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Historia de América
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Conquista1538 — 154810 min de lectura

Diego de Almagro y la guerra entre conquistadores

En pocas palabras

Diego de Almagro y Francisco Pizarro se enfrentaron en una guerra civil que desangró a los conquistadores del Perú. Historia del conflicto y sus consecuencias.

En este artículo
  1. Un hombre hecho desde la nada
  2. El reparto desigual del Imperio inca
  3. La expedición a Chile: el infierno de los Andes
  4. La batalla de Las Salinas y la ejecución de Almagro
  5. La venganza de Almagro el Mozo
  6. Cronología del conflicto

La conquista de América no fue solo una empresa contra los pueblos indígenas. Fue también, y con una intensidad que los libros de texto suelen minimizar, una guerra de los conquistadores contra sí mismos. En el Perú del siglo XVI, los hombres que habían derrotado al Imperio inca volvieron las armas unos contra otros en una serie de conflictos fratricidas que duraron más de una década y que dejaron un rastro de sangre española entre los Andes. En el centro de esa tragedia están dos nombres inseparables: Francisco Pizarro y Diego de Almagro.

Socios desde los primeros y duros años de la exploración en el Pacífico, compañeros en la gesta de la conquista del Imperio inca, terminarían enfrentados en una guerra civil cuya primera víctima fue el propio Almagro —ajusticiado por orden de Pizarro en 1538— y cuya segunda sería el propio Pizarro, asesinado tres años después por los partidarios del hijo de su antiguo socio. La historia de Diego de Almagro muestra cómo el agravio y el reparto desigual del botín acabaron con una sociedad de más de diez años.

Un hombre hecho desde la nada

Diego de Almagro nació hacia 1475 en la villa de Almagro, en el actual Ciudad Real. Era hijo ilegítimo —de Juan de Montenegro y Elvira Gutiérrez, según la tradición más aceptada— y fue criado lejos de sus padres. A diferencia de muchos conquistadores que provenían de familias hidalgas venidas a menos, Almagro no tenía apellido conocido —tomó el nombre de la villa donde creció— ni linaje que mostrar. Era, en el sentido más literal, un hombre hecho desde la nada.

Llegó a las Indias en 1514 con la gran armada de Pedrarias Dávila y se estableció en el Darién, en el istmo de Panamá, donde comenzó a labrarse una reputación de soldado valiente y eficaz. Allí conoció a Francisco Pizarro, con quien compartiría las dos décadas siguientes de su vida. Su físico era llamativo: tuerto —perdió un ojo por un flechazo durante los primeros viajes hacia el sur, hacia 1524—, de baja estatura pero fuerte y enérgico. Los cronistas que lo conocieron coinciden en describirle como un hombre generoso con sus soldados, campechano en el trato y capaz de inspirar una lealtad personal extraordinaria. Esas mismas cualidades lo harían enormemente peligroso para Pizarro cuando la alianza se quebró.

La sociedad que Pizarro y Almagro —junto con el clérigo Hernando de Luque— formaron en Panamá hacia 1524 para explorar y conquistar el Perú es uno de los acuerdos más curiosos de la historia de la conquista. Tres hombres sin grandes recursos acordaron compartir a partes iguales los trabajos, los peligros y los beneficios de una empresa que todavía no era más que una esperanza. Almagro se encargó durante años del aprovisionamiento y el reclutamiento de hombres en Panamá mientras Pizarro dirigía las exploraciones hacia el sur. Fue una división del trabajo que funcionó bien durante la fase preparatoria pero que sembraría las semillas del conflicto futuro: Pizarro estaba siempre en primera línea y acumulaba prestigio militar; Almagro, en la retaguardia logística, quedaba en un segundo plano que no reflejaba su inversión real.

El reparto desigual del Imperio inca

La conquista del Imperio inca entre 1532 y 1533 fue un éxito que superó las expectativas más optimistas. La captura de Atahualpa en Cajamarca y el colosal rescate exigido en oro y plata transformaron a los conquistadores de Pizarro en hombres inmensamente ricos. Almagro llegó tarde a Cajamarca, en abril de 1533: no estuvo presente en la captura del Inca y apenas participó en el reparto del rescate de Atahualpa. El estudio de Rafael Varón Gabai La ilusión del poder muestra cómo el clan Pizarro controló desde entonces los resortes de la empresa. Recibió una compensación, pero sustancialmente menor que la de quienes habían estado en Cajamarca desde el principio.

Aquel reparto se sumaba a un agravio anterior. En 1529, en la Capitulación de Toledo, Francisco Pizarro —que había viajado personalmente a la corte— obtuvo para sí los títulos de gobernador, capitán general y adelantado del Perú, mientras que a Almagro solo se le concedió la tenencia de la fortaleza de Túmbez y la hidalguía. Almagro sintió que su socio había negociado para sí mismo y para su familia, no para la compañía; la reconciliación posterior fue siempre precaria.

Almagro tragó el agravio, al menos temporalmente. En 1534, gracias a las gestiones de Hernando Pizarro en la corte, la Corona le concedió una gobernación propia, Nueva Toledo, de doscientas leguas al sur de la de Pizarro, que debía conquistar. La frontera entre ambas quedó mal definida, y el Cusco, la joya del antiguo imperio, quedaba en una zona que los dos reclamaban. Esas tierras al sur eran Chile, y la expedición que se organizó para conquistarlas sería la aventura más amarga de su vida.

La expedición a Chile: el infierno de los Andes

En 1535 Almagro partió hacia el sur al frente de unos quinientos españoles y miles de auxiliares indígenas, muchos de ellos reclutados a la fuerza. El camino que eligió para cruzar los Andes fue de una dureza extraordinaria: un paso cordillerano a más de cuatro mil metros de altitud —probablemente el de San Francisco, aunque el itinerario exacto se discute—, en pleno invierno austral. El frío mató a numerosos españoles, a decenas de caballos y, sobre todo, a un número muy elevado de porteadores indígenas. Las crónicas de la expedición son un catálogo del sufrimiento humano: soldados que perdieron los dedos de las manos y los pies por la congelación, indígenas aliados que murieron por millares, hombres que llegaron al extremo de matar y comerse a sus propios animales.

Chile resultó ser una decepción total. No había imperios ricos que saquear, ni ciudades llenas de oro. Las poblaciones mapuches resistían con ferocidad, y el territorio era inmenso y disperso. Almagro regresó al Perú a comienzos de 1537, por el desierto de Atacama, con las manos vacías, la tropa diezmada y la moral destrozada. Mientras él había sufrido en los Andes, Pizarro había consolidado su control sobre el Perú, fundado Lima y repartido encomiendas entre sus partidarios.

A su regreso, el Perú estaba en llamas. En 1536 Manco Inca se había rebelado y sus ejércitos habían sitiado durante meses el Cusco, donde resistían unos doscientos españoles al mando de Hernando y Gonzalo Pizarro. Cuando Almagro llegó, en la primavera de 1537, el cerco se había aflojado; sus tropas se enfrentaron a las de Manco, que acabó retirándose a Vilcabamba.

La batalla de Las Salinas y la ejecución de Almagro

La ruptura definitiva llegó entonces. En abril de 1537 Almagro, convencido de que el Cusco caía dentro de su gobernación, entró en la ciudad y apresó a Hernando y Gonzalo Pizarro. En julio derrotó en Abancay a las tropas que Francisco Pizarro enviaba en socorro, al mando de Alonso de Alvarado. Gonzalo logró fugarse; Hernando fue liberado a finales de 1537 tras unas negociaciones en las que Francisco Pizarro aceptó someter la disputa a arbitraje. Fue una táctica dilatoria: una vez libre Hernando, los Pizarro rompieron los acuerdos.

El enfrentamiento militar entre los dos bandos se produjo el 26 de abril de 1538 en las salinas que daban nombre a la batalla, a pocos kilómetros del Cusco. Los almagristas —los seguidores de Almagro, que ya eran conocidos popularmente como «los de Chile» en referencia a su desventurada expedición— fueron derrotados. Almagro, enfermo, que había seguido la batalla desde unas andas, fue capturado.

El juicio que siguió fue una farsa. Hernando Pizarro impulsó el proceso contra el hombre que lo había tenido preso y le había perdonado la vida apenas unos meses antes. La condena a muerte era el resultado inevitable: el 8 de julio de 1538 Almagro fue ejecutado a garrote en su prisión y su cadáver, decapitado en la plaza del Cusco. Tenía alrededor de sesenta y tres años.

Su ejecución provocó indignación, incluso entre quienes no eran sus partidarios, y la noticia fue muy mal recibida en la corte. Hernando Pizarro, que volvió a España en 1539 para justificarse, fue encarcelado en el castillo de la Mota, en Medina del Campo, donde pasó unos veinte años; la muerte de Almagro pesó mucho en su proceso.

La venganza de Almagro el Mozo

Diego de Almagro dejaba un hijo mestizo, nacido hacia 1520 de una indígena panameña, al que también llamaban Diego de Almagro —conocido en la historiografía como «el Mozo»—. Tenía unos dieciocho años cuando su padre fue ejecutado y heredó tanto el nombre como el rencor de los almagristas.

Los «de Chile» eran hombres arruinados: sin encomiendas, sin tierras, sin perspectivas. Francisco Pizarro los había marginado sistemáticamente del reparto de los beneficios del Perú. El 26 de junio de 1541, una veintena de ellos, encabezados por Juan de Herrada, irrumpió en el palacio de Pizarro en Lima. La mayoría de los invitados huyó; con el gobernador cayeron su medio hermano Francisco Martín de Alcántara y algunos pajes y criados. Pizarro murió a estocadas. Según la tradición, trazó una cruz en el suelo con su propia sangre y la besó antes de morir.

Almagro el Mozo fue proclamado gobernador por sus seguidores, pero su poder duró poco más de un año. El enviado de la Corona, Cristóbal Vaca de Castro, derrotó a los almagristas en la batalla de Chupas el 16 de septiembre de 1542, una de las más sangrientas de las guerras civiles. Almagro el Mozo fue capturado, juzgado y decapitado en el Cusco, en la misma plaza donde había muerto su padre. Tenía unos veintidós años.

La guerra entre conquistadores no terminó ahí. Los años siguientes verían nuevas rebeliones —la de Gonzalo Pizarro, la de Francisco Hernández Girón— que mantuvieron el Perú en un estado de violencia casi permanente hasta mediados del siglo XVI. Las Leyes Nuevas de 1542, promulgadas por la Corona para limitar la encomienda y el poder de los conquistadores, desataron en el Perú la rebelión de Gonzalo Pizarro y endurecieron aún más el enfrentamiento entre los conquistadores y la administración real. El relato de primera mano de todo este ciclo está en las Guerras civiles del Perú de Cieza de León, y la mejor síntesis clásica sigue siendo la Historia de la conquista del Perú de Prescott.

Cronología del conflicto

FechaAcontecimiento
~1475Nacimiento de Diego de Almagro en Ciudad Real
1524–1528Primeras expediciones de exploración hacia el Perú junto a Pizarro
1529Capitulación de Toledo: Pizarro gobernador; Almagro, solo alcaide de Túmbez
1532Captura de Atahualpa en Cajamarca; Almagro no está presente
1534La Corona concede a Almagro la gobernación de Nueva Toledo
1535–1537Expedición de Almagro a Chile; fracaso y regreso con las manos vacías
Abril de 1537Almagro toma el Cusco y apresa a los hermanos Pizarro
26 de abril de 1538Batalla de Las Salinas; derrota de los almagristas
8 de julio de 1538Ejecución de Diego de Almagro en el Cusco
26 de junio de 1541Asesinato de Francisco Pizarro por los partidarios de Almagro el Mozo
Septiembre de 1542Batalla de Chupas; derrota y posterior ejecución de Almagro el Mozo
20 de noviembre de 1542Promulgación de las Leyes Nuevas

Mientras tanto en América

Lo que ocurría en otras partes del continente en 1538.

Para leer más

La conquista del Perú

William H. Prescott

Clásico indispensable sobre la conquista del Imperio inca, con amplia atención a los enfrentamientos entre Pizarro y Almagro.

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Guerras civiles del Perú

Pedro de Cieza de León

Crónica de primera mano sobre los conflictos entre conquistadores, escrita por uno de los mejores cronistas del siglo XVI.

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La ilusión del poder: apogeo y decadencia de los Pizarro en la conquista del Perú

Rafael Varón Gabai

Estudio del clan Pizarro, sus negocios y sus redes de poder, imprescindible para entender por qué la sociedad con Almagro acabó en guerra.

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