Colonia1573 — 18129 min de lectura
La mita y el trabajo indígena en la América colonial
En pocas palabras
La mita colonial: cómo España organizó el trabajo forzoso indígena en los virreinatos, su impacto demográfico y su papel en la explotación de Potosí.
En este artículo
En la América colonial, el tiempo tenía otro nombre para millones de indígenas: se llamaba mita. Una palabra de origen quechua —que en el mundo prehispánico designaba simplemente un turno de trabajo comunal— fue adaptada por el sistema colonial español y convertida en uno de sus engranajes más eficaces de extracción de riqueza. Pocas instituciones causaron tanta desintegración familiar y tanto desarraigo como la mita minera de los Andes durante los siglos XVI, XVII y XVIII.
La mita muestra la colonia en su nivel más crudo: no como un proyecto civilizador ni como una empresa de evangelización, sino como un mecanismo de obtención de fuerza de trabajo barata para alimentar las minas de plata que financiaron buena parte del Imperio español durante dos siglos.
Antecedentes: del trabajo comunal al trabajo forzoso
Antes de que llegaran los españoles, la palabra mit'a describía en el mundo andino una institución plenamente reconocida y relativamente equilibrada. El Estado inca —el Tawantinsuyu— exigía a las comunidades (ayllus) una contribución periódica de trabajo en obras de interés colectivo: construcción de caminos, terrazas agrícolas, templos y almacenes. A cambio, el Estado redistribuía alimentos, herramientas y chicha a los trabajadores durante el tiempo que duraba su turno. Era una obligación, sí, pero existía dentro de un marco de reciprocidad.
Los conquistadores españoles heredaron esta institución y la vaciaron de su contenido redistributivo. Conservaron el nombre, el mecanismo de reclutamiento por comunidades y la rotación periódica, pero eliminaron casi toda obligación de contraprestación real. El salario que se pagaba a los mitayos era muy inferior al de los trabajadores libres —las mingas— y a menudo no bastaba ni para su sustento, de modo que las comunidades acababan subsidiando con sus alimentos y su dinero la minería española. La distancia entre la mit'a inca y la mita colonial es la que separa una obligación colectiva con reglas de reciprocidad de un trabajo forzoso con apariencia de contrato.
El virrey Toledo y la institucionalización de la mita
La mita colonial no nació de golpe. En las primeras décadas tras la conquista, los españoles recurrieron principalmente a la encomienda y al trabajo de los esclavos indígenas para extraer recursos. Fue el virrey Francisco de Toledo —gobernador del Perú entre 1569 y 1581 y uno de los administradores coloniales más influyentes de la historia americana— quien sistematizó la mita como institución central del virreinato.
Entre 1570 y 1575, Toledo realizó una visita general al territorio andino y promulgó las Ordenanzas de Toledo, un corpus legislativo de extraordinaria amplitud que reorganizó la administración, el tributo, la propiedad de la tierra y, sobre todo, el trabajo indígena. Para las minas de Potosí, cuya explotación a gran escala había comenzado en 1545 pero que necesitaba mano de obra masiva para ser rentable, Toledo estableció la mita minera: cada comunidad indígena dentro de una zona determinada —la llamada mita de Potosí, que abarcaba dieciséis provincias del Alto y Bajo Perú— estaba obligada a enviar una séptima parte de sus hombres adultos cada año para trabajar en las minas.
En teoría, el turno duraba un año, los mitayos trabajaban una semana de cada tres y cobraban un salario. En la práctica, el sistema era mucho más opresivo: en las semanas «libres» muchos tenían que alquilarse como trabajadores para sobrevivir. Los mitayos debían recorrer a pie cientos de kilómetros hasta Potosí, cargando sus propios alimentos y los de sus familias, que frecuentemente les acompañaban porque no había dinero para dejarlas en el pueblo. Al llegar, descendían cada día a galerías a más de cuatro mil metros de altitud, respirando aire con muy poco oxígeno y cargado de polvo de mineral, en jornadas agotadoras a la luz de una vela, y subían el mineral a la espalda por escaleras de cuero. Los accidentes, las enfermedades pulmonares y el agotamiento hicieron de Potosí un destino temido; aún peor era la mina de mercurio de Huancavelica, que también recibía mitayos y donde el envenenamiento por azogue era una condena lenta. Algunos religiosos y funcionarios de la época describieron el Cerro como una boca que devoraba indios.
El impacto demográfico: una catástrofe silenciosa
Los números son difíciles de establecer con precisión, pero los estudios más rigurosos apuntan a una conclusión inequívoca: la mita fue uno de los principales motores de la catástrofe demográfica que redujo la población indígena andina entre un 60 y un 90 por ciento durante el siglo XVI y la primera mitad del XVII. No toda esa mortalidad fue directamente atribuible a la mita —las epidemias de viruela, sarampión y tifus jugaron un papel igual o mayor—, pero la mita actuó como multiplicador: las comunidades privadas de sus hombres durante meses eran más vulnerables a las enfermedades, a la hambruna y a la desintegración social.
Los indígenas desarrollaron estrategias de resistencia diversas. La más extendida fue la huida: miles de familias abandonaron sus comunidades de origen —las únicas sobre las que recaía la obligación de la mita— para convertirse en forasteros, indígenas sin comunidad reconocida que quedaban fuera del sistema de reclutamiento a cambio de pagar un tributo en dinero. Algunos se refugiaban en las haciendas como yanaconas, sirvientes adscritos a un señor que también quedaban exentos de la mita colectiva. Esta fuga masiva resolvía el problema individual de la familia que huía, pero agravaba el problema colectivo: como el número de mitayos que cada comunidad debía enviar no se reducía aunque su población disminuyera, la carga recaía cada vez más pesadamente sobre los que se quedaban.
La mita más allá de las minas
Sería un error reducir la mita colonial a su dimensión minera, aunque esta sea la más conocida y la más devastadora. Existieron otras formas de trabajo forzoso bajo el mismo nombre o denominaciones similares que afectaron a prácticamente todos los sectores de la economía colonial.
La mita de obrajes obligaba a comunidades enteras a proporcionar trabajadores para los talleres textiles —los obrajes—, donde se tejían paños de lana para el mercado colonial. Las condiciones en los obrajes eran, en muchos casos, igualmente brutales: puertas cerradas con llave, jornadas extenuantes, castigos físicos y deudas que encadenaban a los trabajadores más allá del periodo legal de trabajo. Los estudios sobre los obrajes coloniales retratan un sistema de explotación textil apenas menos cruel que el minero.
Existía también la mita agrícola, que proveía de mano de obra a las haciendas y estancias de los colonos españoles, y la mita de tambos, que obligaba a los indígenas a prestar servicios de carga y transporte en los caminos coloniales, herederos de la red vial inca. Esta última podía ser especialmente dura en las rutas de alta montaña, donde los indígenas servían de porteadores en condiciones climáticas extremas.
La mita en Nueva España: las minas de plata del norte
En el Virreinato de Nueva España el trabajo forzoso tomó formas parcialmente distintas. El repartimiento de trabajo —llamado cuatequil en náhuatl— obligaba a los pueblos del centro a enviar por turnos una parte de sus hombres a obras públicas, haciendas y minas cercanas, de manera similar a la mita andina aunque a menor escala. Las grandes minas de plata del norte —Zacatecas, Guanajuato, San Luis Potosí—, alejadas de los núcleos de población sedentaria y situadas en la frontera con los grupos nómadas, recurrieron desde muy pronto a otra solución: trabajadores asalariados, los naborías o laboríos, atraídos por jornales altos y por el partido, la parte del mineral que se les permitía quedarse, junto a esclavos africanos y algunos contingentes forzosos.
A diferencia de Potosí, las minas novohispanas descansaron mucho antes y más completamente en el trabajo asalariado, como mostró el historiador Peter Bakewell en su estudio sobre Zacatecas, aunque las condiciones de los mineros libres siguieron siendo muy duras y el endeudamiento los ataba a menudo a sus patronos.
Resistencia y abolición
La mita no fue aceptada pasivamente. Además de la huida individual y familiar, existieron formas de resistencia colectiva. Los caciques locales —los curacas en los Andes— actuaron en ocasiones como intermediarios que negociaban, adulteraban o saboteaban los censos de tributarios para reducir el número de mitayos que su comunidad debía proporcionar. Las protestas formales ante la Audiencia y el Consejo de Indias eran una vía legal que algunos líderes indígenas utilizaron con cierta frecuencia, aunque raramente con resultados satisfactorios. Jeffrey A. Cole reconstruyó esa resistencia y las reformas fallidas del siglo XVII en The Potosí Mita, 1573-1700.
La resistencia más dramática fue, en el siglo XVIII, la gran rebelión encabezada por Túpac Amaru II en 1780-1781. Entre las principales demandas del movimiento —que puso en jaque al virreinato durante meses y requirió un ejército de más de quince mil hombres, en buena parte indígenas leales a la Corona, para ser sofocado— figuraba explícitamente la abolición de la mita. El fracaso de la rebelión retrasó cualquier reforma, pero dentro de la propia administración española crecían las críticas: en 1793, el fiscal de la Audiencia de Charcas, Victorián de Villava, denunció la mita como injusta e ineficiente, frente a quienes, como el intendente de Potosí, la defendían como imprescindible. Enrique Tandeter mostró en Coacción y mercado que, en el siglo XVIII, la mita era en realidad un subsidio que permitía sobrevivir a minas poco rentables.
Las Cortes de Cádiz, reunidas desde 1810 en el contexto de la crisis imperial provocada por la invasión napoleónica, decretaron la abolición de las mitas el 9 de noviembre de 1812. Para entonces, el sistema ya se había erosionado enormemente por el colapso demográfico indígena y la competencia de formas de trabajo semilibre. La abolición fue, en buena medida, el certificado de defunción de una institución que ya agonizaba.
Cronología de la mita colonial
| Fecha | Acontecimiento |
|---|---|
| 1545 | Descubrimiento del Cerro Rico de Potosí; inicio de la explotación minera |
| 1569–1581 | Gobierno del virrey Toledo en el Perú; reorganización del sistema colonial |
| 1573 | Ordenanzas de Toledo: institucionalización de la mita minera de Potosí |
| 1578 | Toledo fija el contingente de la mita de Potosí en unos 13.500 mitayos anuales |
| Siglo XVII | Declive de la población sujeta a mita; huida masiva de forasteros y conmutación de mitayos por dinero |
| 1780–1781 | Rebelión de Túpac Amaru II; la abolición de la mita es una de las principales demandas |
| 1793 | El fiscal Victorián de Villava critica la mita en su Discurso sobre la mita de Potosí |
| 1812 | Las Cortes de Cádiz decretan la abolición formal de la mita |
Mientras tanto en América
Lo que ocurría en otras partes del continente en 1573.
Para leer más
Coacción y mercado: la minería de la plata en el Potosí colonial, 1692-1826
Enrique Tandeter
Estudio fundamental sobre cómo la mita sostuvo la minería potosina del siglo XVIII y quién se beneficiaba de ella.
Buscar en AmazonPotosí: The Silver City That Changed the World
Kris Lane
Historia social y económica de Potosí que sitúa la mita en el centro del sistema de explotación minera colonial.
Buscar en AmazonThe Potosí Mita, 1573-1700: Compulsory Indian Labor in the Andes
Jeffrey A. Cole
Análisis riguroso del funcionamiento de la mita potosina en su primer siglo y de la resistencia de las comunidades andinas.
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