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Descubrimiento1502 — 15049 min de lectura

El cuarto y último viaje de Colón

En pocas palabras

El cuarto viaje de Colón (1502–1504): el huracán de Santo Domingo, la búsqueda del paso hacia Asia en Centroamérica y el año de naufragio en Jamaica.

En este artículo
  1. El «alto viaje»: contexto y propósito
  2. El huracán de Santo Domingo
  3. La costa de Centroamérica: tan cerca, tan lejos
  4. El naufragio en Jamaica
  5. Cronología del cuarto viaje
  6. El regreso y el final

En mayo de 1502, un hombre de cincuenta y un años, con la vista dañada y las articulaciones destrozadas por la artritis, zarpó de Cádiz al frente de cuatro carabelas y ciento cuarenta hombres. Cristóbal Colón ya no era el almirante triunfante de 1492. La Corona le había arrebatado el gobierno de La Española tras los desastres de su tercer viaje. Las instrucciones reales le prohibían hacer escala en La Española a la ida. Y sin embargo, obtuvo permiso para una última expedición con una misión concreta: encontrar el estrecho que, según él seguía creyendo con obstinación, debía existir entre las islas que había encontrado y el continente asiático.

Lo que Colón no sabía —lo que ningún europeo sabía todavía— era que ese estrecho no existía. Entre él y Asia no había un paso de agua, sino todo un continente. El cuarto viaje sería la demostración involuntaria de esa realidad y, al mismo tiempo, la travesía más dramática de su vida: huracanes, motines, enfermedades y naufragios que terminaron con Colón varado durante más de un año en las costas de Jamaica, dictando cartas desesperadas a una Corona que tardaba en socorrerle.

El «alto viaje»: contexto y propósito

El propio Colón llamó a esta expedición el alto viaje, por la ambición de su objetivo. El Almirante, y con él los Reyes Católicos, confiaban en que existiera un paso marítimo que comunicara el Caribe con el océano que Marco Polo y los portugueses describían al sur y al este de Asia. Encontrarlo significaría hacer de Castilla la potencia dominante del comercio con Oriente, superando a Portugal, que por esas mismas fechas estaba consolidando su ruta por el Cabo de Buena Esperanza.

El viaje también tenía un componente mesiánico en la mente de Colón. Por esos años, el Almirante redactaba su Libro de las profecías, una compilación de textos bíblicos y patrísticos en los que veía anunciada su propia misión evangelizadora. Se sentía elegido para abrir el camino a la evangelización de Asia y a la recuperación de Jerusalén antes del fin de los tiempos. En él convivían el cálculo náutico y una religiosidad profética de raíz medieval.

El huracán de Santo Domingo

El episodio más llamativo del inicio del viaje fue también el más revelador de la posición política de Colón. Cuando la flota llegó frente a Santo Domingo el 29 de junio de 1502, el Almirante detectó señales de tormenta inminente —el oleaje, el color del cielo, ese olfato marinero que había desarrollado en décadas de navegación atlántica— y pidió permiso al gobernador Nicolás de Ovando para refugiarse en el puerto de Santo Domingo.

Ovando se lo negó, amparado en las instrucciones reales: Colón no podía entrar en la colonia que él mismo había fundado. Al mismo tiempo, una flota de unos treinta barcos cargada con oro de las minas de la isla estaba a punto de zarpar hacia España. Colón aconsejó retrasar la salida. Nadie le hizo caso.

El huracán llegó a los pocos días. Una veintena de barcos de la flota se hundieron y murieron unas quinientas personas, entre ellas el antiguo enemigo de Colón, Francisco de Bobadilla, que lo había enviado encadenado a España en 1500, y el rebelde Francisco Roldán. Por ironía, uno de los pocos barcos que llegaron a Castilla, la Aguja, llevaba el oro que correspondía al Almirante. Colón, con sus cuatro carabelas pequeñas y manejables, encontró refugio en la costa y, aunque sus naves se separaron en la tormenta, no perdió ninguna. El Almirante no pudo evitar interpretarlo como una señal divina.

La costa de Centroamérica: tan cerca, tan lejos

En julio de 1502, la flota retomó rumbo hacia el oeste y el 30 de julio alcanzó la isla de Guanaja, frente a la costa de Honduras. Durante varios meses, Colón costeó hacia el este y luego hacia el sur recorriendo lo que hoy son Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Era un litoral desconocido para los europeos.

Junto a Guanaja se cruzaron con una gran canoa de mercaderes, probablemente mayas, cargada de objetos de manufactura refinada que encendieron la imaginación de los españoles: hachas y cascabeles de cobre, tejidos de algodón, granos de cacao. Colón interpretó esas señales de riqueza como la confirmación de que estaba cerca de las provincias asiáticas que describía Marco Polo. En realidad, estaba en la periferia de las grandes civilizaciones mesoamericanas y sudamericanas, a más de mil kilómetros de Tenochtitlan y a muchos miles del Índico.

En lo que hoy es Panamá, Colón recorrió la parte más estrecha del istmo. Los indígenas le hablaron —a través de intérpretes imperfectos— de otro mar al otro lado, a pocos días de marcha. Colón no cruzó el istmo. Quizás la enfermedad que ya minaba su cuerpo, quizás la falta de hombres, quizás la prioridad de encontrar el paso marítimo antes que uno terrestre. En cualquier caso, estuvo a pocas decenas de kilómetros del Pacífico, el océano que Vasco Núñez de Balboa avistaría una década después.

En las costas de Veragua, en el actual Panamá, encontraron muestras de oro en cantidad suficiente para excitar la codicia de la tripulación. A comienzos de 1503, Colón fundó un pequeño asentamiento —Santa María de Belén— con la intención de establecer una base permanente al mando de su hermano Bartolomé. Fue un fracaso: las lluvias, las enfermedades y, sobre todo, los ataques de los guerreros del cacique Quibián obligaron a abandonarlo en abril, apenas tres meses después, dejando allí varada la carabela Gallega.

El naufragio en Jamaica

La flota comenzó el regreso en mal estado. Los barcos estaban tan carcomidos por la broma —el molusco que perfora los cascos de madera en aguas tropicales— que las bombas funcionaban sin parar para achicar el agua que entraba. La Vizcaína hubo de ser abandonada en Portobelo. A finales de junio de 1503, Colón varó deliberadamente los dos barcos restantes en la bahía de Santa Gloria, en la costa norte de Jamaica, porque ya no estaban en condiciones de navegar.

Allí permanecería durante más de un año, uno de los periodos más duros de su vida. En julio escribió a los reyes la carta conocida como Lettera rarissima, un texto desgarrado en el que mezcla el relato del viaje, la queja y la visión profética. A su lado estaba su hijo Hernando, que con trece años había embarcado en la expedición y décadas después la contaría en su Historia del Almirante. La tripulación —enferma, diezmada, amotinada en parte— dependía del intercambio de baratijas con los indígenas taínos locales para conseguir alimentos. La situación se volvió crítica cuando un sector de la tripulación, liderado por los hermanos Porras, se amotinó a comienzos de 1504 y trató de llegar a La Española en canoas. Fracasaron y volvieron, y el campamento quedó dividido hasta que, en mayo, Bartolomé Colón derrotó a los amotinados en un choque armado.

La solución de Colón para garantizar el suministro de los taínos es uno de los episodios más citados de la época: sabiendo por las efemérides astronómicas que llevaba a bordo —probablemente las de Regiomontano— que se aproximaba un eclipse de luna el 29 de febrero de 1504, convocó a los jefes locales y les anunció que su dios castigaría su falta de generosidad apagando la luna. El eclipse llegó puntualmente. Los taínos, aterrados, prometieron cooperación. Colón, calculando la duración del fenómeno, anunció que había intercedido. El suministro de alimentos no volvió a ser un problema.

Mientras tanto, su fiel escudero Diego Méndez y el genovés Bartolomeo Fieschi habían cruzado en canoa el paso de mar entre Jamaica y La Española para pedir auxilio. Las gestiones fueron lentas —Ovando no tenía ningún interés en apresurar el rescate del Almirante—, pero finalmente, a finales de junio de 1504, un navío fletado por Méndez llegó a Jamaica.

Cronología del cuarto viaje

FechaAcontecimiento
11 de mayo de 1502Salida de Cádiz con cuatro carabelas y unos 140 hombres
29 de junio–julio de 1502Ovando niega el acceso a Santo Domingo; un huracán hunde la flota que partía hacia Castilla
30 de julio de 1502Llegada a la isla de Guanaja, frente a Honduras
Agosto de 1502–enero de 1503Exploración de la costa de Centroamérica hasta Panamá
Enero–abril de 1503Fundación y abandono del asentamiento de Santa María de Belén (Panamá)
Junio de 1503Varadura de los dos últimos barcos en Jamaica
7 de julio de 1503Carta a los reyes desde Jamaica (Lettera rarissima)
29 de febrero de 1504Eclipse de luna: episodio con los taínos de Jamaica
Junio de 1504Llegada del barco de rescate a Jamaica
7 de noviembre de 1504Regreso de Colón a Castilla
26 de noviembre de 1504Muerte de la reina Isabel la Católica

El regreso y el final

Colón llegó a Sanlúcar de Barrameda el 7 de noviembre de 1504. Diecinueve días después, moría la reina Isabel, la gran valedora del proyecto colombino. El Almirante quedaba solo frente a un Fernando el Católico que nunca le había tenido especial simpatía y que consideraba que los privilegios acordados en las Capitulaciones de Santa Fe eran excesivos.

Los últimos dieciocho meses de vida de Colón fueron un litigio incesante. Desde Sevilla, enfermo y moviéndose con dificultad, dictó cartas, reclamaciones y memoriales exigiendo la restitución de sus títulos y de la décima parte de las riquezas de las Indias que, según las Capitulaciones, le correspondían. No lo consiguió. Murió en Valladolid el 20 de mayo de 1506, convencido, según todos los indicios, de que había llegado a Asia.

Colón fue el descubridor involuntario de un continente que nunca reconoció como tal, y murió sin saber que su cuarto viaje había aportado la prueba más sólida de que entre Europa y Asia existía algo completamente diferente a lo que imaginaba. Otros sacarían las conclusiones que él no supo, o no pudo, sacar.

Mientras tanto en América

Lo que ocurría en otras partes del continente en 1502.

Para leer más

Historia del Almirante

Hernando Colón (ed. Luis Arranz)

La biografía de Colón escrita por su hijo, que le acompañó en el cuarto viaje con trece años y lo narra como testigo.

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El Almirante de la Mar Océano. Vida de Cristóbal Colón

Samuel Eliot Morison

La biografía naval clásica de Colón, que reconstruye sobre el terreno la derrota del cuarto viaje por la costa centroamericana.

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Los cuatro viajes. Testamento

Cristóbal Colón (ed. Consuelo Varela)

Las relaciones del propio Colón sobre sus viajes, incluida la carta escrita en Jamaica en 1503.

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