Descubrimiento1519 — 152210 min de lectura
Magallanes y Elcano: la primera vuelta al mundo
En pocas palabras
Magallanes y Elcano: la primera vuelta al mundo (1519-1522). El estrecho, el Pacífico, la muerte de Magallanes en Mactan y el regreso de la nao Victoria.
En este artículo
El 6 de septiembre de 1522, una nave desvencijada y maloliente entró en el puerto de Sanlúcar de Barrameda. Se llamaba Victoria. A bordo llegaban dieciocho hombres esqueléticos, cubiertos de harapos, que tres años antes habían partido como parte de una flota de cinco barcos y unos doscientos cincuenta tripulantes. Habían dado la vuelta al mundo. Nadie lo había hecho antes.
La historia que protagonizaron Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano es una de las más extraordinarias de la era de las exploraciones: una odisea de ambición, motín, hambre y muerte. Que la Tierra era esférica lo sabían los doctos desde la Antigüedad; lo que el viaje demostró en la práctica es que podía circunnavegarse, que los océanos estaban comunicados y que el mundo era bastante más grande de lo que habían calculado los cosmógrafos.
Sus dos protagonistas principales —el navegante portugués que la concibió y el marino vasco que la completó— no viajaron juntos hasta el final. Magallanes murió a mitad de camino, en una playa de Filipinas, en un combate que no tenía necesidad de librar.
La idea y el hombre que la tuvo
Fernando de Magallanes nació en Portugal hacia 1480, en el seno de una familia de la pequeña nobleza. Participó en varias expediciones portuguesas en el Índico y estuvo en la conquista de Malaca en 1511. No llegó a las Molucas —las codiciadas islas de las especias—, pero su amigo Francisco Serrão, instalado en ellas, le escribía cartas sobre su riqueza y su posición. Lo que Magallanes sostenía, y que muchos cartógrafos de la época comenzaban a intuir, era que debía existir un paso marítimo por el extremo sur del continente americano que conectara el Atlántico con el Mar del Sur descubierto por Vasco Núñez de Balboa en 1513.
Rechazado en Lisboa —el rey Manuel I no estaba dispuesto a financiarle—, Magallanes se trasladó a Sevilla en 1517 y ofreció su proyecto, junto al cosmógrafo Rui Faleiro, a la Corona de Castilla. El joven rey Carlos I lo aceptó y el 22 de marzo de 1518 firmó con ellos en Valladolid la capitulación del viaje. El argumento era jurídico además de comercial: si la línea de Tordesillas se prolongaba al otro lado del globo, las Molucas podían caer en el hemisferio castellano, y Castilla podría alcanzarlas por el oeste sin pisar la ruta portuguesa. Era una apuesta arriesgada, pero el potencial económico era enorme.
La Casa de Contratación de Sevilla organizó la logística de la expedición con una meticulosidad notable. Se equiparon cinco naves —Trinidad, San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago— con víveres para dos años, artillería, mercancías de intercambio y la tripulación más heterogénea imaginable: españoles, portugueses, griegos, italianos, flamencos y al menos un inglés. Entre ellos viajaba Antonio Pigafetta, un caballero de Vicenza, en la república de Venecia, que llevaba un diario. Sin su relato, sabríamos mucho menos de lo que ocurrió.
La travesía del Atlántico y el invierno en la Patagonia
La flota zarpó de Sanlúcar el 20 de septiembre de 1519. La relación entre Magallanes y los capitanes españoles de las otras naves era tensa desde el principio: los capitanes —Juan de Cartagena, Gaspar de Quesada y Luis de Mendoza— desconfiaban de aquel portugués que mandaba la expedición española y sospechaban de sus intenciones. No era solo una cuestión de orgullo nacional: había intereses económicos y políticos en juego.
Tras cruzar el Atlántico y bordear la costa de Brasil y el Río de la Plata, la flota llegó a finales de marzo de 1520 a la bahía de San Julián, en la actual Patagonia argentina, donde decidió invernar. Fue allí donde estalló el motín: los tres capitanes castellanos se hicieron con tres de las cinco naves para forzar el regreso. Magallanes respondió con una dureza implacable: Mendoza fue apuñalado por un hombre de confianza del capitán general, Quesada fue ejecutado y Cartagena, cuando la flota partió, fue abandonado en tierra junto a un sacerdote implicado en la conjura.
En ese mismo invierno se perdió el Santiago, naufragado en una expedición de reconocimiento. La flota continuó con cuatro naves.
El paso que buscaban lo encontraron el 21 de octubre de 1520, en el extremo sur del continente, entre la Patagonia y la Tierra del Fuego. Lo recorrieron durante treinta y ocho días —unos seiscientos kilómetros de canales tortuosos, vientos furiosos y mareas impredecibles— antes de salir, el 28 de noviembre, a la inmensidad del Pacífico. Por el camino, la San Antonio desertó y regresó a España, llevándose buena parte de los víveres. Magallanes, según cuenta Pigafetta, lloró de alegría al ver el mar abierto. Entonces no podía saber que lo que tenían por delante era el océano más grande del planeta, y que tardarían tres meses y veinte días en cruzarlo.
El Pacífico: el hambre como enemigo
A lo largo de la travesía del Pacífico, que se extendió desde noviembre de 1520 hasta marzo de 1521, la flota no encontró prácticamente nada. Salvo dos islas deshabitadas, el océano estaba vacío. Las provisiones se agotaron. Los marineros comían galleta reducida a polvo y mezclada con gusanos, bebían agua corrompida y mascaban cuero ablandado en agua de mar. El escorbuto hizo estragos y murieron una veintena de hombres. Pigafetta escribió que las ratas se vendían a medio ducado y que aun así no se encontraban.
El 6 de marzo de 1521 alcanzaron la isla de Guam, en las Marianas, y diez días después las Filipinas. La expedición estaba en sus límites. Las islas les proporcionaron alimentos frescos, agua y descanso. Magallanes estableció contacto con los habitantes locales y comenzó a actuar con una imprudencia que sorprendió a sus oficiales: se involucró en los conflictos entre islas aliadas y enemigas, En Cebú logró el bautismo del rajá Humabon y de cientos de sus súbditos, y decidió personalmente liderar un ataque contra Lapulapu, jefe de la vecina isla de Mactan, que se negaba a someterse.
El 27 de abril de 1521, en la playa de Mactan, Magallanes fue rodeado y muerto con apenas unas decenas de hombres frente a varios centenares de guerreros. Tenía alrededor de cuarenta años. Pocos días después, el rajá de Cebú, quizá instigado por Enrique, el esclavo de Malaca que servía de intérprete a Magallanes, atrajo a una treintena de españoles a un banquete y los mató; entre ellos estaban los nuevos jefes de la expedición, Duarte Barbosa y João Serrão.
Elcano toma el mando
Tras la muerte de Magallanes, la expedición quedó descabezada y diezmada. Los sucesivos mandos que asumieron el control, como el portugués João Lopes de Carvalho, tomaron decisiones erráticas y la flota vagó durante meses por el archipiélago y Borneo. Se decidió quemar la Concepción por falta de tripulación para manejarla. Solo quedaban dos barcos: la Trinidad y la Victoria, que el 8 de noviembre de 1521 llegaron por fin a Tidore, en las Molucas.
Allí cargaron clavo. La Trinidad, con una vía de agua, se quedó para ser reparada e intentar después el regreso por el Pacífico hacia Panamá, un intento que fracasó y acabó con sus supervivientes en manos portuguesas. El mando de la Victoria recayó en Juan Sebastián Elcano, un marino vasco de Guetaria que había participado en el motín de San Julián y que, paradójicamente, Magallanes había perdonado. Elcano era un hombre práctico, con experiencia marinera y una capacidad de decisión que la situación exigía con urgencia.
El 21 de diciembre de 1521 la Victoria salió de Tidore, cargada de clavo —la razón comercial de toda la expedición—, y emprendió el regreso hacia España. La ruta que eligió Elcano fue audaz: en lugar de volver por el Pacífico contra los vientos, optó por cruzar el Índico, rodear el cabo de Buena Esperanza y remontar el Atlántico. Era la ruta portuguesa, abierta por los exploradores que habían llegado a la India bordeando África, en aguas enemigas, con una nave en mal estado y una tripulación de unos sesenta hombres, entre ellos trece moluqueños.
Elcano evitó los puertos portugueses del Índico y dobló el cabo de Buena Esperanza en mayo de 1522, tras semanas de temporales. El hambre y el escorbuto volvieron a diezmar a la tripulación. En julio, desesperado, hizo escala en la isla de Santiago, en Cabo Verde, haciéndose pasar por un barco que volvía de América; descubierto el engaño, los portugueses apresaron a trece hombres que habían bajado a tierra. Allí comprobaron también que en su diario de a bordo llevaban un día de retraso: al dar la vuelta al mundo hacia el oeste habían «perdido» una jornada, algo que asombró a los sabios de su tiempo.
Cronología de la expedición
| Fecha | Acontecimiento |
|---|---|
| 22 marzo 1518 | Capitulación de Valladolid entre Carlos I, Magallanes y Faleiro |
| 20 sept. 1519 | La flota zarpa de Sanlúcar de Barrameda con cinco naves |
| Abril–agosto 1520 | Invernada en la bahía de San Julián; motín y represión |
| 21 oct.–28 nov. 1520 | Tránsito del Estrecho de Magallanes (38 días); deserción de la San Antonio |
| Nov. 1520 – marzo 1521 | Travesía del Pacífico; hambre y escorbuto |
| 6–16 marzo 1521 | Llegada a Guam y a las Filipinas |
| 27 abril 1521 | Muerte de Fernando de Magallanes en Mactan (Filipinas) |
| 8 nov. 1521 | La Victoria y la Trinidad llegan a Tidore, en las Molucas, y cargan clavo |
| 21 dic. 1521 | La Victoria emprende el regreso hacia España bajo el mando de Elcano |
| Julio 1522 | Escala en Cabo Verde; trece hombres apresados por los portugueses |
| 6 sept. 1522 | La Victoria llega a Sanlúcar; dieciocho supervivientes completan la vuelta al mundo |
El regreso y el legado
La Victoria entró en Sanlúcar con dieciocho supervivientes —de los alrededor de doscientos cincuenta que habían partido— y con unas bodegas cargadas de clavo cuya venta cubrió con creces los gastos de toda la expedición. Más tarde regresaron también los trece presos de Cabo Verde y un puñado de supervivientes de la Trinidad. Carlos I recibió a Elcano con honores, le concedió un escudo de armas con el lema Primus circumdedisti me —"Fuiste el primero en darme la vuelta"— y le otorgó una pensión.
Pero el legado de la expedición va mucho más allá del clavo. La circunnavegación demostró en la práctica que el mundo podía rodearse por mar, que América era una masa de tierra separada de Asia y que el Pacífico era un océano de dimensiones colosales, muy superior a lo que cualquier cartógrafo europeo había imaginado. Políticamente, abrió un largo pleito con Portugal sobre la soberanía de las Molucas, que Carlos I acabó cediendo por el Tratado de Zaragoza de 1529 a cambio de 350.000 ducados; pero la ruta del Pacífico quedó abierta y, décadas después, llevaría a los españoles a Filipinas.
El debate sobre la figura principal de la hazaña —¿Magallanes, que la concibió y la dirigió hasta su muerte, o Elcano, que la completó contra todo pronóstico?— ha persistido durante siglos, con un cierto tono nacionalista (Portugal y España reivindican a cada uno). La respuesta más honesta es que sin ninguno de los dos la expedición no habría llegado a su destino. Magallanes tuvo la visión y la tenacidad para iniciarla; Elcano tuvo la sangre fría para terminarla. Para una reconstrucción náutica detallada de ambos tramos, el libro de José Luis Comellas es de lo más completo en castellano.
Para quien quiera profundizar en este viaje extraordinario, la edición del diario de Pigafetta sigue siendo la fuente primaria más vívida y accesible: un testimonio directo escrito por alguien que estuvo allí y sobrevivió para contarlo. Los mapas históricos de la época permiten además visualizar el salto conceptual que supuso este viaje para la cartografía europea.
Mientras tanto en América
Lo que ocurría en otras partes del continente en 1519.
Para leer más
Primer viaje alrededor del mundo
Antonio Pigafetta (ed. Leoncio Cabrero)
La crónica del cronista vicentino que viajó con Magallanes y regresó con Elcano: la fuente principal de la expedición.
Buscar en AmazonLa primera vuelta al mundo
José Luis Comellas
Reconstrucción de la expedición por un historiador experto en náutica y astronomía, con atención a vientos, corrientes y derrotas.
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