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La consumación de la independencia de México (1821)
En pocas palabras
La consumación de la independencia de México en 1821: el Plan de Iguala, el Ejército Trigarante y la entrada triunfal en Ciudad de México. Historia completa.
En este artículo
El 27 de septiembre de 1821, once años después del Grito de Dolores, un ejército de cerca de dieciséis mil hombres entró en Ciudad de México bajo una bandera tricolor creada apenas unos meses antes. Era el Ejército Trigarante —de las Tres Garantías: religión, independencia y unión—, y su entrada ponía fin a una de las guerras de independencia más largas y más sangrientas del continente americano. México dejaba de ser la Nueva España. Comenzaba, aunque nadie lo supiera entonces con exactitud, la azarosa empresa de construir una nación.
Lo que hace singularmente compleja esta historia es su protagonista principal: Agustín de Iturbide, el hombre que consumó la independencia que otros habían iniciado. No era un insurgente. Era un oficial realista que había combatido durante años a los mismos caudillos independentistas cuyo legado ahora reclamaba. Que fuera precisamente él quien cerrara el proceso dice mucho sobre las contradicciones, los pactos y las traiciones que jalonaron la última fase de la guerra.
Once años de guerra: el agotamiento de todos
Para entender la consumación de 1821 hay que entender el estado de extenuación en que se hallaba la Nueva España a comienzos de ese año. La guerra había comenzado en 1810 con el levantamiento popular de Miguel Hidalgo, había continuado bajo José María Morelos —el gran estratega insurgente, ejecutado en 1815— y se había prolongado durante años en una guerra de guerrillas dispersa, sin frentes definidos ni victorias decisivas para ninguno de los dos bandos.
La economía colonial estaba devastada. Las minas de plata, que eran el corazón fiscal del virreinato, producían una fracción de lo que producían antes del conflicto. Los caminos eran inseguros, el comercio estaba paralizado y tanto el ejército realista como las guerrillas insurgentes vivían en buena medida del pillaje. La sociedad novohispana —criolla, mestiza, indígena y peninsular— estaba harta de una guerra que no terminaba de resolverse.
A esto se sumó, en 1820, un acontecimiento que cambió el tablero político de forma decisiva: el pronunciamiento de Rafael del Riego en España y la restauración de la Constitución de Cádiz de 1812. El regreso del liberalismo peninsular aterró a los sectores más conservadores de la Nueva España —la Iglesia, la aristocracia criolla, los altos mandos militares— que hasta ese momento habían sido los principales defensores del orden colonial. De pronto, para muchos de ellos la independencia dejó de ser una amenaza y se convirtió en una protección frente a las reformas liberales de Madrid, que suprimían fueros, órdenes religiosas y privilegios.
El Plan de Iguala: la ingeniería de un pacto
En este contexto hay que leer el Plan de Iguala, proclamado el 24 de febrero de 1821. Agustín de Iturbide, que había sido enviado por el virrey Juan Ruiz de Apodaca a combatir al guerrillero Vicente Guerrero en el sur del país, tomó una decisión inesperada: en lugar de atacarle, le propuso una alianza.
El Plan de Iguala era, en esencia, un documento de consenso diseñado para atraer a todos los sectores de la sociedad novohispana. Sus Tres Garantías respondían a las demandas de grupos distintos y en ocasiones enfrentados: la independencia satisfacía a los criollos que querían autogobierno; la religión (la defensa del catolicismo como única fe permitida) garantizaba a la Iglesia su posición privilegiada; la unión prometía igualdad entre americanos y peninsulares, apaciguando el miedo de estos últimos a la represalia. El documento proponía además que la nueva nación fuera una monarquía constitucional, con la corona ofrecida preferentemente a Fernando VII o a algún miembro de la familia real española.
Era un programa deliberadamente ambiguo. Iturbide sabía que la ambigüedad era el único terreno sobre el que podían encontrarse los insurgentes y los realistas moderados. Historiadores como Timothy Anna, en su estudio sobre Iturbide, han subrayado que el Plan de Iguala fue menos una visión política acabada que un pacto para hacer posible una coalición que de otro modo habría sido impensable.
Según la tradición, Iturbide y Guerrero se habían reunido poco antes, el 10 de febrero de 1821, en Acatempan, donde sellaron su alianza con un abrazo; la realidad de ese encuentro es discutida por los historiadores, porque la negociación se hizo sobre todo por carta. En cualquier caso, Guerrero se adhirió al plan. La guerrilla insurgente que llevaba una década combatiendo al ejército realista pasaba a integrarse en el Ejército Trigarante al lado de sus antiguos enemigos. La paradoja era llamativa, pero respondía a una lógica muy clara: ambos querían la independencia, aunque por razones distintas y con distintas ideas sobre qué hacer después.
La campaña trigarante: siete meses de dominó
Lo que siguió fue una campaña militar muy poco habitual. El Ejército Trigarante no ganó la independencia en grandes batallas campales, aunque hubo combates como el de Azcapotzalco en agosto: la ganó sobre todo por adhesión. Ciudad tras ciudad, guarnición tras guarnición, los mandos militares realistas pasaron al bando insurgente. Algunos lo hicieron por convicción, otros por cálculo político, otros simplemente porque las tropas bajo su mando se negaban a seguir combatiendo.
El proceso tuvo su propia lógica acelerada. Cada ciudad que se pronunciaba en favor del Plan de Iguala hacía más difícil que la siguiente resistiera. El virrey Apodaca fue depuesto por sus propios oficiales en julio de 1821 y sustituido interinamente por el mariscal Francisco Novella. Entretanto, desembarcaba en Veracruz Juan O'Donojú, nombrado por el gobierno liberal jefe político superior de la Nueva España. O'Donojú tardó apenas días en reconocer que la situación era irreversible.
El 24 de agosto de 1821, Iturbide y O'Donojú firmaron los Tratados de Córdoba, que reconocían la independencia de México como hecho consumado y establecían las bases del nuevo Estado. O'Donojú no tenía poderes para firmar semejante acuerdo, y en febrero de 1822 las Cortes españolas lo declararon nulo; España no reconoció la independencia de México hasta 1836. Pero la negativa no cambió nada en la práctica.
El 27 de septiembre, el Ejército Trigarante entró en Ciudad de México. Las crónicas de la época, recogidas por testigos como Lucas Alamán en su Historia de Méjico, describen una recepción entusiasta: balcones engalanados, flores lanzadas desde las ventanas, campanas echadas al vuelo. Era un momento de euforia colectiva que no ocultaba, al menos de momento, las profundas grietas que atravesaban la nueva nación.
Cronología de la consumación
| Fecha | Acontecimiento |
|---|---|
| 1 enero 1820 | Pronunciamiento de Riego en España |
| Marzo 1820 | Fernando VII jura la Constitución de Cádiz |
| 10 febrero 1821 | Abrazo de Acatempan entre Iturbide y Guerrero, según la tradición |
| 24 febrero 1821 | Proclamación del Plan de Iguala por Iturbide |
| Marzo–agosto 1821 | Adhesiones en cadena de ciudades y guarniciones realistas |
| Julio 1821 | Deposición del virrey Apodaca; llegada de O'Donojú a Veracruz |
| 24 agosto 1821 | Firma de los Tratados de Córdoba (Iturbide y O'Donojú) |
| 27 septiembre 1821 | Entrada del Ejército Trigarante en Ciudad de México |
| 28 septiembre 1821 | Proclamación del Acta de Independencia del Imperio Mexicano |
| Mayo 1822 | Iturbide proclamado Agustín I, primer emperador de México |
| Marzo 1823 | Abdicación y exilio de Iturbide; fin del Primer Imperio |
| Julio 1824 | Iturbide, de regreso en México, es fusilado en Padilla |
Una independencia sin revolución social
Lo que se consumó en 1821 fue, en un sentido importante, una independencia sin revolución. El Plan de Iguala garantizaba a los distintos grupos sociales que sus posiciones no serían alteradas radicalmente. La Iglesia conservaba sus fueros y sus propiedades. Los criollos adinerados no verían redistribuida su riqueza. Los peninsulares podían quedarse o marcharse con sus bienes.
Este carácter conservador de la consumación explica muchas de las dificultades que México enfrentó en las décadas siguientes. A diferencia de Haití, la independencia mexicana no fue acompañada de un reordenamiento profundo de la propiedad, el poder o los derechos. Las estructuras sociales heredadas del período colonial persistieron en buena medida, y con ellas las tensiones que acabarían estallando en forma de guerra civil, intervenciones extranjeras y décadas de inestabilidad política.
Los insurgentes que habían iniciado la guerra en 1810 —con demandas de justicia social para indígenas y mestizos pobres— vieron sus esperanzas en gran parte frustradas. Vicente Guerrero, el caudillo del sur que había pactado con Iturbide, llegó brevemente a la presidencia en 1829, pero fue ejecutado en 1831 en el marco de las luchas facciosas que siguieron al colapso del Primer Imperio.
La cuestión Iturbide: el libertador que se coronó
El papel de Agustín de Iturbide en la historia mexicana ha sido debatido desde el primer momento. Para los liberales y republicanos, Iturbide traicionó los ideales de la insurgencia al proclamarse emperador en 1822, y durante buena parte del siglo XIX la historia oficial lo relegó frente a Hidalgo y Morelos. Para sus defensores conservadores, fue el hombre que tuvo la habilidad política de cerrar una guerra que nadie más había podido terminar.
Lo cierto es que su figura encarna las contradicciones de 1821 mejor que ninguna otra. Era un realista que consumó la independencia, un independentista que se convirtió en monarca, un militar que acabó fusilado en 1824 por el Estado que él mismo había contribuido a crear, al regresar del exilio sin saber que el Congreso lo había declarado traidor. Su reinado como Agustín I duró menos de un año: abdicó en marzo de 1823 ante el pronunciamiento del Plan de Casa Mata, respaldado entre otros por el joven oficial Antonio López de Santa Anna, que también conocería sus propias contradicciones en las décadas siguientes.
El Acta de Independencia firmada el 28 de septiembre de 1821 declaraba que la nación mexicana era «soberana e independiente de la antigua España». Para visualizar aquel territorio, que se extendía desde California y Texas hasta Centroamérica, resulta útil un mapa histórico del Imperio mexicano de 1821. Lo que esa nación iba a ser, cómo iba a gobernarse y quién iba a beneficiarse de su soberanía eran preguntas que 1821 dejó sin responder. Responderlas ocuparía al país durante el resto del siglo XIX.
Mientras tanto en América
Lo que ocurría en otras partes del continente en 1821.
Para leer más
Historia de Méjico
Lucas Alamán
Historia clásica del proceso independentista mexicano escrita por un testigo de los hechos, con abundantes documentos de época.
Buscar en AmazonEl imperio de Iturbide
Timothy E. Anna
Análisis riguroso del papel de Iturbide en la consumación y del colapso del Primer Imperio.
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Jaime E. Rodríguez O.
Estudio de la transición de la Nueva España a la república federal mexicana entre 1808 y 1824.
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