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Historia de América
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Descubrimiento1493 — 14969 min de lectura

El segundo viaje de Colón

En pocas palabras

El segundo viaje de Colón (1493-1496): 17 naves, 1.500 hombres y el inicio de la colonización europea en América. Historia completa de la expedición.

En este artículo
  1. Preparativos: una flota para conquistar
  2. La travesía y el descubrimiento de nuevas islas
  3. La Española: de la esperanza al desastre
  4. Conflicto, imposición y el inicio de la encomienda
  5. El gobierno fallido y el regreso a España
  6. Cronología del segundo viaje (1493–1496)

El primer viaje de Colón fue un acto de exploración; el segundo fue, sin ambages, un acto de colonización. Cuando el Almirante zarpó de Cádiz el 25 de septiembre de 1493, no lo hizo a bordo de tres naves con noventa hombres ansiosos e inseguros, sino al mando de una flota de diecisiete embarcaciones que transportaba entre 1.200 y 1.500 personas, según las fuentes: marineros, soldados, artesanos, labradores, religiosos y, significativamente, caballos, ganado, semillas y esquejes de caña de azúcar. La Corona de Castilla no enviaba a un explorador a reconocer tierras desconocidas; enviaba al gobernador de un territorio que ya consideraba suyo.

Esta diferencia de escala no es un detalle menor. Define el carácter de toda la empresa y explica por qué el segundo viaje resulta, en muchos sentidos, más determinante para la historia de América que el primero. Lo que se puso en marcha en septiembre de 1493 fue el primer gran ensayo de lo que sería el modelo colonial europeo en el Nuevo Mundo, con todas sus consecuencias: el encuentro violento con los pueblos indígenas, los primeros asentamientos permanentes, el inicio del trabajo forzado y el germen de las instituciones que moldearían la América española durante siglos.

Preparativos: una flota para conquistar

El regreso de Colón a España en marzo de 1493 desató una euforia política calculada. Los Reyes Católicos, que habían recibido al Almirante en Barcelona con todos los honores, actuaron con rapidez. Las Capitulaciones de Santa Fe ya garantizaban a Colón títulos y porcentajes sobre las riquezas descubiertas. Ahora había que consolidar esa presencia antes de que Portugal —su principal rival atlántico— pudiera cuestionarla, un pulso diplomático que pasó por las bulas papales de 1493 y desembocó al año siguiente en el Tratado de Tordesillas.

La organización de la segunda expedición fue encargada a Juan Rodríguez de Fonseca, arcediano de Sevilla, que demostraría una eficiencia organizativa notable y que sería durante tres décadas el gran gestor de los asuntos indianos. En unos cinco meses se reunió la flota más grande que hasta entonces había cruzado el Atlántico con destino occidental: diecisiete naves de distintos portes, entre carabelas y naos. Los pilotos se guiaban, como en la primera travesía, por la estima, la brújula y instrumentos de altura como el cuadrante y el astrolabio, todavía de uso difícil a bordo.

La motivación de los viajeros era heterogénea. Algunos buscaban fortuna; otros respondían a una llamada religiosa genuina, como el pequeño grupo de religiosos encabezado por el benedictino fray Bernardo Boil, nombrado vicario apostólico para las nuevas tierras, entre los que viajaba el jerónimo fray Ramón Pané, autor del primer estudio sobre las creencias taínas. Los había también que simplemente obedecían órdenes militares. En cualquier caso, todos partían con la certeza —o la esperanza— de que las nuevas tierras estaban llenas del oro que Colón había prometido pero no había entregado en cantidad suficiente durante su primer regreso.

La travesía y el descubrimiento de nuevas islas

La flota salió de Cádiz el 25 de septiembre de 1493 y tocó en las Canarias antes de adentrarse en el Atlántico. Colón eligió una ruta más meridional que en el primer viaje, una decisión que resultó acertada: en solo 21 días de travesía desde la Gomera avistaron tierra, el 3 de noviembre, en una isla a la que el Almirante llamó Dominica, por haber sido descubierta en domingo.

Lo que siguió fue una exploración sistemática del archipiélago antillano que Colón apenas había rozado en 1492. Durante semanas, la flota navegó entre islas que el Almirante fue bautizando con nombres que en su mayoría se conservan hoy: Guadalupe, Montserrat, Antigua, San Martín, Santa Cruz, las Once Mil Vírgenes y San Juan Bautista, la actual Puerto Rico. El contacto con las poblaciones caribes de algunas de estas islas fue tenso desde el principio. Los taínos de las Antillas Mayores describían a los caribes como incursores temibles que atacaban sus aldeas, y la expedición española respondió a las primeras escaramuzas —como el choque de Santa Cruz, con muertos en ambos bandos— con violencia.

En Guadalupe, Colón y sus hombres encontraron restos humanos que interpretaron como prueba de los relatos taínos sobre el canibalismo caribe, un asunto que los antropólogos siguen discutiendo. Aquella interpretación —amplificada, exagerado y luego instrumentalizado durante siglos— sirvió para justificar la guerra contra los pueblos del Caribe y, en consecuencia, su esclavización, que una provisión de la reina Isabel autorizó en 1503 para los considerados caníbales. La etiqueta de "caníbal" se convirtió en una categoría jurídica y moral con enormes consecuencias prácticas.

La Española: de la esperanza al desastre

Cuando la flota llegó a la costa norte de La Española, a finales de noviembre de 1493, Colón encontró el Fuerte Navidad —construido con los restos de la Santa María durante el primer viaje— completamente destruido. Los treinta y nueve hombres que habían quedado allí estaban muertos. Las causas exactas siguen siendo objeto de debate: según lo que los taínos del cacique Guacanagarí contaron a los recién llegados, los colonos se habían enfrentado entre sí por el oro y las mujeres, y finalmente el cacique Caonabo, señor de la región de Maguana, había atacado el fuerte.

El episodio marcó el tono del segundo viaje. Colón fundó entonces, a comienzos de enero de 1494, un nuevo asentamiento más al este, al que llamó La Isabela, en honor a la reina. Fue la primera villa europea trazada en América: tenía iglesia, almacén, la casa del Almirante en piedra y un caserío de bohíos, con un plan que intentaba reproducir modelos castellanos. Sin embargo, La Isabela fue desde el primer momento un experimento agonizante y acabaría abandonada a finales de la década, sustituida por Santo Domingo. Las enfermedades diezmaron a los colonos, mal alimentados y agotados, y las epidemias empezaron a golpear también a los taínos, que carecían de defensas frente a los patógenos europeos. El abastecimiento era insuficiente. El oro prometido no aparecía en la cantidad esperada.

Colón organizó expediciones al interior de la isla, especialmente hacia la región del Cibao, donde se había informado de la existencia de oro: Alonso de Ojeda la reconoció en enero de 1494 y el propio Almirante levantó allí, en marzo, el fuerte de Santo Tomás. Encontró oro, pero en cantidades decepcionantes. La brecha entre las expectativas que el Almirante había creado ante los Reyes Católicos y la realidad que encontraba sobre el terreno comenzó a ensancharse de manera inquietante.

Conflicto, imposición y el inicio de la encomienda

La relación con los taínos, que había comenzado con una cortesía calculada por ambas partes, se deterioró rápidamente. Los colonos necesitaban alimento y mano de obra; los taínos, que no comprendían el concepto de trabajo compulsivo no recíproco, resistieron pasiva y luego activamente. En 1495, Colón emprendió una campaña militar contra los caciques que se habían rebelado, con caballos, perros y armas de fuego contra guerreros que no habían visto ninguna de esas cosas.

El resultado fue una victoria militar aplastante que tuvo consecuencias de largo alcance. Colón impuso un tributo a los taínos adultos de las zonas sometidas: cada tres meses, un cascabel lleno de oro en polvo o, donde no había oro, una arroba de algodón. Quienes no podían pagarlo —la mayoría, porque el oro escaseaba— eran castigados. El sistema no era aún la encomienda formal que se institucionalizaría después, pero funcionaba sobre los mismos principios: trabajo forzado, extracción de recursos y sujeción violenta de la población indígena. Colón también envió a España, en 1495, unos quinientos taínos como esclavos. La reina ordenó consultar a teólogos y juristas antes de autorizar su venta, y en 1500 dispuso que los supervivientes fueran devueltos; aun así, el debate sobre la esclavitud indígena tardaría décadas en resolverse.

Entre tanto, entre abril y septiembre de 1494, el Almirante exploró la costa sur de Cuba y descubrió Jamaica. En sus cartas y relaciones, Colón siguió insistiendo en que las tierras que exploraba formaban parte del continente asiático; en junio de 1494 llegó a hacer jurar ante escribano a sus tripulantes que Cuba era tierra firme. Esta convicción —que mantendría hasta su muerte— tiene implicaciones más profundas que la mera confusión geográfica: explica en parte la dificultad de Colón para entender qué tipo de gobierno requería realmente lo que había descubierto.

El gobierno fallido y el regreso a España

Colón era un navegante extraordinario y un administrador desastroso. Su gobierno de La Española generó quejas continuas entre los propios colonos españoles, que lo acusaban de favoritismos, crueldad arbitraria y mal aprovisionamiento. Las tensiones llegaron a tal extremo que Colón mandó ahorcar a algunos disidentes, mientras que el capitán Pedro Margarit y fray Bernardo Boil regresaron por su cuenta a Castilla para denunciarlo. En octubre de 1495 llegó a la isla el pesquisidor Juan Aguado, enviado por los reyes para informar sobre la situación.

En marzo de 1496, Colón decidió regresar a España para defender su posición ante los Reyes Católicos. El viaje de vuelta fue penoso: las naves iban sobrecargadas, los víveres escaseaban y las enfermedades seguían haciendo estragos entre los pasajeros. El 11 de junio de 1496, la expedición llegó a Cádiz. Según el cronista Andrés Bernáldez, que lo alojó en su casa, Colón se presentó vestido con un sayal semejante al hábito franciscano, en un gesto de humildad que tenía mucho de teatral. Necesitaba recuperar la confianza de unos monarcas que empezaban a dudar de que su Almirante pudiera gestionar lo que había encontrado.

El balance real del segundo viaje era contradictorio. Geográficamente, había ampliado de forma notable el conocimiento europeo del Caribe. Políticamente, había asentado de forma estable la presencia castellana en La Española. Humanamente, había iniciado un proceso de violencia y desestructuración que hundiría a la población taína en pocas décadas. Para quien quiera seguir esa historia desde el lado económico y social, el estudio de Frank Moya Pons sobre la economía del oro en La Española sigue siendo una referencia.

Cronología del segundo viaje (1493–1496)

FechaAcontecimiento
25 septiembre 1493Salida de la flota desde Cádiz (17 naves, entre 1.200 y 1.500 hombres)
3 noviembre 1493Avistamiento de Dominica; inicio de la exploración de las Antillas Menores
Noviembre 1493Descubrimiento de Guadalupe, Antigua, San Martín, Santa Cruz y Puerto Rico
Finales de noviembre 1493Llegada a La Española; hallazgo del Fuerte Navidad destruido
Enero 1494Fundación de La Isabela, primera villa europea en América
Abril–septiembre 1494Exploración de la costa sur de Cuba y descubrimiento de Jamaica
1495Campaña militar contra los caciques taínos rebeldes; imposición del tributo en oro
1495–1496Envío de taínos como esclavos a España; inicio del sistema de trabajo forzado
11 junio 1496Regreso a Cádiz; Colón se presenta ante los Reyes Católicos

Mientras tanto en América

Lo que ocurría en otras partes del continente en 1493.

Para leer más

Después de Colón: trabajo, sociedad y política en la economía del oro

Frank Moya Pons

Estudio clásico de La Española entre 1493 y 1520: el tributo, el oro, el trabajo forzado y el hundimiento de la población taína.

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Los cuatro viajes del Almirante y su testamento

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Las cartas y relaciones del propio Colón, incluida la relación del segundo viaje; la fuente primaria de referencia.

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La conquista de América. El problema del otro

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Reflexión clásica sobre el encuentro entre europeos e indígenas, indispensable para entender las implicaciones del segundo viaje más allá de la navegación.

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