeras expediciones: años de fracaso y obstinación

Las dos primeras expediciones al Perú, en 1524-1525 y en 1526-1528, fueron un largo catálogo de penalidades. Hambre, enfermedades, ataques indígenas, costas sin puerto y selvas sin fin. En la primera no llegaron a ver nada que justificase el esfuerzo. En la segunda sí: las costas del actual Ecuador y el norte del Perú comenzaron a revelar evidencias de una civilización avanzada —cerámica elaborada, tejidos de lana fina, mercaderes en balsas de madera con velas y carga de plata—, pero el gobernador de Panamá ordenó la retirada.

Fue entonces cuando Pizarro protagonizó uno de los gestos más famosos de la conquista americana. Reunidos en la isla del Gallo (frente a las costas colombianas), ante la orden de volver a Panamá, Pizarro trazó una raya en la arena con su espada y, según la tradición, dijo a sus hombres que por un lado se iba al Perú a ser ricos y por el otro a Panamá a ser pobres, y que cada cual eligiera. Trece hombres cruzaron la raya. Tras meses de espera en la isla de la Gorgona, el gobernador acabó enviándoles un barco.

Con esos «Trece de la Fama» y el piloto Bartolomé Ruiz, Pizarro llegó por primera vez a territorio inca, tocó tierra en Túmbez en 1528 y comprobó la riqueza del Imperio. Regresó a España con muestras de oro, tejidos y llamas, y en 1529 obtuvo la Capitulación de Toledo —firmada por la emperatriz Isabel en nombre de Carlos V—, que le nombraba gobernador, capitán general y adelantado del Perú. Volvió a Panamá con sus hermanos Hernando, Juan y Gonzalo para organizar la expedición definitiva.

La conquista: la trampa de Cajamarca

La tercera expedición partió de Panamá en enero de 1531 con unos 180 hombres y algunas decenas de caballos. Eran fuerzas ridículas para enfrentarse a un Imperio de millones de habitantes. Pero Pizarro contaba con algo más que las armas: el Imperio inca estaba desgarrado por una guerra civil entre dos hijos del difunto Huayna Cápac, Huáscar y Atahualpa, y era Atahualpa quien acababa de imponerse cuando los españoles llegaron.

Tras meses de avance por la costa y la sierra, Pizarro llegó a Cajamarca en noviembre de 1532. Atahualpa, seguro de su poder, aceptó reunirse con los extranjeros. El 16 de noviembre de 1532, en la plaza de Cajamarca, tuvo lugar uno de los encuentros más decisivos de la historia americana: el dominico Vicente de Valverde le exhortó a aceptar la fe cristiana y la soberanía del rey y le tendió un breviario; el Sapa Inca lo examinó y lo arrojó al suelo. Fue la señal que Pizarro esperaba. La artillería española abrió fuego sobre una multitud inca en su mayoría desarmada. En pocas horas, miles de personas habían muerto y Atahualpa estaba preso.

La captura del Inca paralizó el Imperio. Sin cabeza visible, el aparato administrativo del Tahuantinsuyo no supo cómo reaccionar ante los invasores. Pizarro había asestado un golpe mortal a un Estado que gobernaba a varios millones de personas —las estimaciones oscilan entre seis y más de diez—. La obra de John Hemming, La conquista de los incas, sigue siendo la mejor reconstrucción de esta jornada, con toda su brutalidad y su cálculo.

El rescate más grande de la historia y la ejecución del Inca

Atahualpa comprendió rápidamente lo que querían los españoles. Ofreció llenar de oro la habitación donde estaba preso —una sala de unos 35 metros cuadrados— hasta la altura de su brazo extendido, y otras dos veces de plata. El tesoro, reunido de todos los rincones del Imperio, fue entregado. Se fundió en lingotes y se repartió entre los soldados de Cajamarca. Cada jinete recibió una fortuna equivalente a décadas de trabajo de un artesano europeo.

Pero Pizarro, presionado por los hombres de Almagro y los oficiales reales, alarmado por rumores de un ataque inca y convencido de que Atahualpa era un peligro político mientras estuviera vivo, lo sometió a un juicio sumario con acusaciones de muy dudoso fundamento y lo condenó a muerte. El 26 de julio de 1533, Atahualpa fue ejecutado en la plaza de Cajamarca. El pretexto jurídico era tan endeble que incluso algunos conquistadores lo protestaron. La muerte del Inca eliminaba el único pegamento que aún mantenía cohesionado al Imperio.

En los meses siguientes, Pizarro marchó sobre el Cuzco, la capital inca, a la que tomó en noviembre de 1533. Llegó acompañado de miles de guerreros de la facción de Huáscar, que veían en los españoles aliados contra los generales de Atahualpa, y entronizó a Manco Inca como soberano dependiente para dar apariencia de legitimidad a su dominio. Tres años después, Manco se rebelaría y pondría a los españoles contra las cuerdas.

Fundador de ciudades, creador de un nuevo orden

Una vez asegurado el control militar sobre el Cuzco, Pizarro emprendió la tarea de organizar administrativamente los territorios conquistados. Fundó la Ciudad de los Reyes —Lima— el 18 de enero de 1535, junto al río Rímac y cerca de un buen puerto natural, el Callao, para facilitar las comunicaciones con Panamá y España. Lima se convirtió rápidamente en el centro del poder español en América del Sur.

Se fundaron también Jauja (1534) y Trujillo (1534-1535), y Pizarro distribuyó encomiendas entre sus soldados. El orden que implantó reproducía los mecanismos ya ensayados en las Antillas y en México: tributo y trabajo de la población indígena a cambio de una protección y una evangelización que con frecuencia quedaban en el papel. Pizarro buscó también la alianza con la nobleza incaica: tuvo hijos con Inés Huaylas Yupanqui, hija de Huayna Cápac, entre ellos Francisca Pizarro Yupanqui, una de las primeras grandes mestizas del Perú.

Pero Pizarro no era un administrador. Era un hombre de acción, acostumbrado a la dureza y a la improvisación, y las tensiones entre sus lugartenientes —especialmente entre él y Diego de Almagro— comenzaron a envenenar el orden que había construido.

Cronología de Francisco Pizarro

FechaAcontecimiento
~1478Nacimiento en Trujillo, Extremadura
1502Llega a las Indias, probablemente con la flota de Ovando
1513Participa en el descubrimiento del Pacífico con Balboa
1524–1525Primera expedición al sur, sin éxito
1526–1528Segunda expedición; primer contacto real con territorio inca
1529Capitulaciones de Toledo: la Corona le nombra gobernador del Perú
1531–1532Tercera expedición; llegada a Cajamarca
16 nov. 1532Captura de Atahualpa en la batalla de Cajamarca
26 jul. 1533Ejecución de Atahualpa
Nov. 1533Toma del Cuzco, capital del Imperio inca
18 ene. 1535Fundación de Lima (Ciudad de los Reyes)
1537–1538Guerra civil entre Pizarro y Almagro; ejecución de Almagro
26 jun. 1541Asesinato de Francisco Pizarro en Lima

La guerra entre conquistadores y la muerte de Pizarro

El quiebre definitivo entre Pizarro y Almagro llegó tras la desastrosa expedición de este último a Chile (1535–1537), que no halló las riquezas prometidas y dejó a Almagro en la ruina y el rencor. A su regreso, Almagro tomó el Cuzco y apresó a los hermanos de Pizarro. La negociación fracasó. En abril de 1538, en la batalla de Las Salinas, las fuerzas de los Pizarro, al mando de Hernando, derrotaron a las de Almagro. Hernando lo hizo procesar y ejecutar a garrote en el Cusco; Francisco, que se mantuvo lejos, dijo después no haberlo ordenado, aunque pocos le creyeron.

La muerte de Almagro no resolvió el problema: dejó vivo a un partido de «almagristas» resentidos, desposeídos y con ganas de venganza. El 26 de junio de 1541, un grupo de partidarios del hijo de Almagro irrumpió en el palacio de Pizarro en Lima y lo asesinó. Pizarro, de unos sesenta y tres años, murió luchando, según los cronistas. Fue enterrado apresuradamente; sus restos, identificados en 1977 en una cripta de la catedral de Lima, se conservan en ella.

El legado: grandeza y brutalidad

Francisco Pizarro es una figura que la historia no puede juzgar de manera simple. Su hazaña militar —derribar con menos de doscientos hombres un Imperio de millones— sigue asombrando. Supuso un cálculo frío, una audacia excepcional y una buena dosis de fortuna: la guerra civil inca, las enfermedades europeas que habían golpeado a la población antes de su llegada, la asimetría tecnológica y, no menos importante, el apoyo de los muchos pueblos andinos y facciones incaicas que se aliaron con los españoles.

Pero Pizarro es también responsable directo de la violencia de la conquista: el saqueo de los tesoros incas, la ejecución de Atahualpa, los abusos sobre la población y la guerra que siguió. No destruyó toda la sociedad andina —sus comunidades, sus lenguas y parte de su nobleza sobrevivieron bajo el dominio colonial—, pero sí el Estado inca y su orden político. La historia de la conquista vista desde el lado inca ha sido recuperada gracias a cronistas indígenas como Felipe Guaman Poma de Ayala, cuya Nueva corónica y buen gobierno ofrece una perspectiva radicalmente distinta a la de los vencedores.

Su figura sigue siendo objeto de debate en el Perú actual, donde conviven la admiración por el fundador de Lima y el rechazo por el destructor del Tahuantinsuyo. La estatua ecuestre de Pizarro, que desde 1935 estuvo junto a la catedral en la Plaza Mayor de Lima, fue trasladada en 1952 a una plazuela lateral y en 2003 al Parque de la Muralla, tras una larga polémica. El debate sobre su lugar en la memoria pública peruana no está cerrado. Para un retrato documentado y sin hagiografía, la referencia sigue siendo la biografía de José Antonio del Busto.

Mientras tanto en América

Lo que ocurría en otras partes del continente en 1478.

Para leer más

Historia de la conquista del Perú

William H. Prescott

El clásico del siglo XIX que relata con gran detalle la vida de Pizarro y la caída del Imperio inca, todavía valioso por su riqueza narrativa.

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Francisco Pizarro, el marqués gobernador

José Antonio del Busto Duthurburu

La biografía de referencia sobre Pizarro, escrita por uno de los grandes especialistas peruanos en la conquista.

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La conquista de los incas

John Hemming

El relato de referencia sobre la caída del Imperio inca, con especial atención al papel de Pizarro y de sus hermanos.

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