Conquista1539 — 15429 min de lectura
Hernando de Soto y la exploración de Norteamérica
En pocas palabras
Hernando de Soto dirigió la primera gran expedición europea al interior de Norteamérica (1539-1542): su ruta, la batalla de Mabila, el Misisipi y su legado.
En este artículo
En 1539, un hombre que ya había participado en la conquista del Perú y acumulado una fortuna considerable decidió apostarlo todo en una nueva aventura. Hernando de Soto tenía poco más de cuarenta años, la experiencia de décadas de campaña en las Indias y una ambición que ninguna riqueza había logrado calmar. Lo que él buscaba en el interior de Norteamérica —otro imperio tan espectacular como el inca, otro tesoro como el de Atahualpa— nunca apareció. Lo que encontró, sin embargo, fue un continente de una complejidad y una vastedad que ningún europeo había sospechado.
La expedición de De Soto es una de las más ambiciosas y más crueles de la era de la conquista. Durante casi tres años, una columna de varios cientos de soldados, religiosos, esclavos y animales recorrió el interior del sureste de Norteamérica —los actuales estados de Florida, Georgia, las dos Carolinas, Tennessee, Alabama, Mississippi, Arkansas y posiblemente Texas— sin encontrar el oro prometido pero dejando a su paso un rastro de destrucción que transformó para siempre las sociedades indígenas del Misisipí.
Un conquistador forjado en el Perú
Hernando de Soto nació hacia 1500 en Jerez de los Caballeros, en la actual provincia de Badajoz, aunque Barcarrota también reclama ser su cuna. De origen hidalgo pero sin fortuna propia, marchó joven a las Indias en busca de la prosperidad que su cuna no le garantizaba. Participó en las expediciones de conquista en Centroamérica y ganó experiencia militar en las sangrientas campañas de Pedrarias Dávila en Panamá y Nicaragua.
Fue, sin embargo, su participación en la conquista del Imperio inca lo que lo lanzó a la fama. Presente en Cajamarca en noviembre de 1532, De Soto fue el primer español que se entrevistó con Atahualpa, mandó uno de los escuadrones de caballería en la captura del Inca y se llevó una parte sustancial del célebre rescate en oro y plata. Estaba ausente cuando se decidió la ejecución de Atahualpa, y según varios cronistas la reprobó a su regreso. Regresó a España en 1536 como uno de los hombres más ricos de su generación. Se casó con Isabel de Bobadilla, hija de Pedrarias Dávila, el antiguo gobernador de Castilla del Oro, y fue recibido en la corte con todos los honores.
Y sin embargo, no bastaba. De Soto negoció con el rey Carlos I la gobernación de Cuba y la licencia para conquistar y poblar «La Florida» —término que los españoles usaban para designar vagamente la península y todo el territorio al norte del golfo de México, del que casi nada se sabía con certeza—. El fracaso de la expedición de Pánfilo de Narváez en 1527 —de la que solo sobrevivieron cuatro hombres, entre ellos Álvar Núñez Cabeza de Vaca— no disuadió a De Soto sino que, paradójicamente, lo atrajo. Si Narváez había fracasado, él triunfaría donde el otro había caído.
La expedición: hombres, bestias y acero
La flota salió de La Habana el 18 de mayo de 1539 y a finales de ese mes desembarcó en la bahía de Tampa, en Florida. La expedición era impresionante para los estándares de la época: entre seiscientos y setecientos hombres, más de doscientos caballos, una piara de cerdos —que servirían como fuente de alimento móvil—, perros de guerra y todo el aparato logístico necesario para una campaña prolongada. Era, en todos los sentidos, una empresa militar de primer orden.
Desde el primer momento, la relación con los pueblos indígenas del sureste fue violenta. De Soto adoptó una táctica sistemática: capturar a los líderes locales como rehenes para garantizar el suministro de comida y el libre paso, tomar hombres y mujeres como porteadores forzados, y responder con brutalidad extrema a cualquier resistencia. Las crónicas de los propios expedicionarios —la relación del anónimo Hidalgo de Elvas, publicada en 1557, y las de Rodrigo Ranjel y Luis Hernández de Biedma— documentan episodios de violencia que no pueden atribuirse solo al calor de la batalla, como el uso de perros para despedazar a prisioneros.
Las sociedades que encontró De Soto en el sureste norteamericano no eran los grupos dispersos y nómadas que la imagen popular de los «indios» suele evocar. Eran sociedades complejas de la llamada cultura misisipiana: pueblos agrícolas organizados en cacicazgos jerarquizados, con poblados de cientos o miles de habitantes, grandes estructuras ceremoniales sobre montículos de tierra, sistemas de intercambio a larga distancia y redes políticas sofisticadas. De Soto encontró, en efecto, una civilización. Simplemente no era la que buscaba.
La batalla de Mabila y el giro del destino
El otoño de 1540 marcó el punto de inflexión de la expedición. El 18 de octubre de ese año, en un lugar llamado Mabila —cuya localización exacta sigue siendo objeto de debate, aunque se sitúa en el actual Alabama—, el cacique Tascalusa tendió una emboscada monumental a la columna española.
Los guerreros indígenas, que se habían concentrado en secreto dentro de una ciudad amurallada, atacaron a los españoles en el interior del recinto. El combate fue encarnizado y duró horas. Los españoles, con su superioridad en armamento y caballería, lograron finalmente incendiar la ciudad y rechazar el ataque, pero a un coste altísimo: decenas de bajas propias, caballos muertos, equipamiento destruido. Murieron entre dos mil y once mil guerreros indígenas, según las fuentes, aunque las cifras de las crónicas deben tomarse con precaución.
Lo más revelador de Mabila no fue el combate en sí, sino la decisión que De Soto tomó después. Tenía la posibilidad de marchar hacia la costa, reabastecerse desde Cuba y reorganizar la expedición. Sabía que sus barcos le esperaban en la bahía de Ochuse, la actual Pensacola, a pocos días de marcha, pero ocultó la noticia a sus hombres y avanzó hacia el interior para no reconocer —ante ellos y ante la Corona— que la expedición era, hasta ese momento, un fracaso. Esa decisión condenaría a muchos de sus soldados.
El Misisipi: primer europeo en cruzar el gran río
El 8 de mayo de 1541, la expedición de De Soto llegó a las orillas de un río de una anchura y un caudal que no tenían precedente en la experiencia de los europeos. Era el Misisipi, el gran río que los pueblos indígenas llamaban de formas muy diversas según la lengua. De Soto y sus hombres pasaron un mes construyendo barcazas mientras flotas de canoas guerreras los vigilaban, y a mediados de junio lo cruzaron, probablemente al sur de la actual Memphis, convirtiéndose en los primeros europeos documentados en atravesar el río tierra adentro.
La expedición continuó hacia el oeste, adentrándose en lo que hoy es Arkansas y quizás el este de Texas. Buscaban, siempre, noticias de ciudades ricas. Las noticias llegaban —los pueblos indígenas aprendieron pronto que alimentar al conquistador con promesas de riqueza en la próxima comarca era más seguro que la resistencia directa— pero las ciudades de oro nunca aparecían. El mito de El Dorado, en sus múltiples versiones norteamericanas, funcionaba como un espejismo que retrocedía siempre ante el avance.
Para el invierno de 1541-1542, la expedición estaba agotada, diezmada por las enfermedades, los ataques indígenas y el desgaste de años de marcha. De Soto mismo enfermó gravemente. El 21 de mayo de 1542, murió a orillas del Misisipi, probablemente de fiebre. Sus hombres, temiendo que los indígenas que les rodeaban intentaran recuperar su cuerpo para demostrar que el conquistador era mortal, lo envolvieron en mantas lastradas con arena y lo arrojaron al fondo del río.
Cronología de la expedición
| Fecha | Acontecimiento |
|---|---|
| Mayo 1539 | Desembarco de De Soto en la bahía de Tampa (Florida) |
| 1539-1540 | Invernada en Apalache; avance por Georgia, las Carolinas, Tennessee y Alabama |
| 18 octubre 1540 | Batalla de Mabila; punto de inflexión de la expedición |
| Mayo–junio 1541 | Llegada al Misisipi y cruce del río |
| 1541-1542 | Exploración de Arkansas y posiblemente Texas oriental |
| 21 mayo 1542 | Muerte de Hernando de Soto a orillas del Misisipi |
| Septiembre 1543 | Los supervivientes, tras bajar el Misisipi y costear el golfo, llegan a Pánuco (Nueva España) |
El regreso de los supervivientes y el legado de la expedición
Tras la muerte de De Soto, el mando recayó en Luis de Moscoso de Alvarado. Los supervivientes —poco más de trescientos hombres de los seiscientos o setecientos originales— intentaron primero abrirse camino por tierra hacia México, pero los territorios que encontraron al oeste eran más áridos y hostiles que los del este. Regresaron al Misisipi, construyeron bergantines y descendieron el río hasta el Golfo de México. En septiembre de 1543, cuatro años y cuatro meses después de haber desembarcado en Florida, los restos de la expedición llegaron a la costa de la Nueva España.
No traían oro. No traían territorio colonizado. No traían un nuevo Imperio sometido. Traían, en cambio, algo que tardaría décadas en valorarse adecuadamente: el conocimiento de que el interior de Norteamérica era un continente inmenso, poblado por civilizaciones complejas y recorrido por ríos de primer orden. La crónica del Inca Garcilaso de la Vega, La Florida del Inca, publicada en 1605 a partir de testimonios de supervivientes, es la versión literaria más rica de esta aventura, aunque más idealizada que las relaciones de Elvas, Ranjel y Biedma. La reconstrucción moderna de la ruta se debe sobre todo al antropólogo Charles Hudson, cuyas propuestas siguen discutiéndose tramo a tramo.
El impacto de la expedición sobre las poblaciones indígenas del sureste es objeto de debate. La violencia directa, los saqueos de reservas de maíz y la captura de porteadores golpearon a muchos cacicazgos. Algunos investigadores sostienen además que la expedición —y quizá los cerdos que la acompañaban, posibles portadores de enfermedades transmisibles al ser humano— sembró epidemias; otros señalan que las pruebas arqueológicas de un desplome inmediato son escasas y que la gran despoblación pudo producirse más tarde, con los contactos del siglo XVII. Lo cierto es que, cuando los franceses de La Salle recorrieron el Misisipi en 1682, encontraron un paisaje muy diferente: los grandes cacicazgos descritos por los cronistas de De Soto habían desaparecido o se habían fragmentado. La biografía de David Ewing Duncan resume bien estas discusiones.
Mientras tanto en América
Lo que ocurría en otras partes del continente en 1539.
Para leer más
La Florida del Inca
Inca Garcilaso de la Vega
Crónica fundamental escrita por el Inca Garcilaso, basada en testimonios de supervivientes de la expedición de De Soto; fuente primaria de consulta obligada.
Buscar en AmazonKnights of Spain, Warriors of the Sun
Charles Hudson
El relato académico más riguroso sobre la ruta de De Soto a través del sureste norteamericano, reconstruida con fuentes arqueológicas y documentales.
Buscar en AmazonHernando de Soto: A Savage Quest in the Americas
David Ewing Duncan
Biografía narrativa y bien documentada que sitúa la expedición norteamericana en el conjunto de la vida de De Soto.
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