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Las economías emergentes de América Latina
En pocas palabras
Las economías emergentes de América Latina en el siglo XXI: el auge de las materias primas, las crisis, la desigualdad y los retos de crecimiento de la región.
En este artículo
A comienzos del siglo XXI, América Latina parecía a punto de cumplir una promesa que llevaba décadas incumplida. Los precios de las materias primas —soja, petróleo, cobre, hierro— se dispararon impulsados por la demanda asiática, especialmente china, y varios países de la región registraron tasas de crecimiento que hacía décadas no se veían. Brasil era citado como potencia emergente junto a China, India y Rusia; Colombia mejoraba su seguridad interior y atraía inversión extranjera; Chile se presentaba como modelo de estabilidad macroeconómica. Algunos analistas hablaron de la «década dorada» de América Latina.
La historia económica de la región en el siglo XXI es, sin embargo, más complicada: una historia de crecimiento real y de oportunidades perdidas, de avances en la reducción de la pobreza que convivieron con estructuras de desigualdad muy persistentes, y de una dependencia de los recursos naturales que, cuando los precios cayeron, dejó a la vista cuánto había cambiado y cuánto seguía igual.
Entender qué pasó, y por qué, ayuda a comprender el presente de una región que alberga a unos 660 millones de personas y dispone de algunas de las mayores reservas de recursos naturales del planeta.
El superciclo de las materias primas y la «marea rosa»
El telón de fondo de la primera década del siglo fue el llamado «superciclo de las materias primas»: un periodo de precios muy altos para los productos primarios que América Latina exporta, sostenido sobre todo por el crecimiento industrial de China. Entre 2003 y 2013, el barril de petróleo pasó de unos 30 dólares a más de 100; la soja alcanzó máximos históricos; el cobre y el hierro siguieron trayectorias similares.
Este viento de cola coincidió con la llegada al poder de gobiernos de izquierda o centroizquierda en buena parte de la región —la llamada «marea rosa»—, que usaron los ingresos extraordinarios para expandir el gasto social. En Brasil, el programa Bolsa Família y la subida sostenida del salario mínimo bajo los gobiernos de Lula da Silva contribuyeron a sacar a decenas de millones de personas de la pobreza. En Bolivia, Evo Morales nacionalizó los hidrocarburos en 2006 y destinó parte de la renta a bonos sociales, salud y educación. En Venezuela, Hugo Chávez financió las llamadas «misiones sociales» con los ingresos petroleros de PDVSA.
Los resultados en materia de pobreza fueron, en muchos países, tangibles. Según la CEPAL, entre 2002 y 2012 la tasa de pobreza en América Latina cayó del 44 % al 28 %. El Banco Mundial calculó que la clase media regional pasó de 103 a 152 millones de personas entre 2003 y 2009, aunque el criterio que usó para definirla —ingresos de entre 10 y 50 dólares diarios— revela la fragilidad de esa condición.
La trampa de las materias primas
El problema estructural de fondo no era nuevo, pero el auge lo hizo más visible. América Latina lleva dos siglos especializándose en exportar materias primas e importar manufacturas de mayor valor añadido y tecnología. Cuando los precios de las materias primas bajan, el crecimiento se desploma porque no hay un tejido industrial alternativo suficientemente robusto. A esto se suma el riesgo que los economistas llaman «enfermedad holandesa»: la entrada masiva de divisas por exportaciones primarias encarece la moneda y resta competitividad a la industria.
Y los precios bajaron. A partir de 2014, el superciclo llegó a su fin: el petróleo se hundió y la demanda china creció a un ritmo menor. Para Venezuela, que dependía casi por completo del crudo, las consecuencias fueron devastadoras. Pero también economías más diversificadas, como Brasil o Argentina, entraron en recesión o en turbulencias severas.
Por qué la región no aprovechó el auge para diversificarse es una pregunta que ocupa a economistas e historiadores. Las explicaciones son varias: la facilidad de los ingresos primarios reduce los incentivos para la inversión industrial a largo plazo; los grupos ligados a la exportación de materias primas tienen poder político para bloquear reformas; y la falta de inversión sostenida en educación e innovación limita la capacidad de construir sectores de mayor valor añadido. La historia económica de Bértola y Ocampo sitúa este patrón en una perspectiva de dos siglos.
Desigualdad: el talón de Aquiles que no cede
América Latina es, desde hace décadas, una de las regiones más desiguales del mundo en distribución del ingreso. El siglo XXI trajo cierta mejora —el coeficiente de Gini bajó en la mayoría de los países durante la primera década—, pero los niveles siguen siendo muy altos y, a partir de 2015, la tendencia se estancó o se revirtió en varios países.
La desigualdad latinoamericana tiene además dimensiones raciales, étnicas y de género. En Brasil, la renta media de la población negra y parda sigue siendo muy inferior a la de la población blanca. En México, las comunidades indígenas concentran los mayores índices de pobreza extrema. En toda la región, las mujeres dedican más horas al trabajo no remunerado del hogar y cobran menos por el trabajo remunerado.
Esta desigualdad tiene costes directos: un mercado interno con poca capacidad adquisitiva, una educación de calidad desigual que limita la productividad y una concentración de la riqueza que da a los más ricos más capacidad de influir en las reglas del juego.
| Indicador | Último dato disponible |
|---|---|
| Pobreza por ingresos | 25,5 % de la población en 2024, mínimo de la serie (CEPAL, Panorama Social 2025) |
| Pobreza extrema | 9,8 % en 2024, unos 62 millones de personas (CEPAL) |
| Coeficiente de Gini regional | En torno a 0,45, entre los más altos del mundo |
| Informalidad laboral | Cerca de la mitad de la población ocupada |
| Crecimiento del PIB regional | 2,4 % en 2025; previsión del 2,2 % para 2026 (CEPAL, abril de 2026) |
| Inflación en Argentina | 211 % en 2023; 31,5 % en 2025; 33,5 % interanual en agosto de 2026 (INDEC) |
Casos nacionales: divergencias en el mismo mapa
Chile fue durante décadas el referente de estabilidad macroeconómica y apertura comercial: baja inflación, reglas fiscales y tratados de libre comercio con medio mundo. Pero el estallido social de 2019 mostró el malestar de una sociedad que había crecido en PIB por habitante y seguía siendo muy desigual en pensiones, salud y educación. Los dos proyectos de nueva Constitución, rechazados en plebiscito en 2022 y 2023, ilustran lo difícil que es traducir ese descontento en nuevas instituciones.
Brasil, la mayor economía de la región, vivió la trayectoria más abrupta. Tras el auge de los gobiernos de Lula y un inicio prometedor de Dilma Rousseff, una combinación de escándalos de corrupción destapados por la operación Lava Jato, caída de los precios de las materias primas y decisiones de política económica muy discutidas desembocó en la peor recesión del país en décadas, en 2015 y 2016. El ciclo político posterior —la destitución de Rousseff, la presidencia de Bolsonaro y el regreso de Lula en 2023— es inseparable de esa crisis.
México, la segunda economía regional, está muy integrado en la cadena de valor norteamericana gracias al TLCAN y a su sucesor, el T-MEC. Eso le ha dado cierta resiliencia, pero también una fuerte dependencia de Estados Unidos. El nearshoring —la relocalización de plantas desde Asia hacia México para acortar las cadenas de suministro— fue una de las grandes apuestas del país en esta década, condicionada desde 2025 por la política arancelaria del segundo mandato de Donald Trump y por la revisión del T-MEC prevista para 2026.
Argentina es un caso aparte: el país ha encadenado ciclos de auge, endeudamiento y crisis de forma casi periódica. Su noveno impago de deuda soberana (2020) y una inflación que superó el 200 % en 2023 son la expresión extrema de esa inestabilidad. El programa de ajuste fiscal de Javier Milei, en el poder desde diciembre de 2023, redujo la inflación anual al 31,5 % en 2025; sus partidarios lo presentan como la salida de décadas de desorden fiscal, y sus críticos subrayan su coste social y la caída del consumo y la actividad industrial.
La pandemia y las nuevas fragilidades
La pandemia de covid-19 fue el mayor golpe económico para América Latina desde la crisis de la deuda de los años ochenta. En 2020 el PIB regional cayó en torno a un 7 %, la peor contracción de su historia reciente. El golpe fue más duro por la alta informalidad —millones de trabajadores sin posibilidad de teletrabajar ni prestaciones por desempleo— y por el escaso margen fiscal de los gobiernos.
La pobreza, el abandono escolar y la violencia doméstica aumentaron. Tras el rebote de 2021 y 2022, la inflación global y la subida de tipos en Estados Unidos volvieron a presionar a la región. Desde entonces, la CEPAL describe una «trampa de baja capacidad para crecer»: cuatro años seguidos con tasas cercanas al 2,3 %.
Perspectivas: comercio, transición energética y productividad
La primera es comercial. En un mundo de aranceles crecientes —Estados Unidos impuso en 2025 gravámenes de hasta el 50 % a buena parte de las importaciones brasileñas—, el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur, negociado durante más de veinticinco años, se firmó en enero de 2026 y se aplica de forma provisional desde el 1 de mayo de 2026, a la espera de que el Tribunal de Justicia de la UE se pronuncie sobre su legalidad a petición del Parlamento Europeo. Los estudios sobre la integración regional y el Mercosur muestran cuánto ha costado llegar hasta aquí.
La segunda es la transición energética. Argentina, Bolivia y Chile —el llamado «triángulo del litio»— concentran más de la mitad de los recursos identificados de litio del mundo, según el Servicio Geológico de Estados Unidos, y la región tiene enormes reservas de cobre y un gran potencial solar y eólico. El debate sobre cómo extraer estos minerales de manera sostenible, sin repetir los costes ambientales y sociales del pasado, es uno de los más vivos de la región, igual que la presión sobre la Amazonía.
La tercera es la economía digital. Brasil, México, Colombia y Argentina han generado empresas como Mercado Libre, Rappi o Nubank, y los pagos digitales —el sistema brasileño Pix es el ejemplo más citado— han bancarizado a millones de personas que el sistema financiero tradicional nunca alcanzó.
El reto de fondo sigue siendo el de mediados del siglo XX: construir una economía más productiva, más diversificada y más equitativa. Los instrumentos han cambiado; la profundidad del problema, no tanto.
Mientras tanto en América
Lo que ocurría en otras partes del continente en 2000.
Para leer más
Las venas abiertas de América Latina
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Un clásico sobre las estructuras económicas de dependencia que han moldeado América Latina desde la colonización hasta el siglo XX.
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