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Siglo XX1910 — 192310 min de lectura

Emiliano Zapata y Pancho Villa: los caudillos de la Revolución mexicana

En pocas palabras

Emiliano Zapata y Pancho Villa, los dos grandes caudillos de la Revolución mexicana: sus vidas, sus ideales y su legado en la historia de América Latina.

En este artículo
  1. Dos mundos, un mismo México roto
  2. La chispa: Madero y el inicio de la revolución
  3. El ejército del norte y el ejército del sur
  4. La Convención de Aguascalientes y el momento cumbre
  5. Cronología de Zapata y Villa
  6. La derrota y la muerte
  7. El legado: dos mitos que no se apagan

En diciembre de 1914, dos ejércitos de campesinos y rancheros entraron en la Ciudad de México. Las tropas del sur, bajo las banderas del general Emiliano Zapata, y las del norte, la División del Norte de Francisco «Pancho» Villa, desfilaron por el centro de la capital con sus huaraches y sus sombreros de ala ancha. Una fotografía inmortalizó a Villa sentado en la silla presidencial del Palacio Nacional, con Zapata a su lado: dos caudillos que no aspiraban a gobernar el país, en el lugar más visible del poder.

Aquella imagen resume una paradoja fundamental de la Revolución mexicana: sus fuerzas más radicales, las que de verdad ponían en cuestión el orden existente, nunca llegaron a imponer su programa. Zapata y Villa ganaron batallas y perdieron la guerra política. Y sin embargo, su derrota militar no significó el fin de sus ideas. El agrarismo zapatista y el populismo villista perviven, de formas diversas, en la historia latinoamericana del siglo XX.

Estudiar a Zapata y Villa juntos —como se hace aquí, aunque sus vidas y sus proyectos tuvieron diferencias notables— permite entender qué clase de revolución fue la mexicana: no un simple cambio de élites, sino una convulsión social que puso en pie a sectores que la historiografía había ignorado durante siglos.

Dos mundos, un mismo México roto

Emiliano Zapata nació en 1879 en Anenecuilco, un pueblo del estado de Morelos. Era hijo de campesinos mestizos con tierras propias, lo cual lo situaba en un escalón modesto pero no mísero de la sociedad rural. Lo que marcó su infancia y su juventud fue la presión constante de las haciendas azucareras sobre las tierras comunales del pueblo. Las haciendas —grandes propiedades latifundistas favorecidas por el régimen de Porfirio Díaz— avanzaban sobre los ejidos con documentos legales fabricados o con la complicidad de los jueces. En 1909, con treinta años, los vecinos de Anenecuilco lo eligieron presidente de la junta que defendía las tierras del pueblo.

Francisco Villa —su nombre real era Doroteo Arango— nació en 1878 en el estado de Durango, en una familia de aparceros en condiciones de pobreza extrema. Su entrada en el mundo del bandidaje —antes de convertirse en revolucionario— es un episodio debatido, pero lo que está fuera de duda es que el norte árido y violento de México, con sus enormes latifundios ganaderos y su frontera porosa con Estados Unidos, lo formó de manera completamente distinta a Morelos. Villa era un hombre del desierto y de la frontera; Zapata, del campo húmedo y comunal del sur. Esa diferencia de origen explica, en parte, por qué sus proyectos revolucionarios, siendo ambos radicales, no fueron idénticos.

Lo que los unía era el porfiriato: más de tres décadas de dictadura modernizadora que había concentrado la tierra en pocas manos, suprimido las libertades políticas y construido un Estado que favorecía sistemáticamente a los hacendados, los inversores extranjeros y la elite urbana sobre los campesinos, los indígenas y los pobres rurales.

La chispa: Madero y el inicio de la revolución

Cuando Francisco I. Madero lanzó su llamamiento revolucionario en noviembre de 1910 —el Plan de San Luis— para derrocar a Díaz, Zapata y Villa respondieron al llamado pero con motivaciones propias. Para Villa, fue una oportunidad de legalizar su situación y obtener reconocimiento; para Zapata, era la posibilidad de recuperar las tierras robadas al pueblo de Morelos.

Díaz cayó en 1911 y Madero ocupó la presidencia. Pero la luna de miel fue brevísima. Zapata exigió de inmediato la restitución de tierras comunales; Madero, un liberal moderado que no quería alterar bruscamente la estructura de la propiedad, le exigió desarmar a sus hombres antes de atender sus demandas, mientras la prensa capitalina lo presentaba como un bandido. En noviembre de 1911, Zapata promulgó el Plan de Ayala, probablemente el documento agrario más radical de toda la revolución: declaraba nulas las usurpaciones de tierras por las haciendas y exigía la devolución inmediata de ejidos y tierras comunales, por la fuerza si era necesario. La fractura entre el zapatismo y el maderismo fue ya insalvable.

Villa, mientras tanto, operaba en el norte con una lealtad más personal y menos ideológica. En 1912, mientras combatía la rebelión de Pascual Orozco, fue arrestado por orden del general Huerta —el mismo que después traicionaría a Madero— y estuvo a punto de ser fusilado; Madero le conmutó la pena, pero siguió preso. A finales de ese año escapó de la cárcel y huyó a Estados Unidos, de donde volvió en marzo de 1913 para unirse a la resistencia contra Huerta.

El ejército del norte y el ejército del sur

El asesinato de Madero en febrero de 1913, tras el golpe del general Victoriano Huerta respaldado por el embajador estadounidense Henry Lane Wilson, unificó momentáneamente a las fuerzas revolucionarias. Zapata, Villa, Venustiano Carranza y Álvaro Obregón convergieron en el objetivo de derrocar al usurpador. Pero sus alianzas eran tácticas, no ideológicas.

Villa construyó la División del Norte, el ejército más poderoso de la revolución. Era un ejército móvil, ferroviario, que dependía de la captura de ganado y de los ferrocarriles del norte para sus abastecimientos. Villa era un general intuitivo, capaz de movimientos audaces que desconcertaban al enemigo. Sus victorias en Chihuahua, Torreón y Zacatecas lo convirtieron, durante 1913 y 1914, en el jefe militar más poderoso de México. Para comprender la dimensión de su maquinaria militar, los libros del historiador Friedrich Katz —especialmente su monumental biografía de Pancho Villa— siguen siendo referencia obligada.

Zapata, en cambio, nunca buscó construir un ejército convencional. El Ejército Libertador del Sur era una guerrilla territorial: los hombres de Morelos peleaban cerca de sus pueblos, conocían cada barranco y cada vereda, y volvían a sus labores agrícolas entre campaña y campaña. Era un ejército difícil de destruir precisamente porque no tenía un centro identificable. Y su programa era claro y concreto: la tierra, más que el control del Estado.

La Convención de Aguascalientes y el momento cumbre

Derrotado Huerta en julio de 1914, los vencedores tenían que decidir quién gobernaba México. La Convención de Aguascalientes, reunida en octubre de ese año, fue el intento de crear un gobierno de consenso entre las facciones revolucionarias. Zapata y Villa acordaron apoyar al gobierno convencionista de Eulalio Gutiérrez frente al constitucionalismo de Carranza.

Fue en ese contexto en que se produjo el encuentro de Xochimilco, en diciembre de 1914, cuando Zapata y Villa se reunieron por primera vez. La versión taquigráfica de esa conversación muestra a dos hombres que se reconocían mutuamente pero con prioridades distintas: Zapata insistía en la tierra; Villa, en la guerra contra Carranza. Ambos desconfiaban de los políticos de ciudad, a los que veían dispuestos a sustituir a la vieja élite por una nueva.

La alianza Villa-Zapata fue real pero frágil. Y frente a ella, Carranza y Obregón se reorganizaron con mayor disciplina política y militar. Obregón, el mejor general de la revolución en términos técnicos, derrotó a Villa en las batallas del Bajío en 1915 —especialmente en Celaya— utilizando tácticas modernas de trincheras y ametralladoras que hicieron inútiles las cargas de caballería villistas.

Cronología de Zapata y Villa

FechaAcontecimiento
1878–1879Nacimiento de Doroteo Arango (Villa) en Durango y Emiliano Zapata en Morelos
1910Plan de San Luis de Madero; inicio de la Revolución mexicana
1911Caída de Porfirio Díaz; Zapata promulga el Plan de Ayala
1913Huerta asesina a Madero; Villa y Zapata se alzan contra el usurpador
1913–1914La División del Norte de Villa domina el norte; el Ejército del Sur controla Morelos
Dic. 1914Zapata y Villa se reúnen en Xochimilco; sus tropas ocupan la Ciudad de México
1915Obregón derrota a Villa en Celaya; el constitucionalismo de Carranza se impone
1916Villa ataca Columbus (Nuevo México); la expedición de Pershing no logra capturarlo
1919Zapata es emboscado y asesinado en Chinameca, Morelos
1920Villa se retira a la hacienda de Canutillo (Durango) tras negociar con el gobierno
1923Villa es asesinado en Parral, Chihuahua

La derrota y la muerte

A partir de 1915, la situación de ambos caudillos se deterioró rápidamente. Villa, derrotado militarmente, optó por una jugada desesperada: en marzo de 1916 atacó Columbus, una pequeña localidad de Nuevo México, con un saldo de unos dieciocho estadounidenses muertos. Washington envió una expedición punitiva al mando del general John Pershing, que pasó casi un año en Chihuahua sin capturarlo. La expedición no logró su objetivo y tensó al máximo las relaciones con el gobierno de Carranza, y Villa quedó como un símbolo de resistencia ante el vecino del norte, lo que le dio una popularidad que sus derrotas militares habían erosionado. Todavía hoy pueden encontrarse carteles y reproducciones históricas de Pancho Villa que evocan esa leyenda.

Zapata, en cambio, siguió resistiendo en Morelos. El nuevo gobierno constitucionalista envió a Jesús Guajardo a negociar su rendición. Fue una trampa. El 10 de abril de 1919, Zapata acudió a la hacienda de Chinameca en Morelos, convencido de que Guajardo se pasaba a su bando. Los soldados de Guajardo lo esperaban formados en aparente honor. Cuando Zapata cruzó la entrada, abrieron fuego. Tenía treinta y nueve años.

Villa sobrevivió cuatro años más. En 1920, tras la caída y asesinato de Carranza, negoció con el gobierno de Adolfo de la Huerta y se retiró a la hacienda de Canutillo, en Durango, donde vivió como hacendado. El 20 de julio de 1923 fue acribillado a tiros en Parral mientras conducía su automóvil. Quién ordenó el asesinato —el diputado Jesús Salas Barraza se atribuyó el crimen, pero siempre se sospechó de Obregón y de Plutarco Elías Calles— sigue siendo objeto de debate historiográfico.

El legado: dos mitos que no se apagan

La muerte no silenció a ninguno de los dos: los convirtió en símbolos.

Zapata se convirtió en el padre del agrarismo mexicano. Su figura fue apropiada por el régimen posrevolucionario y por los gobiernos del PRI, que repartieron mucha tierra —sobre todo con Lázaro Cárdenas en los años treinta— pero también la usaron como instrumento de control político. En 1994, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional tomó su nombre para el levantamiento indígena en Chiapas, convirtiendo al caudillo de Morelos en referente de luchas que él nunca imaginó. La obra de John Womack sobre el zapatismo sigue siendo el punto de partida indispensable para entender esta tradición política.

Villa, más difícil de encasillar ideológicamente, se convirtió en el bandido heroico, el rebelde que desafió al poderoso vecino del norte y que nunca fue capturado, aunque sus críticos recuerdan también las matanzas y ejecuciones cometidas por sus tropas. En el norte de México, su memoria sigue muy viva. En Estados Unidos, su ataque a Columbus lo convirtió durante décadas en villano, pero la cultura popular acabó por incorporarlo al panteón de los forajidos legendarios.

Juntos, Zapata y Villa representan la pregunta sin respuesta definitiva de la Revolución mexicana: ¿qué habría sido de México si las fuerzas más radicales, las que venían del campo y de los de abajo, hubieran logrado imponer su agenda? La respuesta pertenece al territorio de la historia contrafactual. Lo que sí es históricamente verificable es que sus derrotas no fueron irrelevantes: la presión del zapatismo obligó a incorporar el artículo 27 a la Constitución de 1917, que reconocía la propiedad social de la tierra. Una victoria incompleta, pero una victoria.

Mientras tanto en América

Lo que ocurría en otras partes del continente en 1910.

Para leer más

Zapata y la Revolución mexicana

John Womack Jr.

La biografía de referencia sobre Emiliano Zapata, imprescindible para entender el agrarismo radical y el zapatismo como movimiento social.

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Pancho Villa: una biografía

Friedrich Katz

El estudio más exhaustivo sobre Doroteo Arango, resultado de décadas de investigación en archivos mexicanos, estadounidenses y europeos.

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La Revolución Mexicana: del Porfiriato al nuevo régimen constitucional

Alan Knight

Análisis estructural en dos volúmenes que sitúa a Zapata y Villa en el contexto más amplio de las fuerzas sociales que desencadenaron la revolución.

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